Dentro de un año los libertarios se enfrentarán en un duelo a todo o nada con los peronistas pero —mientras tanto— las disputas más acusadas tienen lugar de puertas para adentro de cada una de las fuerzas antes mencionadas.
Este fin de semana Axel Kicillof dejó en claro, por si alguien todavía abrigase dudas al respecto, que no está dispuesto a aceptar pasivamente una decisión unilateral de Cristina Fernández a la hora de definir su candidatura presidencial de cara a los comicios presidenciales que se avecinan.
El dedo que alguna vez la viuda de Kirchner levantó en favor de Alberto Fernández ya no es una opción susceptible de ser tenida en cuenta, si finalmente el oficialismo lograse suspender o clausurar las PASO para siempre. A esta altura de la campaña, el mandatario bonaerense se siente seguro y no se halla dispuesto a cejar en su empeño de llegar a la Casa Rosada con o sin la anuencia de la mujer detenida en San José 1111.
Como no puede presentarse por tercera vez consecutiva en la provincia que hoy administra, sólo tiene una opción: competir por la presidencia de la República. No hay nada que pueda desviarlo del camino que ha elegido. Lo suyo es aposentarse en Balcarce 50 a partir de diciembre de 2027 o irse a su casa con pena y sin gloria ninguna.
De su lado, la Señora ha decidido meter ruido en la interna sorda que disputa con su otrora enfant gaté. Sus últimas declaraciones asegurando que podría ser candidata —¿Por qué no?, dijo muy suelta de cuerpo— estuvieron destinadas a galvanizar a su tropa, reivindicar su condición de líder y enviarle un mensaje inequívoco a su joven opugnador.
Bien sabe que en los comicios del año próximo no podrá presentarse, lo cual no quita que agite las aguas peronistas, suscite expectativas de distinta índole y deje abierta una posibilidad que el derecho le ha negado aunque buena parte de sus acólitos crean lo contrario.
El principal problema que arrastra tanto el núcleo duro camporista como el estado mayor de Kicillof radica en una cuestión en donde juegan en desventaja frente al gobierno. Porque el poder de fuego que posee el mileísmo a los efectos de ponerle un palo en la rueda a las internas abiertas, simultaneas y obligatorias es mayor que el del PJ en sus diferentes variantes.
El desafío mayor de las tribus populistas consiste en imaginar cómo podría desenvolverse una pulseada interna entre los Kirchner —en alianza con Sergio Massa— y Axel Kicillof y que no epilogase en un rompimiento abierto.
Si no lograsen ponerse de acuerdo —algo que no es fácil en el supuesto de que no haya PASO— lo más seguro es que cada uno marcharía a los comicios por las suyas. Ello le permitiría a los de color violeta abrir esperanzas —por remotas que ellas fuesen— de ganar en primera vuelta.
Delante de un peronismo kirchnerista unido, difícilmente podría el oficialismo pensar en imponerse en octubre sin necesidad de disputar un ballotage en noviembre. En cambio, si Massa,
Máximo o quien escogiese Cristina Fernández fuese con unos colores y el mandamás bonaerense marchase con otros distintos, correrían un riesgo inmenso. Sólo la permanencia de las PASO está en condiciones de asegurarle al peronismo una resolución del conflicto planteado que ponga a sus bandos a cubierto del suicidio.
Las rencillas de los libertarios son, al menos hasta el momento, de distinta naturaleza. Por de pronto, no hay nadie que le discuta a Javier Milei su rol protagónico. Las especulaciones —cierto que a la orden del día— sobre un posible quiebre de la alianza con Patricia Bullrich son sólo eso.
Es verdad que si los desencuentros desembocasen en una ruptura sin retorno y la senadora hiciese rancho aparte, el gobierno y sus aliados deberían ponerle el pecho a un peligro similar al que enfrentarían sus adversarios en el supuesto de separarse.
Eso lo sabe Milei del mismo modo que la Bullrich: juntos pueden pensar en prolongar su manejo de la cosa pública por espacio de cuatro años más, contados desde finales del año próximo. Inversamente, desunidos pueden como consecuencia no querida facilitarle a los K su regreso a la Rosada.
Si bien el presidente no quiere saber nada con medidas de carácter distribucionista o con un plan Platita —aunque tuviese tintes ortodoxos—, es evidente que no deja de percibir las dificultades que atraviesan cientos de miles o millones de personas. Razón para sacarle punta al lápiz y otorgar más subsidios a 104 líneas de colectivos nacionales.
El propósito es transparente: beneficia a los usuarios en la medida que evita el impacto en los precios si tuviesen lugar nuevas subas en el costo del transporte. Una medida que era inimaginable el pasado año, por ejemplo, ha sido tomada por obra y gracia de la necesidad. No será la primera ni resultará la última decisión gubernamental por el estilo.
Está por verse cuál habrá de ser la reacción del jefe del Estado a medida que transcurran los meses y se acerque el día de la votación. Nadie supone que vaya a tirar a la basura el libreto de ajuste fiscal que guía su derrotero. Nadie descarta, al mismo tiempo, que para ganar no sea capaz de salirse del su corset ideológico y avanzar por la senda de la realpolitik en términos económicos.
Lo que el oficialismo no termina de resolver exitosamente es cuanto cabría definir como la paradoja libertaria: en el mismo momento en que llueven los billetes de color verde, el país está al borde de entrar en recesión. Vuelan las inversiones en Vaca Muerta y son cuarenta y ocho los proyectos con base en el RIGI ya presentados, por un monto cercano a U$ 210.000 MM —treinta de los cuales han sido aprobados por un valor de U$ 80.000 MM.
En paralelo, el consumo, la industria y la construcción lucen empantanados. Algo nunca visto en estas playas.
Hasta la próxima semana.


Cuando faltan doce meses para que se habiliten las urnas a lo largo y ancho del país, en las dos banderías que dirimirán supremacías, primero en octubre y luego en noviembre —si a-caso hubiese necesidad de una segunda vuelta— suenan tambores de guerra.