Sábado, 07 Marzo 2020 21:00

Un horror infinito - Por Enrique Avogadro

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“Los hombres y las naciones fracasan por las mismas fuerzas que los elevan”.
- Hilaire Bellocq

 

Los primeros cien días del gobierno de Fernández² han producido en ambas márgenes de la brecha una sensación de estupor, producto del ya innegable triunfo del cristinismo más duro. Los demoledores golpes propinados a la institucionalidad aterran a un lado, y el innegable fracaso de sus políticas económicas frente a las delirantes promesas electorales en la campaña que los llevó al triunfo, desesperan al otro.

La tentativa de intervenir el Poder Judicial jujeño para liberar a la más emblemática delincuente, Milagro Salas, va en ese sentido, pero el martes 10, a las 18:00, se realizará una manifestación ante el Congreso para gritarle al kirchnerismo: ¡No pasarán!; es inexcusable su presencia, porque nos estamos jugando el país del futuro, la herencia de nuestros hijos. Con ello, daremos inicio a una generalizada resistencia civil y pacífica ante los avances destructivos de estos crápulas contra la República.

Las renuncias habidas en los tribunales confirmaron los tristes pronósticos en ese sentido, y la repulsiva liberación de Julio de Vido y Roberto Baratta anticipa el futuro de Amado Boudou, Milagro Salas, Ricardo Jaime y Luis D’Elía. La otra pinza para limitar los riesgos ya está construida, con la transferencia del Programa de Protección de Testigos a la esfera de la Secretaría de Justicia, o sea, con la entrega del control de la seguridad de los arrepentidos a los denunciados por aquéllos.

El regreso de lo peor de los años robados al poder, con la ya innegable sumisión del Presidente a los siniestros designios de la araña que reina en el Instituto Patria, queda expuesto por la reedición de la guerra gaucha (incentivada por sus lenguaraces, Oscar Parrilli y Juan Grabois), por las renacidas tensiones diplomáticas con Uruguay y Brasil, los avances permanentes contra la prensa libre, la humillación del Ejército y la batalla contra la Justicia en la imparable carrera por la impunidad.

Mientras tanto, esos ciudadanos de décima clase, los militares detenidos preventivamente desde hace más de una década contemplan resignados como personajes condenados por robar y matar (como sucedió con el crimen de Once), mucho más jóvenes y con inexistentes dolencias físicas, son liberados sobre la base de presuntas razones humanitarias que, para ellos, nunca son suficientes.

Agreguemos a ese maloliente preparado la iniciativa de senadoras del oficialismo de evitar la investigación judicial de los hechos de corrupción cuando estos hubieran sido ventilados antes en la prensa, y tendremos un notable anticipo de cómo será el país con el que sueñan.

El campo ha decidido ir al paro a partir del lunes, y no comercializará carnes ni granos, porque la presión impositiva dispuesta por Alberto ya es, lisa y llanamente, confiscatoria. Mientras eso sucede, la clase política se niega colaborar con la pregonada “solidaridad” y a ajustar, aunque sea mínimamente, su inmenso y descontrolado gasto.

Más allá de la degradación moral que produce en toda sociedad la demostración de la impunidad de los saqueadores y la inexistencia de instituciones, todo este panorama trae aparejada una consecuencia dramática para el futuro: la definitiva imposibilidad del arribo de inversiones productivas a la Argentina.

Para que quede claro, pregúntese usted mismo: ¿pondré dinero en un país en el que la Justicia no es independiente ni seria y la corrupción no se combate?, ¿dónde un sinnúmero de funcionarios del primer escalón del Estado se encuentran procesados por defraudación a la administración pública?, ¿dónde hasta la Vicepresidente está múltiples veces imputada por la comisión de infinitos delitos?, ¿dónde la Constitución no se respeta y el Poder Legislativo cede sus facultades al Ejecutivo, inclusive en materias vedadas, como los impuestos?

¿Iré con mis dólares a un lugar del cual no podré sacarlos ni llevarme mis ganancias genuinas?, ¿por qué elegir un país tan dramáticamente controlado por los funcionarios de turno, a quienes deberé pedir autorización para todo acto comercial?, ¿cómo se trabaja en una economía que tiene una de las inflaciones más grandes del mundo y siempre hay alguien que me dirá con qué cotización del dólar –de las muchas que se operan en el mercado- deberé hacer mis cálculos de rentabilidad?, ¿por qué ser parte de una sociedad que execra a los triunfadores y premia a los vagos?, ¿quién decidirá a qué precio deberé vender mis productos?, habiendo tantas opciones, ¿para qué ingresar en un sistema impositivo totalmente confiscatorio en nombre de una falsa “solidaridad”?, ¿dónde si exporto seré castigado con retenciones de todo tipo?

La respuesta obviamente negativa a todos esos interrogantes hace, por ejemplo, que la mayor bendición de la naturaleza (Vaca Muerta) esté al borde de transformarse en una nueva y gigantesca frustración. La razón de es simple: cuando se descubrió el gigantesco yacimiento, sólo había uno similar en el mundo; hoy, tantos años después, se explotan casi otros veinte, uno de los cuales –Texas- ha transformado a los Estados Unidos en autosuficientes en petróleo, alterando todo su posicionamiento geopolítico.

Con la caída en los precios internacionales y las tarifas locales congeladas por decisiones populistas que nos condenarán a reeditar la situación de dependencia que vivimos en la extendida década robada, Vaca Muerta se encuentra casi paralizada. Mientras tanto, los notorios avances en materia de combustibles no fósiles convertirán a corto plazo al petróleo en cosa del pasado y en humo a esa ensoñación argentina.


Enrique Guillermo Avogadro
Abogado
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