Lunes, 10 Agosto 2020 21:00

La inevitable base política de Cristina Kirchner - Por Sergio Berensztein

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Las fuerzas de sustentación que el kirchnerismo posee desde la radicalización del 2008 condicionan sus propuestas y su margen de acción.

Una vez, un aparentemente modesto pero muy exitoso comerciante se reunió con sus hijos quienes le plantearon la necesidad de refaccionar y modernizar el negocio familiar. El comercio, aunque rentable, estaba mal iluminado, despintado y venido a menos.

- Son nuevas épocas papá. Tenemos que cambiar, invertir en marketing, contratar personal más calificado.

- Hijos, ¿se fijaron quiénes son nuestros clientes? ¿Quieren que el negocio funcione o estar orgullosos por atraer gente con mejor pinta? Si cambiamos quizás vengan nuevos clientes, o quizás no, porque ellos ya tienen dónde comprar. Pero nuestros clientes de toda la vida van a comprar en otro lado.

¿Qué tiene que ver esta anécdota con la política argentina, sobre todo con Cristina Fernández de Kirchner? La vicepresidenta también tiene la clientela (los seguidores) a la que fue capaz de fidelizar a lo largo de los años, no necesariamente la que le hubiera gustado tener. Cada intento que hizo por cambiar y ampliar su proyecto político terminó fracasando y debió volver, sin otra alternativa, a apoyarse en los sectores con los que desarrolló un vínculo más incondicional, como los movimientos de derechos humanos, algunas organizaciones piqueteras y otros movimientos sociales.

Por ejemplo, para las elecciones del 2007 incorporó a la fórmula a Julio Cobos, como parte de un intento de cooptación de segmentos medios urbanos y rurales, tradicionalmente ligados a la Unión Cívica Radical. Si bien la alquimia electoral resultó exitosa, la revuelta fiscal que disparó la resolución 125 desarticuló esa maniobra, fundamentalmente como consecuencia de la radicalización ideológica y los rasgos autoritarios que tanto ella como Néstor Kirchner pusieron de manifiesto al calor de la dura batalla contra el campo.

Tal fue la ebullición, que el arquitecto de aquel giro hacia la moderación que implicó el acuerdo con el “Radicalismo K”, el por entonces Jefe de Gabinete de Ministros Alberto Fernández, salió eyectado del gobierno para convertirse en uno de sus críticos más férreos. Antes había logrado con mucho éxito acoplar a las “viudas y huérfanos” del Frepaso y hasta de Acción para la República (el propio Chacho Álvarez, los hermanos Ibarra, Gustavo Beliz, Martha Oyhanarte). Pero con el radicalismo esos intentos nunca fueron del todo exitosos, con la excepción de la familia Zamora (Santiago del Estero) o de dirigentes como Leopoldo Moreau, Gustavo López o el sindicalista Sergio Palazzo (que logró controlar La Bancaria luego del escándalo que mandó a la cárcel a Juan José Zanola en 2009 por orden del juez federal Norberto Oyarbide).

Consciente del que el 54% obtenido en las elecciones del 2011 constituía una mayoría contingente, y deseosa de independizarse del aparato del PJ, incluyendo a gobernadores, intendentes y sindicalistas, el 27 de abril del 2012 lanzó Unidos y Organizados durante un acto en Vélez con pilares como la Cámpora, el Movimiento Evita, la Kolina y Nuevo Encuentro (la fuerza conducida por Martín Sabbatella, un excrítico del kirchnerismo hasta el conflicto con el campo). Esa composición implicaba en sí misma una amenaza al modus operandi tradicional del peronismo, parte del cual apoyó a Sergio Massa y su Frente Renovador en las elecciones del 2013.

Ese hiato perduró hasta la conformación del Frente de Todos, que puede interpretarse como una suerte de capitulación de Cristina al aparato del PJ. Antes, luego del fracaso y la derrota del 2015, había insistido con su modalidad personalista en ocasión de los comicios de 2017, cuando sepultó al Frente para la Victoria para crear Unidad Ciudadana. Por culpa de Florencio Randazzo (y de Alberto Fernández, su jefe de campaña), Cristina perdió las elecciones para elegir senadores en la provincia de Buenos Aires contra Esteban Bullrich.

Convencida de que esa pretensión de autonomía respecto del PJ terminaba en duros fracasos, y acosada por sus causas judiciales, para las elecciones del 2019 terminó girando una vez más hacia el pragmatismo, incluyendo el acuerdo con Sergio Massa, muchos gobernadores que habían sido muy críticos como Sergio Uñac y Juan Manzur y hasta el propio Hugo Moyano. Con el capital político y electoral propio no llegaba al poder, pero el peronismo sin Cristina hubiera perdido de nuevo con Mauricio Macri, a pesar de la debacle económica.

