Son lecciones ineludibles que enriquecen nuestro conocimiento y deberían impedir dejarnos llevar por apariencias sin semejanza alguna con la realidad “real”, por decirlo de algún modo.
Circunstancia absolutamente necesaria para evitar el peligro de sucumbir al tumulto de ciertos placeres personales, la fama y la agitación que nos atascan frente a los vaivenes de la misma.
La información editada y publicada hoy día en muchas noticias políticas y sociales publicadas -a veces “editadas” por medio de la IA-, ha terminado por fortalecer una suerte de caos conceptual generalizado, producido por el aparente afán de llegar a ciertas metas “non sanctas”, que cruzan trascendidos plagados de claroscuros, con el indisimulable deseo de tergiversar algunas cuestiones aviesamente.
Quienes informan u opinan, olvidan lo que dice Balmes sobre el criterio: es un medio para conocer la verdad que consiste en el entendimiento para quererla como es debido, conforme a la moral y las sanas costumbres; para poder afrontar mejor –sobre todo hoy día-, el peligro de una explosión tecnológica digital que impide el desarrollo del sentido común y una mesura que nos permitirían cultivar el “sano juicio”.
El escenario es una postal que parece repetirse sin solución de continuidad, promoviendo el auge y ocaso de gobiernos que son considerados alternativamente excelentes u oprobiosos, según circunstancias que son medidas con ligereza mediante distintas “combinaciones” retóricas.
Muchas de las noticias publicadas respecto de Milei no escapan a esta regla general y contagian empáticamente a quienes todavía consideran positivo que su gobierno nos haya sacado del mundo de falacias que nos vendió un sentimiento político y social ultranacionalista, que nos depositó en un pozo sin fondo merced al dispendio indiscriminado de lo “respublica”, amparándose en supuestos derechos que propiciaron darle a cada quien de acuerdo con sus necesidades, sin análisis ni criterio racional alguno, provocando el derrumbe de una economía doméstica que nos dejó finalmente desnudos y a la intemperie.
Es cierto también que el Presidente debería poner las barbas en remojo al respecto cuando transgrede algunas formas de expresión que le permitirían lucir menos belicoso frente a los distintos ataques que recibe diariamente, algunos muy injustos respecto de un hombre que dijo desde el primer día de su campaña política previa, que intentaría romper una inercia social decadente que nos llevó a vivir en la inoperancia y la miseria durante 40 o 50 años.
Que lo esté intentando demasiado radicalmente, según supuestos “afectados” (¿), no debería ser óbice para seguir acompañándolo en su tarea hasta el fin de su mandato, impidiendo de tal modo el retorno de un “tren fantasma” (sic) opositor que parece empujarnos con saña hacia un desvío fatal, cuando, como nunca en mucho tiempo, las estadísticas generales favorecen hasta ahora su gestión de manera manifiesta.
Todo esto parece importarle muy poco a quienes cruzan improperios y “mala onda” que atraviesan y dividen todo el escenario nacional.
A buen entendedor, pocas palabras.
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Ejercitar la prudencia, implica aceptar las enseñanzas de ciertas experiencias ya vividas, que nos obligan a recapitular lo que hemos aprendido en el transcurso de la vida. 