Domingo, 19 Enero 2020 21:00

"Te acordás hermano qué tiempos aquellos" - Por Rogelio Alaniz

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Al poco tiempo de ser derrocado por el dictador Juan Carlos Onganía, el presidente Arturo Illia deja constancia pública de los bienes que dispone.

“Casa y consultorio en la ciudad de Cruz del Eje. Tres trajes grises. Un traje negro. Dos sacos sport. Tres camperas. Cuatro pullóveres. Ocho camisas. Cuatro camisas mangas cortas. Diez pares de medias. Tres pares de zapatos negros. Un par de chinelas. Una salida de baño. Diez corbatas. Dos peines. Un frasco de perfume. ¿Auto? Vendido para pagar la operación de su esposa”. ¿Algo más para decir amigo lector? Supongo que no. Que está todo dicho.

Según enseña la historia al narcotráfico se lo empieza a combatir con eficacia cuando la clase dirigente se decide a hacerlo. Es decir, cuando se une en un objetivo común. El oportunismo, la demagogia barata, los golpes de efecto sensacionalistas, los anuncios altisonantes podrán tener buena prensa, pero por lo general producen resultados exactamente opuestos a los declarados. La lucha contra el hampa o es política de estado o no es nada.

Así lo entendió Roosevelt en Estados Unidos en los años treinta. Para la misma época, así lo entendió don Luciano Molinas cuando se propuso liquidar a la mafia siciliana instalada en Rosario y sus alrededores. Vigilen las villas, pero también vigilen los puertos.

Como tantos otros negocios, la droga se consume en el mercado interno, pero la “plata grossa” se hace exportando. Vigilen los bunkers en algunos barrios populosos, pero también vigilen algunos pisos elegantes y lujosos. Vigilen a lúmpenes y barras bravas, pero también vigilen a ciertos empresarios, jueces y jefes policiales. Vigilen los aguantaderos de las orillas, pero también vigilen algunos respetables estudios jurídicos y contables. Siempre tengan presente que el delito en Rosario y en la provincia de Santa Fe ya pasó a la categoría de crimen organizado. Es decir, operativos delictivos en gran escala respaldados y financiados por centros de poder. El narcotráfico necesita de policías, jueces, empresarios y políticos que lo protejan y le den luz verde, como Drácula necesita de la sangre de dulces y recatadas doncellas para vivir.

Se cumplen cinco años del asesinato del fiscal Alberto Nisman. Y digo asesinato y no suicidio, porque prefiero decir la verdad y no mentir. Y mucho menos proteger a los asesinos. Nisman fue asesinado y como diría tío Colacho: “A ver si nos dejamos de joder de una buena vez y llamamos al pan pan y al vino vino”. Nisman fue asesinado y lo que se debe discutir, o lo que se debe averiguar, es quiénes fueron los que lo mataron. O dieron la orden. En esto días se repitieron las entrevistas televisivas a Nisman en la última semana de vida. Lo miro y lo escucho hablar y digo para mí: “Este tipo tiene tantas ganas de matarse como yo de hacerme peronista”.

Tribunal ético. Así lo han bautizado los compañeros Eduardo Barcesat y Baltasar Garzón. En realidad, debería llamarse Tribunal de la Impunidad. Impunidad para los corruptos. En juicios dirigidos por los abogados y los compinches de los corruptos. Si no fuera trágico deberíamos tomarlo con humor. Una joda. Lo sorprendente de todos modos es la capacidad que los muchachos tienen para repetirse. Y repetirse en lo peor. Y después a Jorge Luis Borges le dicen gorila porque asegura que los peronistas son incorregibles.

Los señores para quienes sus jueces ideales se llaman Norberto Oyarbide o Eugenio Zaffaroni; los caballeros para quienes sus periodistas estrella son Diego Brancatelli o el comodoro Horacio Verbitsky; los compañeros para quienes sus empresarios nacionales ejemplares son Lázaro Báez y Cristóbal López; los “militantes nacionales y populares” para quienes el paradigma de los derechos humanos es Hebe de Bonafini, levantan con intenciones inconfesables un tribunal de ética con cadalso incluido. ¿El señor presidente no dirá nada?

