Demos por probado que aquella función ha quedado reservada en la administración libertaria a Javier Milei.
Si fuese así, ¿quién es el responsable de operar en el terreno, al más alto nivel, y dirigir desde su puesto al conjunto de los mandos tácticos? A la luz de lo que se ha visto en el curso de la semana pasada, nadie parece haberse ocupado de esto último, y los resultados no han podido ser peores para el oficialismo. Por de pronto no se tuvo en cuenta el timing ni se midió con algún cui
dado —imprescindible en estos casos— la conveniencia o inconveniencia de dar batalla en el Congreso con base en un proyecto de ley que contenía dos capítulos de suyo complicados: la mal llamada —aunque adrede— extranjerización de tierras y la reforma de la norma que reglamenta el manejo del fuego.
¿Cuál era la urgencia de poner a discusión, justo en este momento, temas por el estilo? ¿Acaso de ello dependía la suerte del gobierno? En realidad, algo que bien analizado es intrascendente, los libertarios lo transformaron en vital.
El principal interrogante, pues, es como se deciden los pasos a seguir en la mesa política y quién es el que determina el curso de acción en última instancia. Todo hace suponer que esa persona es la secretaria general de la Presidencia de la Nación, en quien su hermano ha delegado de hecho las funciones propias del jefe de gabinete.
Da la impresión de que la hermanísima 1) o bien esta abocada al armado de la estructura partidaria que competirá a lo largo y ancho del país el año venidero, y por ende se desentiende de otras cuestiones sobre las cuales el resto de sus subordinados opinan y cada uno hace lo que le viene en gana, o 2) baja órdenes que no son obedecidas al pie de la letra. En tren de elegir, la primera explicación resulta más lógica que la segunda en atención a que no hay un solo funcionario, incluyendo a diputados y senadores de La Libertad Avanza —con la única excepción de Patricia Bullrich— dispuesto a disentir con el Jefe.
Es posible que Federico Sturzenegger llevase razón al cargar lanza en ristre contra los intereses consolidados del practicaje en los puertos argentinos, y que la extranjerización de tierras que se defendía no fuese un capricho de cipayos, pero determinadas cuestiones requieren un manejo de los tiempos y de la relación de fuerzas, según sea la situación en la cual se halle el gobierno.
Por lo tanto no se puede obrar a tontas y a locas, no se debe dejar en libertad de acción a los ministros para obrar como librepensadores y —de más está decirlo— hay que contar los votos. Pues bien, nada de eso se tuvo en cuenta.
El canciller que sabe mucho de economía y poco del manejo de las relaciones exteriores, en un reportaje opinó muy suelto de cuerpo que según su criterio no veía inconveniente ninguno en que un extranjero comprase un pueblo o una provincia.
Cuando lo expresó no había tomado una copa de más. De su lado el titular de la cartera de Hacienda llamo tarados a los que hablan de la industria, para después desdecirse y explicar que lo que dijo fue malinterpretado. Por fin, Federico Sturzenegger se tiró a la pileta sin red. Para pisar callos y ponerse de pica a los prácticos fluviales debía asegurarse antes con quién reemplazarlos si hacían lo que estaba cantado que harían: parar los puertos.
La gestión mileista no marcha a la deriva, como sostienen sus opugnadores más acérrimos, ni lleva rumbo de colisión pero —a estar a la totalidad de los relevamientos cualitativos que se conocen— se halla en el nivel más bajo de adhesión popular desde que el actual presidente llegó a la Casa Rosada luego de vencer a Sergio Massa en la segunda vuelta electoral de aquel año.
Tomar como una verdad revelada la intención de voto medida a catorce meses de los comicios presidenciales sería poco serio. En todo caso esos números apenas son indicadores de tendencias que pueden variar en no poca medida el día que se conozcan los candidatos definitivos. En cambio, no hay razones válidas para pasar por alto las respuestas de la ciudadanía cuando a miles de hombres y mujeres se les pregunta si están o no de acuerdo con la marcha del gobierno; qué tan buena, regular o mala es su situación social; cómo consideran que serán sus ingresos el año próximo, o si lo que ganan les alcanza para llegar a fin de mes.
Las respuestas no dejan lugar a dudas: entre 60 % y 65 % está disconforme con la administración libertaria y querría un cambio de rumbo. Si por un instante dejamos de lado las preferencias partidarias y ponemos la lupa analítica sobre las preocupaciones de la gente, está claro que el oficialismo tiene sobrados motivos para ponerse en guardia.
A principios de abril Luis Caputo les adelantó a un conjunto importante de jefes de las principales multinacionales establecidas entre nosotros que “los próximos dieciocho meses serán los mejores que la Argentina haya visto en las últimas décadas”. Si se echa una mirada al desenvolvimiento de los sectores energético, agroindustrial, minero y de la economía del conocímiento, el ministro lleva las de ganar.
También si nos damos por enterados de que Aerolíneas Argentinas por primera vez en su historia pagará el impuesto a las Ganancias por ser superavitaria.
O si paramos mientes en lo que muestra la balanza comercial y el crecimiento de las reservas del Banco Central. Contra eso la mora total de los argentinos se quintuplicó en los últimos 18 meses —casi seis millones de endeudados que deben honrar compromisos con tasas astronómicas y retrasos en los pagos superior a los 90 días—, la mayoría de las provincias vuelven a tener déficit primario y el consumo masivo sigue planchado.
No es cuestión de hacer vaticinios anticipados acerca de lo que podría suceder en octubre y noviembre del año por venir, cuando marchemos a las urnas para elegir al sucesor de Javier Milei o reelegir al actual presidente. Es un ejercicio estéril en la medida que las elecciones todavía están lejos. Lo que deja traslucir ese 60 % o 65 % al cual se hizo referencia más arriba es cansancio, desaprobación o desilusión.
No hay —ni por asomo— la voluntad de abrazar las recetas puestas en ejecución por el kirchnerismo. Suponerlo significaría una lectura incorrecta de aquellas encuestas. Sin embargo, hay datos negativos que —si se consolidasen como tendencias sostenidas en el tiempo— podrían convertir a los comicios de 2027 en mucho más reñidos de lo que cualquier analista hubiera pensado a principios de este año.
Hasta la próxima semana.


Un equipo de gobierno de alguna manera debe funcionar como lo hace un ejército convencional: con un jefe capaz de diseñar un plan estratégico y —al menos— un comandante operacional encargado de llevar a la práctica cuanto se haya decidido en una mesa de arena previamente.