Lunes, 20 Enero 2020 21:00

Rosario, ¿la “Chicago argentina”?: cómo enfrentar mafia y narcotráfico - Por Rogelio Alaniz

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Hay dos versiones que explican por qué la ciudad de Rosario se ganó el apodo de la “Chicago argentina”. Una laboral y otra policial. La laboral, dice que su industria frigorífica se equiparó con la de la ciudad yanqui. La policial, la más difundida, remite a la presencia de la mafia siciliana en los años treinta. Chico Grande y Chicho Chico.

No concluyen allí los dilemas acerca de la designación de Rosario. En los últimos años algunos cronistas la han comparado con Medellín, en versión colombiana. O con Sinaloa, en versión mexicana. O con San Pablo, en versión brasileña.

¿Será para tanto? El problema no es que sea Chicago, Medellín, San Pablo o Sinaloa, el problema es que en Rosario hay problemas. Y los problemas son serios. De todos modos, importa advertir que las exageraciones en estos temas nunca conducen a soluciones razonables. Suponer que en Rosario hay que circular con chalecos antibalas, es una evidente exageración. Y por lo tanto, una mentira. Pero ampararse en esas exageraciones para subestimar el problema, es peligroso y en algunos casos, sospechoso.

Digamos para empezar que Rosario es una hermosa y noble ciudad. Quienes la visitamos apreciamos sus salas de teatros y conciertos, sus espacios verdes, sus paseos, sus lugares históricos, sus centros culturales. Incluso sus excelentes políticas en materia de salud y educación.

El contraste se presenta cuando se circula por las avenidas de circunvalación y se impone el espectáculo bochornoso de sus villas miserias. Y no solo villas miserias. También barriadas populares pobres en los que la cultura del trabajo se contrasta con la violencia cotidiana de narcos, matones, barrasbravas y las más diversas modalidades de raterismo.

Por lo pronto, el inicio del año 2020 fue elocuente: alrededor de diecisiete muertos en quince días. En algunas ciudades de México esa cifra es una bicoca. Pero en la Argentina, no. El problema, en verdad, no es nuevo. Se arrastra desde hace años y además me temo que se ha ido agravando. Y esto a pesar de las diferentes iniciativas de los gobiernos de turno que han juzgado y encarcelado a los principales jefes del narcotráfico. Los encarcelaron y los juzgaron, pero el negocio con sus costos en sangre y corrupción goza de buena salud. Los jefes de los clanes manejan a su sicarios, dealers y empresarios desde la cárcel. Con la complicidad de funcionarios estatales, por supuesto. Además, por cada narco que cae se presenta otro.

Un lugar común habitual que se reitera cuando se debate la situación de Rosario es que el narcotráfico se inicia en las barriadas populares. Fotos, testimonios, filmaciones, dan cuenta de un modelo narco forjado “desde abajo”. Los Cantero, pero no solo ellos, serían el paradigma ideal de este modelo de narco. ¿Es tan así? No estoy tan seguro.

El narcotráfico no sería el problema que hoy es, si se redujera solamente a la actividad de personajes marginales. Como todo negocio y actividad económica, el narcotráfico trabaja en el mercado interno, pero también es un recurso de exportación. Y allí no hay villeros, sino empresarios y distinguidos profesionales con estudios jurídicos y contables que ponen los números en orden. Y para que todo esto sea posible es indispensable la colaboración de la policía y la complicidad de funcionarios estatales.

El hampa hay que pensarlo como una red que recorre con diferente intensidad todas las clases sociales. Cuando esta red termina de tejerse los problemas se agravan. El delito deja de ser una actividad marginal para transformarse en crimen organizado.

Dicho en términos académicos: el delito se institucionaliza, deviene en factor de poder con sus privilegios incluidos, agravado en este caso porque el hampa pude adecentarse, mejorar sus modales, pero nunca renuncia a su origen criminal, a la certeza de que siempre los métodos gangsteriles son más eficaces que las leyes.

¿Por qué en Rosario? No hay una respuesta exclusiva. Se habla de razones históricas, de problemas estructurales típicos de una ciudad portuaria con contrastes sociales marcados. Como para complicar más los lugares comunes, la ciudad fue administrada durante un cuarto de siglo por socialistas que se suponen están en las antípodas de estas prácticas mafiosas.

¿Y el "narcosocialismo"? No creo en eso. Conozco a los socialistas y sé que pueden equivocarse, pero son políticos honorables. Políticos honorables que no vieron venir el problema o lo vieron venir y no supieron hallar la solución adecuada. “Es que nadie la tiene”, se dice. Es probable, pero lo cierto es que los que gobernaron la ciudad desde hace veinticinco años y a la provincia durante doce años, fueron los socialistas. ¿Son ellos los exclusivos responsables? Creo que sería injusto arribar a esta conclusión.

Estamos ante un problema policial que es al mismo tiempo social, cultural y por lo tan político. Un problema grave que no deja margen para especulaciones oportunistas. Por lo pronto, el flamante gobernador Omar Perotti ya habrá podido apreciar en carne propia que una cosa es proclamar en la tribuna “Vamos a traer la paz y el orden “. Y otra muy diferente es lidiar en el fango cotidiano de la violencia y el hampa.

Rogelio Alaniz

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