Jueves, 06 Agosto 2026 15:33

Otra vez la mula al maíz – Por Vicente Massot

En otras circunstancias, si acaso la situación se presentase para el gobierno que comanda Javier Milei aciago y el futuro luciese aún peor, cabría pensar que la nueva descarga de agravios lanzados a expensas de su par brasileño es fruto de la desesperación o de una estrategia torpe, con base en la idea de huir hacia adelante y embestir a quien se cruzase en su camino, sin importar quién sea ni las consecuencias que le traerá aparejadas.

Pero la coyuntura por la cual atraviesa el oficialismo está lejos de ser desesperante o cosa por el estilo.

 

Luego de dos años y medio de haber puesto en marcha el mayor ajuste que se recuerde en el país de los argentinos, un tercio de la ciudadanía está dispuesto a cerrar filas detrás suyo y el resto —que si siguiese como un solo hombre a un candidato de la oposición, sería fatídico para los de color violeta— divide sus preferencias entre varios referentes políticos.

Además, en su gran mayoría, no desean volver atrás. En el horizonte del mileísmo no se recorta, pues, una catástrofe electoral. Por el contrario, no hay una sola encuesta que lo coloque al actual presidente en segundo lugar.

¿Entonces qué razón existiría para explicar una conducta tan inútilmente provocativa? Porque bien mirada esta nueva andanada de insultos carece de todo sentido si se piensa en términos de costo/beneficio. A las relaciones bilaterales, si bien no las dinamita, no les hace una caricia. A su gestión, tampoco, en virtud de que se presenta como un desequilibrado.

Por fin, ¿lo fortalece a Flavio Bolsonaro —que de momento, corre detrás de Lula en cuanto relevamiento de opinión pública se conozca hoy en Brasil— la injerencia de la máxima autoridad argentina, que no tiene mejor idea que romper los códigos de la diplomacia sin ningún recato?

A la luz de lo actuado, parece más un salvavidas de plomo para su aliado carioca que otra cosa. Milei no necesita de la desmesura para conservar el centro del ring pero por capricho, tozudez o irresponsabilidad en el manejo de las relaciones exteriores puede complicar las cosas innecesariamente.

El gambito de Cristina Fernández yendo a tocar la puerta del Comité de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas —por estrambótico que parezca— supone una jugada que apunta a retomar la iniciativa que había perdido en el seno de su tribu.

Dicho de manera diferente: el paso que dieron sus abogados apunta menos a que le levanten la prohibición de ser candidata y le devuelvan su libertad de movimientos —algo que jurídica y prácticamente no resiste análisis— que a mover el avispero —o si se prefiere, patear el hormiguero— en donde Axel Kicillof aparece instalado sin que nadie le haga sombra.

Cualquiera que analizase la actual relación de fuerzas de los peronismos distribuidos a lo largo y ancho del país, pronto caería en la cuenta de que, sin un jefe capaz de reducirlos a la unidad, sobresale el gobernador de la provincia de Buenos Aires a la manera de un primus inter pares que figura segundo en la intención de voto de la ciudadanía, no tan lejos de Milei, como un año atrás.

La ex–presidente, a todo esto, no hace las veces de un convidado de piedra pero ha perdido peso específico a medida que transcurre el tiempo, se acercan las elecciones y se halla incapacitad de competir. Si bien no se ha transformado en un personaje de segunda categoría, es evidente que el espacio en el que puede moverse le quita capacidad de maniobra, más allá de las lealtades que retiene a escala nacional.

La viuda de Kirchner no tolera ver a su otrora enfant gaté instalado como candidato de hecho sin su anuencia. La decisión de ir a aquel Comité busca recobrar la centralidad perdida a manos de Kicillof, presentándose como una figura perseguida a nivel internacional. Su idea no es presentarse como candidata alternativa sino tener una injerencia decisiva en la factura de la fórmula que llevará el PJ el año próximo.

La relación entre la Señora y el mandatario del principal distrito electoral del país no está rota pero pasa por su peor momento. En el fondo, los dos saben sin necesidad de recordárselo que si la probabilidad de ganar unidos en octubre no es clara ni mucho menos, si acaso fuesen ‘uno por San Juan y el otro por Mendoza’ —frase de antaño que ha caído en desuso—sus posibilidades se reducirían a la mínima expresión. Por lo tanto es difícil imaginar que vayan a llegar al mes de agosto de 2027 como perro y gato. Hay dos problemas que deben sentarse a resolver ellos, conjuntamente con varios caudillos del interior: la forma en que se dirimirá la interna partidaria en el supuesto que las PASO fuesen eliminadas o suspendidas y —más importante aún— cómo se confeccionarán las listas de diputados y senadores nacionales. A ello habrá que sumarle la decisión sobre el candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires.

Cada uno de los contendientes que definirán los cruciales comicios del año venidero arrastra una cuestión básica sin resolver: el peronismo —que ha dejado de ser monopolio de la cofradía kirchnerista como fue desde 2003 hasta 2020— debe encontrar un jefe nacional capaz de reunificar lo que se ha convertido en un reino de taifas.

Algo que en teoría parecería fácil pero que en la práctica es harto dificultoso. Cristina no está en condiciones de hacerlo y Kicillof no suscita —al menos, de momento— entre sus iguales de las demás provincias el respeto que en su oportunidad consiguieron Carlos Menem y Néstor Kirchner.

Del lado del oficialismo la asignatura pendiente por excelencia pasa por el retraso del consumo, niveles salariales que no alcanzan y una actividad económica que en algunos ramos no termina de levantar vuelo.

¿Tiene el equipo que lidera Toto Caputo herramientas para estimular el consumo de cara a las elecciones? Si la respuesta es afirmativa resulta obligatorio plantear otro interrogante: ¿la estabilidad del tipo de cambio como ancla antiinflacionaria podría entorpecer la dinamización de la economía?

Está claro que, terminado el campeonato mundial de fútbol, todos los actores políticos de alguna relevancia actúan en modo electoral. Por eso no es extrañar que el gobernador de Tucumán haya fijado fecha para que en su provincia la ciudadanía marche a las urnas el 9 de mayo.

El desdoblamiento parece descontado también en Neuquén, Mendoza, Santa Fe y Jujuy, mientras avanzan las gestiones del gobierno nacional para acordar políticas de unidad en Chaco, San Juan, Chubut, San Luis, Entre Ríos, CABA y Buenos Aires con distintas fuerzas distritales, parte de la UCR y el PRO.

Tampoco resultaron sorpresivos los lanzamientos de Carlos Melconian y de Hernán Lacunza, que aspiran terciar en la pelea presidencial del año que viene. De ahora en más, a ellos se sumarán —casi con seguridad— Juan Grabois, Sergio Uñac y no sería de descartar según resultase la performance de Milei, Mauricio Macri y hasta Victoria Villarruel.

En rigor, habrá proliferación de candidatos en tanto y en cuanto la deriva de la administración libertaria no dejase de tropezar de aquí en adelante. Si en cambio la gestión gubernamental llegase a mitad de año fortalecida, quedarán dos contendientes: el actual presidente y quien lleve los colores del peronismo.

Hasta la próxima semana.

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