No se trató solamente de una derrota legislativa habitual para un presidente en la mitad de su mandato. La amplitud territorial del retroceso, la pérdida de al menos siete bancas senatoriales y la influencia del descontento económico y de la guerra con Irán indican un deterioro que trasciende las disputas electorales convencionales. “Esto está cerca de ser un evento de nivel de extinción para los republicanos -declaró el saliente gobernador republicano de Florida, Ron De Santis-. Es el equivalente político al impacto de un meteorito que recorrió todo Estados Unidos”.
En rigor, Donald Trump, que visitó 21 estados en la fase final de la campaña, es quien convirtió estas elecciones en un plebiscito sobre su gestión. “Piensen que yo estoy en la boleta”, reclamó en todos sus viajes, Después de la derrota recapacitó y alegó, en cambio, que él no había figurado en las boletas, pues de estarlo los republicanos habrían tenido triunfos en todo el territorio. Aunque es comprensible que procure preservar su figura, la dimensión de la caída y su propio manejo de la oferta republicana inevitablemente alcanzan a su presidencia.
La cuestión central es cómo se traducirá ese resultado en los dos años que le quedan a Trump en la Casa Blanca. Y, en principio, qué ocurrirá durante las semanas que separan esta derrota de la asunción de los nuevos electos, en enero, lapso durante el cual Trump seguirá contando (al menos nominalmente) con un Congreso favorable. Más allá de este período, Trump conservará poderes presidenciales enormes, pero desde enero aliados y adversarios comenzarán a negociar simultáneamente con dos horizontes: el Estados Unidos de este Trump golpeado hasta enero de 2029 y el Estados Unidos que puede aparecer después.
En cierto sentido, las elecciones de medio término y sus consecuencias inmediatas ponen en cuestión en el plano global si el trumpismo va a ser percibido como una política de Estado norteamericana o apenas como la política de una presidencia poderosa pero con fecha de vencimiento.
REPUBLICANOS EN CRISIS
Mientras Trump parecía electoralmente invulnerable dentro de su partido, las diferencias internas republicanas podían mantenerse subordinadas a su liderazgo. La derrota modifica ese cuadro. El vicepresidente JD Vance ha proporcionado una primera señal significativa. Atribuyó directamente la derrota a la guerra con Irán y recordó que él había aconsejado ponerle fin, El vicepresidente ventiló una diferencia pública con la orientación presidencial. Trump, por su parte, reconoció el costo electoral de la guerra, pero defendió la decisión de haberla iniciado. “Volvería a hacerlo”, dijo, ·no se puede permitir que Irán tenga poder nuclear”.
La divergencia importa porque anticipa un debate sobre la identidad republicana más allá de Trump. El movimiento MAGA nació, entre otras cosas, de la crítica a las intervenciones militares prolongadas en el exterior. La guerra iraní expone una contradicción entre aquella promesa y la política efectivamente desarrollada. En cualquier caso, la guerra contra Irán (y su consecuencia: la casi duplicación del litro de gasolina) ha sido motor importante de la derrota, pero no el único; la agresiva política antiinmigratoria trumpista, y su instrumento, el ICE (siglas en inglés del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas), también empujaron el voto adverso, sobre todo en estados vecinos de la frontera mexicana.
Con todo, sería precipitado confundir la pérdida de la mayoría parlamentaria con la desintegración del trumpismo. El cambio fundamental consiste en que la lealtad personal al presidente ya no garantiza beneficios electorales a los dirigentes republicanos. Esa constatación puede ampliar gradualmente la autonomía de legisladores, gobernadores y aspirantes a la candidatura presidencial de 2028.
¿RIESGO DE JUICIO POLITICO?