Pero desde entonces su electorado no cambió demasiado y ella necesita reforzar ese vínculo. Por eso, la base de sustentación que el kirchnerismo posee desde la radicalización del 2008 condiciona sus propuestas y su margen de acción. Cristina nunca más pudo volver a generar vínculos de confianza con la clase media, los sindicatos y el electorado moderado en general. Este segmento del espectro político ya fue ocupado por otros actores, especialmente por el resto de sus aliados peronistas en el Frente de Todos.

La vicepresidenta sabe que su constituency, el segmento del electorado de izquierda y progresista que no es atrapado por el peronismo moderado difícilmente pueda ampliarse a esta altura del partido. Aquí, actúa un efecto que en las ciencias sociales se conoce como dependencia del camino o “path dependency”: el abanico de opciones está limitado por las decisiones que se han tomado en el pasado o por los eventos por los que uno atravesó. Quizás Cristina y Néstor hubiesen querido construir un proyecto político distinto. Muy probablemente hubiesen preferido que Merkel u Obama los reconocieran como líderes mundiales. Pero el pasado fue distinto. Por la desconfianza que la Argentina K generaba en el mundo civilizado, el que ayudó al gobierno argentino con USD 5.500 millones fue Hugo Chávez. Aquel desastre del 2008 (en el que el gobierno kirchnerista fue “defendido” por el dirigente piquetero Luis D'Elía a las trompadas en Plaza de Mayo) limitó las alternativas posteriores. Fue el comienzo de un recorrido sin retorno, consecuencia de una dinámica de improvisación y capricho qué tal vez nunca evaluaron con la necesaria tranquilidad.

Lo cierto es que Cristina necesita alimentar constantemente el vínculo con su electorado y con los cuadros dirigentes que ven en ella un liderazgo afín a sus ideas e intereses. Ella se convirtió en un “agente” (que depende) de ese “principal” (las bases de su poder real). Puede que crea que esas políticas son necesarias y hasta positivas. Pero más allá de eso, está obligada a cuidar a su clientela.

Por eso se interesa específicamente en el rediseño de los planes sociales y trabaja junto a Juan Grabois y Daniel Menéndez en reemplazar el IFE por un ingreso mínimo garantizado. El kirchnerismo también impulsa un proyecto de ley para distribuir tierras fiscales y habrá que ver qué sucede con el aporte extraordinario para las grandes fortunas. Las preferencias y necesidades de su electorado obligan a sostener este tipo de iniciativas radicalizadas. Puede que las decisiones políticas de Cristina no pasen por sus convicciones ideológicas, sino que ella hace lo que tiene que hacer para mantener su status como socia mayoritaria del FDT. Además, esto le permite capturar nuevos votos y conservar un poder autónomo utilizando recursos del Estado.

A su vez, para el FDT este tipo de proyectos son contradictorios, y no permiten que se termine de construir una vinculación del todo satisfactoria con el mundo del trabajo (la CGT y los empresarios miran como una amenaza este tipo de propuestas que prometen aumentar el gasto, mientras ellos le reclaman al Estado reducir la presión impositiva para la postpandemia). Sin embargo, es al mismo tiempo una herramienta necesaria dentro del gobierno, ya que mientras la economía continúe en caída y el desempleo aumente, es vista como la única alternativa para conservar la competitividad de cara a las próximas elecciones.

Parece muy riesgoso cambiar a un año de las elecciones legislativas. Volviendo a la analogía con la que comenzó esta columna, es tarde para reformar el local: difícilmente vengan nuevos clientes (es decir, votantes). El camino atravesado hasta aquí define los apoyos posibles de ser conseguidos. Cristina cruzó el Rubicón y ya no hay marcha atrás, a menos que haga una profunda autocrítica y convoque a superar la grieta, cosa que obviamente no parece estar en sus prioridades. Al contrario, prefiere profundizar la confrontación con Macri, agredir a Larreta, victimizarse en los casos judiciales, insistir con las ideas que le permitieron mantener su influencia en la política nacional. Aunque eso no contribuya en nada a solucionar los problemas del país. Al contrario: los agrande.

Por más de que intenten darle una mano de pintura o abrir nuevas ventanas, el kirchnerismo ya es lo que es, es kirchnerismo.

Sergio Berensztein

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