Miércoles, 09 Septiembre 2026 14:18

Terremoto en una palangana – Por Vicente Massot

Bueno sería que Javier Milei no se hubiese aprovechado de la pelota que le dejó picando en el área chica, sin arquero a la vista, su amigo Donald Trump.

Cualquiera en su lugar, fuese de derecha o de izquierda, liberal, conservador o socialista, habría reaccionado de la forma como lo hizo el líder libertario.

 

¿Que fue oportunista, como le han objetado algunos de sus impugnadores en estos días? —Por supuesto. Si hubiera dejado pasar la oportunidad, que le venía servida en bandeja de plata, habría demostrado una falta de reflejos alarmante.

Pero en este orden de cosas, el presidente de los argentinos no obra como un principiante. Sabe, sin que nadie deba recordárselo, la importancia que tiene el timing o, si se prefiere, el momentum en términos políticos.

Ni bien tomó conocimiento de las declaraciones que había efectuado en Washington el magnate que dirige los destinos de ese país, no perdió un minuto en determinar cómo sacaría provecho del regalo que le caía del Cielo. Si para ello debía tocar la fibra nacionalista de nuestra población y hacer suyo un discurso a tono con la causa Malvinas, no le temblaría el pulso, y nada le importaría contradecirse con algunas de sus posiciones de antaño sobre el particular.

Lo que alguna vez expresó acerca de las islas en disputa, de la señora Margaret Thatcher, de la guerra de 1982 y del futuro del archipiélago, lo fue con arreglo a su condición de candidato a diputado y luego a presidente. Ahora su responsabilidad es la de jefe de Estado, y le toca obrar en consonancia con semejante realidad.

El tema, que estará en boca de todos por espacio de tres o cuatro semanas a lo sumo, merece ser considerado desde tres distintos ángulos. Por de pronto, está el capítulo que cabría definir —a falta de mejor explicación— como el de las Malvinas propiamente dicho. Si alguien piensa que algo fundamental habrá de modificarse en paralelo con el adelanto hecho por el primer magistrado estadounidense, conviene que baje las expectativas y no sueñe despierto.

Aun en el supuesto de que lo de Trump no sea producto de un malhumor pasajero debido a sus diferencias con la administración laborista inglesa —cosa que no debería descartarse tratándose de un estadista tan amigo de los cambios de frente, de las amenazas tremendistas y de los excesos verbales—, de todas maneras la relación de fuerzas entre el Reino Unido y la Argentina resulta tan asimétrica, que no es posible un giro —siquiera sea de corto alcance— en la cuestión de la soberanía.

Los ingleses se mantendrán en las islas el tiempo que quieran sin que una resolución de las Naciones Unidas o un reto del Departamento de Estado los obligue a ceder un tranco de pollo.

El segundo ángulo desde el cual resulta conveniente abordarlo es quitando del radar —al menos por un momento— a la Gran Malvina y a la Soledad para prestarle mayor atención al espacio geopolítico y geoestratégico del Atlántico Sur.

Si lo de Trump no resultase una boutade y si el gobierno que lo suceda se hallara dispuesto a reconsiderar su postura de cara al diferendo que mantenemos con Inglaterra, lo que andando los años podría suceder es que la nación más poderosa del mundo, para oponer resistencia a la presencia China en ese océano y en atención a cómo pueda evolucionar la cuestión antártica, nos siente en una misma mesa de negociación con el gobierno de Londres para tratar un asunto de carácter estratégico en donde las Malvinas serían un aspecto menor pero sin duda figurarían en la agenda conjunta.

Por fin, topamos con el rédito que se encuentre en condiciones de sacarle la gestión libertaria a un asunto de tanta actualidad. Como quedó expuesto al principio, el Poder Ejecutivo se apresuró a ocupar el centro del ring y no dejó lugar a dudas respecto de quien tiene la iniciativa.

Eso, no obstante, no asegura que el éxito que vaya a conseguir resulte clamoroso. Básicamente, en razón de que las objeciones hechas a la gestión económica libertaria de una parte importante de la ciudadanía no admiten ser tapadas así como así.

El aprovechamiento que puedan hacer los hermanos Milei de las Malvinas tiene vuelo corto. No porque el archipiélago carezca de relevancia sino porque —más allá de resucitar la necesidad de la base naval integrada en Ushuaia para reforzar nuestra presencia en el Atlántico Sur y, por su ubicación, obrar a la manera de una plataforma logística en dirección a la Antártida; del anuncio de procedimientos sancionatorios contra cuarenta y cinco personas humanas y jurídicas por actividades de exploración y explotación de hidrocarburos en las Islas Malvinas; del aumento salarial otorgado a las Fuerzas Armadas, y de la retórica patriótica que se halla a la orden del día— mucho más no están en condiciones de hacer.

Si bien se miran, los resortes que tienen a su alcance en Balcarce 50 para sumar puntos valen para el corto plazo pero inevitablemente perderán fuerza a medida que transcurran las próximas semanas y el tema vuelva a dormir el sueño de los justos.

A las personas que forman parte del núcleo duro del mileísmo y aseguran que van a votar al candidato libertario en octubre de 2027, el manejo que efectuado por la Presidencia de la Nación y el Palacio San Martín será un motivo más para cerrar filas detrás del oficialismo. Para aquellas que se sienten disconformes y anhelan un cambio, el tema de las islas no los hará cambiar de opinión.

Por fin, quienes están convencidos de respaldar al kirchnerismo el año que viene siempre encontrarán razones para criticar al gobierno.

El terremoto —en una palangana— que produjo la declaración de Trump no pasará a mayores. Es algo así como la espuma que luce relampagueante y oculta los problemas que yacen debajo suyo y llegaron hace rato para quedarse entre nosotros. Por de pronto, la caída estrepitosa de la calidad educacional criolla que trasparentan los resultados de las últimas pruebas Pisa.

Nuestro país quedo en el puesto 72o entre los 91 considerados. Uno de cada dos estudiantes de quince años naufraga ante preguntas elementales de ciencia, lengua y matemáticas. No sólo eso: las aulas nacionales son las más desordenadas del mundo.

En el curso de la semana se conoció también la decisión de la jueza Marta Pascual de acceder a la acción de habeas corpus colectivo solicitada por una organización cercana a la Iglesia católica —la Federación de Familia Grande del Hogar de Cristo— y suspender por 60 días,en el ámbito de la provincia de Buenos Aires, la aplicación de la ley que baja la edad de imputabilidad a los catorce años. Basta saber quién dirige aquella Federación para caer en la cuenta de adónde apunta: el inefable Padre Pepe, más cercano a la cumbia villera que al sacerdocio. La intromisión del episcopado en los asuntos públicos que no le incumben a la Iglesia no es algo nuevo.

Si el papa León XIV —en lugar de darle consuelo a las víctimas de los delincuentes— ha preferido incluir en su próximo viaje a estas playas la visita a un penal donde cumplen condenas ladrones y asesinos, no hay de qué extrañarse.

Cuando la espuma descienda todas las asignaturas pendientes volverán a levantar cabeza.

Hasta la próxima semana.

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