Trump deberá negociar presupuestos, enfrentar investigaciones y obstrucciones parlamentarias y aceptar que el Senado pueda bloquear nombramientos importantes. En enero de este año, Trump espoleaba a los republicanos con la advertencia de que una victoria demócrata en noviembre conduciría a un nuevo intento de impeachment, juicio político, contra él. Efectivamente, la nueva mayoría demócrata puede hacerlo. Pero hay que distinguir: una cosa es la acusación y otra la destitución.
La Cámara de Representantes puede aprobar una acusación por mayoría simple. Para destituir al presidente, en cambio, se necesitan dos tercios de los senadores presentes. Aun con la nueva mayoría demócrata, eso exigiría una cantidad considerable de votos republicanos. Es decir, solo se convertiría en una alternativa posible si la crisis del Partido Republicano se profundizara.
Con todo, parece improbable que una propuesta de destitución cuente con suficiente aporte republicano, en cambio podría haber respaldo a una oposición a determinadas decisiones presidenciales o a investigaciones sobre eventuales abusos de poder.
Los demócratas ya hablan de investigar los negocios familiares de Trump, el manejo de documentación vinculada al caso Epstein y las relaciones entre la administración y grandes intereses privados. También existen iniciativas dirigidas contra el secretario de Defensa, Pete Hegseth. Un impeachment podría convertirse en un instrumento de investigación y confrontación institucional aun sin concluir en destitución.
COMO TERMINAR UNA GUERRA
La derrota electoral podría impulsar a Trump hacia una mayor prudencia porque se ha demostrado que la guerra tiene alto costo político. La guerra contra Irán iniciada en febrero indudablemente ha contribuido al deterioro electoral republicano. Sin embargo, Trump continúa defendiendo su intervención, y Washington y Teherán siguen distanciados respecto de las condiciones de un acuerdo. El gobierno de Trump mantiene abierta la posibilidad de reanudar operaciones militares importantes. Por su parte, el líder supremo de Irán, Mojtaba Jamenei parece coincidir en espejo: acaba de advertir que “quienes aún albergan la más mínima esperanza de ver cambiar el comportamiento del sistema hegemónico gracias a cambios partidistas (...) se equivocan gravemente".
El costo económico, las dificultades para estabilizar el estrecho de Ormuz, la resistencia de la opinión pública y la nueva capacidad fiscalizadora del Congreso constituyen obstáculos para prolongar indefinidamente la guerra.
La alternativa sería una ofensiva destinada a modificar las condiciones de negociación, una operación militar limitada presentada como decisiva, destinada a buscar concesiones iraníes que permitan anunciar posteriormente un acuerdo. Aquí el problema es que la capacidad de respuesta de Irán mediante acciones regionales, amenazas al transporte marítimo o ataques contra infraestructura energética complica cualquier cálculo de una operación rápida y concluyente. Irán ha mostrado capacidad para responder letalmente sobre distintos blancos.
La división que se ha exteriorizado entre Trump y Vance sobre esa guerra introduce otro elemento: una escalada también podría profundizar las diferencias dentro del propio gobierno y del Partido Republicano.
EL DILEMA ISRAELI
El vínculo de Trump con Israel enfrenta una contradicción particular. La cooperación estratégica israelí con Washington conserva fundamentos militares, tecnológicos y políticos que trascienden a Trump. Pero el debilitamiento presidencial y la controversia estadounidense sobre Irán pueden complicar la coordinación de nuevas operaciones. Ese debilitamiento facilita, entretanto, la consolidación de una coalición israelí crítica de la conducción de Benjamín Netanjiahu y más dispuesta a atender las inquietudes de las nuevas mayorías legislativas estadounidenses. Por otra parte, el prestigio de la causa israelí parece haber decaído en el seno de la opinión pública de Estados Unidos. Israel deberá considerar ahora no solamente las decisiones de la Casa Blanca, sino también la nueva composición del Congreso y las diferencias internas del Partido Republicano, más allá de la relación directa con Trump.
