Sábado, 18 Julio 2020 21:00

Alberto, Cristina y un destino que los supone unidos (o dominados) - Por Sergio Berensztein

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¿Escalará la "grieta" dentro del Frente de Todos o lograrán sobrevivir a todas estas tensiones?

 

Conviene poner en contexto histórico los crecientes conflictos dentro del Frente de Todos (FDT). Esta última semana fue particularmente importante porque integrantes del ala dura kirchnerista cuestionaron abiertamente algunas decisiones, por cierto no demasiado controversiales, del presidente Alberto Fernández, por ejemplo respetar el concurso de Vicentin o expresar la natural preocupación por las flagrantes violaciones a los derechos humanos en Venezuela.

Hay especulaciones de todo tipo: que la “grieta” dentro del FDT puede incluso escalar y, todo lo contrario, que en el fondo el acuerdo entre presidente y vice es lo suficientemente sólido como para absorber y sobrevivir a todas estas tensiones. Solo el tiempo nos permitirá responder a estos interrogantes. Por eso puede ser útil analizar estas disputas con una perspectiva histórica para al menos tener algunas claves que contribuyan a comprender la naturaleza del fenómeno.

En primer lugar, la relación entre Presidente y vice ha sido históricamente conflictiva y no solo en la Argentina. Sobran evidencias de vínculos caracterizados por la desconfianza, desplantes e incluso conspiraciones. A veces las fórmulas expresan acuerdos políticos entre facciones distintas y por eso la relación entre las partes es tirante: grupos adversarios dentro de un partido pueden consensuar una fórmula con el objeto de ganar una elección, pero eso suele traer dificultades a la hora de definir una agenda de gobierno y/o de asignar responsabilidades dentro de un equipo de gestión.

Los ejemplos sin duda son más que elocuentes. Raúl Alfonsín y Víctor Martínez, siempre tuvieron una relación muy fría, que se extendió a la “Línea Córdoba” y sobre todo a su líder, el gobernador Eduardo Angeloz. El debilitamiento de Alfonsín de hecho allanó el camino para que Angeloz fuera candidato presidencial, acompañado por un integrante del riñón del padre de la democracia, como Juan Manuel Casella, en un intento por invertir los términos de la fórmula original (radicalismo de la provincia de Buenos Aires + Córdoba).

Más tarde, entre Carlos Menem y Eduardo Duhalde las diferencias fueron enormes y se profundizaron luego de que este último deviniera gobernador de la provincia de Buenos Aires. Kirchner llegó a la presidencia en el 2003 y los conflictos con Scioli se desataron al poco tiempo de haber asumido. Su relación siempre fue mala y caracterizada por una profunda desconfianza que se fue agrandando con el tiempo.

Un contra ejemplo interesante es el de Gabriela Michetti: ella nunca constituyó una amenaza para Mauricio Macri. Todo lo contrario, ya había sido su vice jefa de gobierno en CABA y había perdido la PASO con Rodríguez Larreta en su fallido intento por suceder a Macri. Sin poder territorial ni autonomía, su papel fue meramente formal. Síntesis: las fórmulas presidenciales pueden ser más o menos exitosas en términos electorales, pero en general son fuente de conflictos e incluso de episodios de crisis agudas.

Esto es así en casos de fórmulas partidarias. Pero mucho más en los casos de frentes o coaliciones políticas que integran fuerzas diferentes. En efecto, los gobiernos de coalición están pensados para (y de hecho funcionan muchísimo mejor) en sistemas parlamentarios o semi-presidencialistas, pero tienden a ser muy inestables en regímenes presidencialistas. La razón es muy sencilla: el poder ejecutivo suele ser unipersonal y, en consecuencia, los presidentes tienden a acumular mucho poder y ejercer su autoridad con relativa autonomía, hasta con discrecionalidad.

Como las coaliciones suponen algún tipo de esquema de distribución de cargos, esto suele generar tensiones sobre todo en caso de coaliciones recientes, sin mucha historia. Por el contrario, en los casos en los que hay un recorrido común entre las partes integrantes de la coalición, aunque hayan existido roces y diferencias, hay más chances de que haya continuidad. Por ejemplo, esto ocurrió con el Frente Amplio en Uruguay y con la Concertación de Partidos por la Democracia en Chile. Si solo se trata de coaliciones electorales recientes que tienen éxito y llegan al gobierno, las chances de que visiones disímiles, pujas personales o una combinación de ambas terminen disparando crisis agudas no es para nada menor.

En efecto, esto ocurrió por ejemplo con la Alianza entre la UCR y el Frepaso a poco tiempo de llegar al poder. Lo mismo con la frustrada experiencia de “concertación plural” que derivó en la fórmula Cristina-Cobos, rota apenas 8 meses luego de asumir el poder. Es decir que, si perteneciendo a un mismo partido las relaciones entre presidente y vice suelen ser complejas, cuando vienen de diferentes culturas y lógicas partidarias los conflictos suelen ser aún mucho más significativos.

Ahora bien, evidentemente es la primera vez que una eventual vice presidente elige a su compañero de fórmula — hasta ahora siempre había sido al revés en todas partes del mundo. Esto se debe a que CFK es la accionista mayoritaria del FDT. Claro que su capacidad de atraer votantes no era suficiente para ganar una elección presidencial, de lo contrario no hubiera propiciado la conformación de un frente electoral.

Pero el hecho de que sea la figura más popular de todo el FDT y de que su poder provenga nada menos que del estratégico conurbano bonaerense le da una cuota de poder adicional. Esto explica la legitimidad que siente CFK y la influencia que consecuentemente trata de ejercer, tanto en la designación de funcionarios como en la definición de las políticas. Evidentemente, esto puede implicar un debilitamiento de la investidura presidencial si no pueden moderarse las posiciones de las partes y las diferencias se hacen públicas.

¿Implica esto que el FDT está destinado a repetir la traumática experiencia de la Alianza? ¿Es acaso cuestión de tiempo hasta que Alberto y Cristina rompan el acuerdo que les permitió ganar la elección? No necesariamente, pues ambos tienen poderosos incentivos para seguir juntos, a pesar de los múltiples asuntos que en la práctica los separan.

Cristina sin Alberto (y el peronismo moderado) expondría nuevamente su relativa debilidad: cuenta con un tercio de los votos a nivel nacional (dos tercios de los que obtuvo su coalición), que es mucho y poco al mismo tiempo. Asimismo, Alberto sin Cristina queda totalmente aislado y sin respaldo político suficiente. Es cierto que muchos gobernadores e intendentes tienden a coincidir con su vocación de diálogo y espíritu acuerdista. Pero ellos podrían enfrentar cruciales desafíos en sus distritos si deben enfrentar al kirchnerismo duro. En efecto, CFK demostró en 2017 su clara capacidad de daño: sus candidatos aquella vez no podían ganar las elecciones, pero si podían hacer perder a sus contrincantes del peronismo. Si ellos no ganaban, el peronismo tampoco.

En conclusión, si bien la experiencia histórica indica que entre presidente y vice las peleas son normales y que en coaliciones electorales esto puede incluso adquirir connotaciones aún más intensas y hasta dramáticas, en el caso de Alberto y Cristina la situación es aún bastante más compleja. Nadie sabe a ciencia cierta cómo continuará esta historia, pero es evidente que si se profundizan las peleas los que más pierden serían ellos dos.


Sergio Berensztein

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