Sábado, 23 Mayo 2020 21:00

Fernández, jefe de gabinete de un cristinismo en expansión - Por Sergio Crivelli

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La estrategia de la cuarentena estricta terminó bloqueando al presidente. No puede abrir todo, ni volver a cerrar todo. La nueva normalidad de la que habla Kicillof incluye a Vallejos

 

Un ejemplo perfecto de cómo funciona el gobierno es el del impuesto a los “ricos”, iniciativa pensada para extraer entre dos mil y tres mil millones de dólares de patrimonios cuyos dueños no pudieron sustraerlos a tiempo de la voracidad de los políticos. El miércoles pasado el diputado Carlos Heller se reunió por segunda vez en Olivos con el presidente para definir sus líneas básicas. No se entendía a qué obedecía tanta deliberación ya que borradores del impuesto circulan desde tiempo en el Congreso. Terminada la reunión se develó el misterio: se esperaba la aprobación de Máximo Kirchner.

La toma de decisiones del gobierno empezó siendo bicéfala, pero con el paso de los meses, el presidente ha ido cediendo terreno cada vez más ostensiblemente a su vice. El panorama es complicado por la pandemia, pero el doble comando le agrega incertidumbre y desconfianza.

Además, la estrategia de encerrar a toda la población para que no se contagie del Covid-19, la única con el sello personal de Alberto Fernández, está empezando a complicarse. Ceder el timón a un comité de epidemiólogos no fue una buena idea. La economía se derrumbó y la curva más alta de contagios todavía está por llegar. Consecuencia: no se puede liberar la actividad por temor a contagios masivos, pero tampoco se puede volver atrás por el costo político. Basta poner un pie en la calle para comprobar que, más allá de la opinión de las autoridades, parte creciente de la población está retomando su ritmo de vida normal y no quiere volver sobre sus pasos.

¿Fue prematuro el encierro colectivo? ¿Un error de “timing”? ¿La búsqueda de la peor excusa para dilatar el ajuste económico inevitable? Cualquiera sea la respuesta a esas preguntas, lo cierto es que Fernández no podrá evitar las consecuencias. Su primera manifestación palpable son los avances del cristinismo, materializada en irrupciones de hipecristinistas como la diputada Vallejos reclamando que las empresas que recibieron ayuda del estado la devuelvan entregando acciones.

Si bien la entidad política de la legisladora es computable a cero, no puede pasarse por alto tres cosas: una, el sector del oficialismo al que pertenece, dos, que antes dijo que había que emitir todo lo que fuese necesario, propuesta descabellada, pero que se está cumpliendo a rajatablas y, tres, que su idea de estatización del capital privado representa un golpe a la credibilidad de un presidente que pretende proyectar una imagen moderada y capitalista “friendly”. A lo que hay que agregar que la nueva ideación de Vallejos tuvo el aval de miembros del gabinete como los ministros de Educación y de Trabajo.

En rigor, la imagen que proyecta Fernández a esta altura es la del jefe de un puñado de funcionarios que navega sobre un mar de cristinismo en incipiente agitación por la adversidad sanitaria y económica.

Axel Kicillof definió perfectamente ese cristinismo “hardcore” al avisar que la normalidad no existe más. O dicho de otra manera que se avecina un cambio radical de las reglas de juego impulsado por el tsunami económico y social que está a las puertas: en marzo el PBI cayó el 11,5% respecto del mismo mes de 2019. En marzo, sin embargo, hubo encierro obligatorio sólo a partir del día 20, por lo cual dos tercios transcurrieron bajo condiciones “normales”. Previsiblemente lo índices de abril y mayo serán mucho peores.

A la catastrófica caída de la actividad debe ser agregado el desastre fiscal perpetrado a propósito del virus. Hasta el 18 de mayo, según la Oficina de Presupuesto del Congreso las medidas anunciadas involucraron un gasto de 750 mil millones de pesos, equivalente al 2,6% del PBI. Si se le suman la pérdida de recaudación y los créditos otorgados el agujero fiscal llega casi al 5% del PBI. Unos 20 mil millones de dólares, diez veces mes que la proyectada recaudación del impuesto a los “ricos”.

La expansión de la vicepresidenta se siente con preferencia en dos áreas: la deuda y las Justicia. En el primer caso parece positiva: el viernes se incurrió en default, pero la situación podría subsanarse; el gobierno ha anunciado su voluntad de ceder ante los bonistas. En el segundo, cedió tanto a su mentora que el espectáculo de la búsqueda de impunidad se volvió grotesco.

Ubicó como secretario de Justicia y Procurador del Tesoro a dos procesados junto con CFK en la causa por encubrimiento de los terroristas de la AMIA. La Oficina Anticorrupción desistió de ser querellante en dos causas contra la vicepresidenta y no se pueden continuar dos juicios en su contra porque, alega el oficialismo, la plataforma de videoconferencia a utilizar no lo permitirá. Esa parodia de Justicia beneficia a la vice, pero la cara la pone el presidente, que está devolviendo con creces los votos que lo llevaron a la Casa Rosada.

Sergio Crivelli
Twitter: @CrivelliSergio

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