EUROPA Y LA MANO DEMOCRATA
Europa y la OTAN, por su lado, dispondrán ahora de un interlocutor institucional adicional: el Congreso demócrata. Esto podría facilitar iniciativas destinadas a sostener compromisos de seguridad y asistencia a Ucrania de los que Trump está tomando distancia.
Justamente el tema Ucrania le ofrece a Trump una oportunidad para dejar un legado consistente con su compromiso electoral sobre evitar guerras prolongadas. Puede producir una fotografía histórica que podría formular como: “heredé una guerra y la terminé”. Podría intentar una especie de Yalta menor: un entendimiento Trump-Putin sobre la arquitectura de seguridad europea que vaya, incluso, más allá de Ucrania. El escenario político que se está abriendo en Europa, de insatisfacción activa por la conducción de Bruselas y la perspectiva de una renovación electoral el año próximo en países importantes de la Unión, probablemente acompañarían esa jugada.
Y POR CASA...
Nuestra América merece una consideración especial. El propósito de reforzar la primacía estadounidense en el hemisferio occidental, expuesto en la Estrategia que Trump difundió un año atrás, no desaparece con la derrota republicana, pero los gobiernos latinoamericanos pueden encontrar nuevos márgenes de negociación. Aquellos que han organizado su relación con Washington alrededor de una identificación estrecha con Trump, con la pérdida de influencia presidencial afrontarán un problema de continuidad. Habrá ayudas que se interrumpirán o se volverán más esporádicas; deberán relacionarse también con el Congreso y con las fuerzas que aspiran a dirigir Estados Unidos después de 2028.
Brasil y México, por su peso económico, territorial y diplomático, disponen de recursos propios para sostener posiciones diferenciadas. Son aliados de Estados Unidos, pero no seguidores incondicionales de su Presidente.
En el caso de Brasil, Trump había celebrado por anticipado, tras la primera vuelta de las presidenciales brasileras. Veía inminente el ascenso a la presidencia de Flavio Bolsonaro. Pero fue Lula Da Silva el triunfador del round definitivo y esa victoria congeló decisivamente el crecimiento de la llamada “ola azul” de América del Sur, la extensión de una red de gobiernos de derecha o centroderecha atados a la estrategia de Washington. Entre la primera elección y la elección decisiva, Lula Da Silva sumó casi siete millones de votos. Trump se decepcionó pero solo tardó unas horas en admitir la “rara” (así dijo) legitimidad del triunfo del Partido de los Trabajadores. Tanto Trump como Lula actuaron como rivales civilizados: el brasilero dejó trascender que invitará al estadounidense a su asunción, el primer día de 2028. Trump, después de facilitarle la estadía en su país, ya no tiene demasiado tiempo para ocuparse de Flavio Bolsonaro. Tendrá que negociar con Lula. Ahora serán conversaciones entre dos líderes que recibieron respuestas diferentes de sus respectivos electorados.
El gobierno de Javier Milei, que aspiraba a ser la catapulta regional de un gobierno de Bolsonaro, terminó esta peripecia convirtiéndose en auxiliar de su resignación: le facilitó la partida en avión desde Puerto Iguazú y dispuso el monitoreo del operativo por su asesor de cabecera. Se trató, principal o exclusivamente, de una rotunda señal de amistad y lealtad personal del presidente argentino a su cofrade ideológico, consumada al precio de un desaire a uno de los poderes constitucionales del gran país vecino, la Justicia, más allá de la coartada legal de que la responsabilidad por el egreso de Brasil le corresponde a las autoridades migratorias brasileras. No se descarta, en rigor, que el gobierno de Lula Da Silva haya consentido tácitamente la fuga de su vencido rival. A adversario que huye, puente de plata.
SINTONIZAR CON LAS NUEVAS CONDICIONES
Después de la elección estadounidense del martes 3, los países más dependientes de decisiones comerciales, financieras o de seguridad estadounidenses afrontan condicionamientos mayores.
