Domingo, 02 Febrero 2020 21:00

Los besamanos de Guzmán y Alberto Fernández - Por Carlos Berro Madero

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El biógrafo inglés Robert Burdette solía recordar (y esto es muy válido para algunos dirigentes de países en vías de desarrollo) que el mundo no nos debe nada en especial, porque ya existía como tal mucho antes de haber nacido nosotros.

Cuando vemos que nuestro país reinicia sus besamanos con los líderes del mundo desarrollado para “pasar la gorra” una vez más, sentimos una sensación de “dejà vue” que nos deja un sabor agrio en la boca.

En efecto, tratando de convencer a nuestros acreedores de que no podemos pagarles sus acreencias, solemos invocar unas ideas que provocan pasmo a cualquier persona medianamente inteligente. La peor de ellas consiste en decirles que estamos “temporalmente quebrados” y necesitamos su ayuda para enderezar nuestra economía doméstica, cuando en realidad de lo que se trata es que somos un país pobre “y” quebrado, por no haber sabido organizarnos adecuadamente como sociedad productiva.

Porque lo que pedimos no es para desarrollarnos, sino para financiar nuestro sempiterno “cuesta abajo”.

Pretendemos ignorar de tal modo, que la riqueza de una nación se basa en dos aspectos fundamentales: la naturaleza de la tierra y el clima, por un lado, y la aplicación e idoneidad de sus habitantes por otro. Es decir, la decisión unánime de todos ellos para aprovechar al máximo las dos primeras tesoneramente. Lo que no venimos haciendo desde hace años.

Tantos, que uno se pierde haciendo la cuenta.

Ya hemos señalado antes de ahora, que estas cuestiones constituyen el nudo neurálgico de padecimientos asistidos por despilfarros de talento y de moneda que hemos ofrecido en el altar de “la buena vida”.

¿Con qué? Pues, no importa. “Ya se verá”, decimos, “porque Dios es argentino”. Esa frase humorística pero muy estúpida que se ha hecho carne en las masas populares, que están convencidas que no hay necesidad de recibir consejos de nadie, sino al contrario, de juzgar, de sentenciar, de decidir, marchando por la vida ciegos y sordos tratando de imponer sus propias opiniones.

Hasta que las mismas chocan con la realidad y recomenzamos –en el cuerpo de los dirigentes de turno-, nuestras giras pedigüeñas de sonrisas y besamanos.

¿De qué puede servir el relativo éxito de los actuales viajes de Guzmán y Alberto F. si seguimos invadidos por el credo fascista de movimientos políticos que en vez de hablar de “acumulación” hablan de “redistribución”? Esa palabra engañosa que precedida por el “re” parecería indicar que “antes” no habíamos acertado con el método adecuado para hacerla y “ahora” está considerada como trascendental.

Dice Ortega que “el reconocimiento de un error es por sí mismo una nueva verdad y como una luz que dentro de éste se enciende”. Para los argentinos - y nuestros políticos en especial-, esto no parece formar parte del libro de bitácora en ninguno de estos viajes “emotivos” por el resto del mundo.

Debemos confesar que los mini discursos de las “hormiguitas viajeras” G. y F. en ningún momento parecen aportar ideas diferentes de otros periplos celebrados por otros protagonistas en otros tiempos, porque esa frase manida: “para poder pagar debemos poder crecer”, solo termina generando un alzamiento de hombros de nuestros acreedores que piensan seguramente “¿y eso a mí qué?”, aflojando un poco el cincho en que nos hallamos apretados a la espera de una próxima oportunidad.

Porque las cuestiones que solemos invocar se basan siempre sobre supuestos derechos “subjetivos”, que a quienes viven en el mundo de los derechos “objetivos”, no tendrían por qué importarles.

Alguna vez, esta historia de los besamanos llegará a su fin (no es necesario ser adivino para presagiarlo, aunque no se sepa bien si será o no en forma explosiva), porque hace años que gracias a ellos venimos barranca abajo, fabricando pobres como hormigas, mientras nos levantamos cada mañana para leer las últimas novedades de la vida de Pampita, Xipolitakis y Marcelo Tinelli.

Desde aquí deseamos que G. y F. puedan refinanciar lo que debemos, por supuesto. Esto responde al más elemental sentido de supervivencia. Pero, al mismo tiempo, nos preguntamos intrigados: ¿Y después qué? ¿Cambiaremos de letanía?

Los franceses suelen remarcar que “avant l´heure, c´est ne pas l´heure; après l´heure c´est ne plus l´heure: l´heure c´est l´heure” (antes de la hora no es la hora; después de la hora ya no es más la hora: la hora, es la hora).

Para la Argentina parece ser que YA NO ES MÁS LA HORA. ¿Guzmán y Alberto Fernández llevarán en sus valijas algún programa que tenga en cuenta este supuesto? Y si fuera así: ¿tendrán posibilidades cuando regresen de convencer a sus correligionarios de que “suficiente es suficiente”?

A buen entendedor pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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