Los tiempos cambian y a veces para mal. En 1937, en la casa de Frida Kahlo en México, se constituyó el Tribunal contra los juicios que para esa época celebraba Stalin en la URSS para masacrar cientos de miles de disidentes y camaradas. El presidente del tribunal fue el gran filósofo y pedagogo liberal norteamericano John Dewey. Había escritores y jueces. En todos los casos, los miembros del tribunal no eran trotskistas. Y en algunos casos eran declarados anticomunistas. Dewey en particular no era comunista y mucho menos trotskista, pero como buen liberal reivindicaba el derecho de León Trotsky a defenderse en nombre de la presunción de inocencia. Es decir, Dewey no defendía ideologías sino valores. Los valores de la libertad americana. Valores que Stalin y Trotsky, por razones diferentes, detestaban. Cito el acontecimiento histórico, porque conociendo la ideología de Barcesat y de algunos de los camaradas que lo acompañan en este patético Tribunal Ético, no sería arbitrario suponer que si hubiera estado en México en 1937 se habría sumado sin vacilaciones a los sicarios de Stalin para boicotear al tribunal que juzgaba sus crímenes horribles.

Doña Melchora, amiga íntima de tía Cata, siempre repetía esta frase con su inconfundible estilo castizo: “Una cosa es joder, otra cosa es estar jodido y otra muy diferente es andar jodiendo”. Tía Cata la escuchaba en silencio y gesto reprobatorio, porque no le gustaban las malas palabras y para ella “Joder” era una mala palabra. Sin embargo, si se piensa bien en la frase de doña Melchora, podría elaborarse un buen diagnóstico de la situación del actual presidente, su gobierno y la Argentina de este inquietante 2020 que ya se ha iniciado.

Todo parece estar preparado para quitarle al gobierno de la ciudad de Buenos Aires 35.000 millones de pesos. Y si les gusta bien y si no les gusta también. Lo que vale para Larreta vale para la clase media gorila, para los oligarcas del campo y para los jubilados que se les ocurrió que para jubilarse era necesario aportar. “Para los amigos todo, para el enemigo, ni justicia”, como pontificó el general delante de las cámaras del compañero Pino Solanas, actual embajador cultural en la Unesco.

El peronismo ganó las elecciones y fiel a su estilo supone que ahora los platos rotos los deben pagar los que no los votaron. ¿Para qué? Pues para hacer de la Argentina algo que se parezca mucho a La Matanza. Con sus hampones, sus barras bravas, su capitalismo lumpen, sus punteros y políticos mafiosos, su mano de obra servil y semiesclava. Y con sus curitas villeros rezando el rosario a la hora de la oración en una gigantesca villa miseria asistida por otra gigantesca olla popular administrada por Grabois y Pérsico. Después, a la noche, todo retorna mansamente a su lugar. Los pobres a dormir a los ranchos de latas y los dirigentes nacionales y populares marchando en alegre procesión con sus autos de alta gama a sus confortables domicilios en Nordelta, Puerto Madero o la Recoleta. ¿Exagero? Un poco. Pero no mucho.

Lo que vale para los gorilas en general vale también para los gobernadores en particular. El que quiere pagar los sueldos a sus empleados, el que quiere que no se le subleve la provincia deberá de aquí en más peregrinar a Casa Rosada. De rodillas y con cilicio. Para el que se porta bien, todo; para el que se porta mal, nada. ¿Cómo en los tiempos de Juan Manuel de Rosas? No exactamente igual, pero bastante parecido. ¿O como en los tiempos de Cristina? Ahí me gustó más la comparación.

Para Pepe Mujica los argentinos que acepten la invitación del presidente Lacalle Pou para instalarse en Uruguay, son unos cagadores. Dicho con todo respeto y algo de cariño: Viejo pelotudo. Cien años de hospitalidad uruguaya derribadas con una frase de quien desde hace un tiempo padece síntomas visibles de incontinencia verbal. Además, amigos uruguayos, nunca se olviden que fueron y son “la Suiza de América”. Y lo son no solo porque alguna vez construyeron un ejemplar sistema político, sino también porque el territorio disponía y dispone de piedra libre para que los capitales de todo mundo puedan depositarse en las arcas de sus bancos. Sin los cien mil cagadores argentinos, más los aportes de otros tantos cagadores brasileños, chilenos y paraguayos, Uruguay se vería obligado a afrontar serios problemas económicos y financieros.

Rogelio Alaniz

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