En el caso argentino, esta nueva situación invita a distinguir entre una relación estratégica con Estados Unidos y una relación política privilegiada con su presidente. La primera puede sobrevivir a los cambios electorales; la segunda puede ser circunstancialmente muy positiva, pero acompaña la suerte de una administración determinada. La derrota republicana no significa que Estados Unidos haya perdido su capacidad de actuar en el mundo (y mucho menos en la región). Significa que su presidente tendrá mayores dificultades para convertir sus iniciativas en políticas estables, financiadas y respaldadas por consensos institucionales. La ayuda excepcional de Trump y Scott Bessent que permitió a Milei superar una crítica situación dos años atrás se ha convertido en irrepetible.
China y Rusia observarán el nuevo equilibrio estadounidense desde posiciones diferentes. Beijin tiene incentivos para preservar los canales de negociación comercial y tecnológica ensanchados en los encuentros entre Trump y Xi Jinping, mientras continúa desarrollando sus propias capacidades y extiende sus redes de influencia y enlace por el mundo. La debilidad política de Trump puede ofrecer oportunidades diplomáticas, pero también introduce incertidumbre sobre eventuales medidas presidenciales destinadas a demostrar firmeza.
Moscú, por su parte, deberá considerar tanto la disposición de Trump a buscar un arreglo sobre Ucrania como la capacidad del Congreso para sostener asistencia militar y financiera a Kiev.
La contradicción es significativa: una presidencia interesada en negociar con Rusia convivirá con un Congreso que puede ejercer una influencia diferente sobre la política estadounidense hacia Europa oriental.
TIEMPOS QUE SE AGOTAN
La experiencia histórica muestra que los presidentes con dificultades domésticas pueden buscar resultados diplomáticos o militares capaces de redefinir su legado.
Para Trump, los próximos dos años estarán condicionados por una circunstancia adicional: no puede aspirar constitucionalmente a un tercer mandato. Su influencia futura dependerá de la orientación que adopte el partido republicano y de la interpretación que termine imponiéndose sobre su presidencia.
Richard Nixon, mientras el caso Watergate iba destruyendo su autoridad interna, encontró en la política exterior un terreno en el que la Presidencia conservaba considerable capacidad de iniciativa. Kissinger desarrolló una diplomacia extraordinariamente intensa: Nixon no inició una gran guerra para escapar de Watergate, el contraste entre parálisis política interior y activismo internacional de su última etapa presidencial resulta interesante como ejemplo. Por eso, la cuestión internacional consiste, más que en determinar si Trump actuará con mayor agresividad o moderación, en observar cómo se relacionarán su voluntad de conservar iniciativa, las restricciones institucionales impuestas por el Congreso y la creciente autonomía de sus interlocutores extranjeros.
La derrota republicana del 3 de noviembre inaugura así una etapa singular: Estados Unidos sigue siendo el país de mayor influencia en el sistema mundial y conserva una enorme capacidad de intervención, pero su presidente enfrenta una reducción de su autoridad política. Argentina deberá sintonizar adecuadamente con la situación creada por las elecciones en Estados Unidos y en Brasil.
Jorge Raventos
Fuente: https://www.laprensa.com.ar/La-ola-azul-se-mudo-al-norte-577572.note.aspx

Las elecciones legislativas estadounidenses del 3 de noviembre han producido un cambio político de enorme magnitud. Los hechos que ocurren en el país más influyente del sistema internacional naturalmente generan consecuencias en todo el mundo. Lo que ocurrió fue que los demócratas recuperaron simultáneamente la Cámara de Representantes y el Senado, conquistaron posiciones en estados tradicionalmente republicanos -incluidos Texas y Kansas-, pusieron fin al control que el partido de Donald Trump ejercía sobre los tres principales resortes del poder federal y recuperaron predominio en el voto negro, el voto hispano y el voto juvenil. Ese fenómeno político electoral golpeó duramente al eje del gobierno estadounidense: el presidente Trump.
