Domingo, 06 Septiembre 2020 21:00

Del fuego amigo a los errores no forzados - Por Eugenio Paillet

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Hay quienes dicen en el Gobierno, sin que les falte razón, que ese variopinto conglomerado de ideologías que conviven en el Frente de Todos a veces se convierte más en parte del problema que de la solución.

En verdad, la coalición que urdió Cristina Fernández cuando descubrió que no había otra manera de hacerse nuevamente vez del poder, y que terminó con Alberto Fernández como impensado candidato a presidente, y luego sentado en el Sillón de Rivadavia, nunca logró amalgamarse a lo largo de estos casi nueve meses de gestión.

La omnipresente sospecha sobre quién verdaderamente gobierna el país, si Cristina o Alberto, no es solo un condimento imperdible para analistas y consultores y fuente de comidilla en los distintos nichos (kirchneristas portadores sanos, cristinistas puros, albertistas incipientes y peronistas de todas las camisetas) del oficialismo gobernante.

Ha provocado también serias dudas en sectores vinculados a la inversión, tanto aquí como en el extranjero, expresado por boca de empresarios que suelen reclamar que ese conflicto debe necesariamente ser saldado antes de ellos sentarse a planificar sus negocios hacia el futuro.

El presidente, sin ir más lejos y para abonar la absoluta vigencia de ese intríngulis, acaba de hacer su propio aporte en medio del maremoto de problemas que le toca afrontar cada día merced a la pandemia de salud, a los esfuerzos para sacar a la economía del pozo y plantear un horizonte de previsibilidad hacia un año clave como será 2021, con una elección parlamentaria en el medio. “No tengo un líder, mi último líder fue Néstor (Kirchner)”, dijo el jueves por la noche. Al que le quepa el sayo que se lo ponga.

Alberto es además víctima constante del tan mentado fuego amigo, muchas veces proveniente de voces del Instituto Patria que se muestran generosos a la hora de la charla reservada. Es allí donde revelan la disconformidad de su jefa con casi medio gabinete nacional por su inoperancia o lentitud. Santiago Cafiero, Gustavo Beliz, Marcela Losardo y Matías Kulfas son, por decirlo de alguna manera, abonados a esos rumores surgidos del petit hotel de Rodríguez Peña 88.

El presidente sale al cruce como puede de otro cambio de mano de su vicepresidenta, que ahora viene de negar que la reforma judicial que trajina con más tropiezos que aciertos el oficialismo en el Congreso sea la que ella tanto reclamaba. Ergo, si esa reforma fracasa, el problema lo tendrá el presidente y no la vice. Alberto tuvo que aclarar esos tantos y dijo el jueves que la reforma en verdad es suya y que si se revisan los archivos se comprobará que ya la planteaba cuando estaba en el llano, luego de irse no de buenos modos del segundo gobierno de Cristina Fernández.

Se asegura en fuentes habituales de la Casa Rosada que el presidente viene de mantenerse en pie tras dos nuevos reclamos de Cristina, plasmados durante aquel largo almuerzo a solas que compartieron el pasado domingo en Olivos. El primero, un secreto a voces en el oficialismo y en el resto del arco político, el reclamo de la doctora para que Alberto termine la buena onda con Horacio Rodríguez Larreta.

El intendente porteño comparte con el presidente la cima de las encuestas sobre imagen positiva, e incluso en algunas de ellas lo supera, como el caso de Córdoba y Mendoza. A continuación, Cristina planteó con todas las letras que no hay que acordar nada con la oposición de Juntos por el Cambio, ni en el Congreso ni en el armado de políticas públicas sociales y económicas que serán tan necesarias a la salida de la pandemia.

El presidente, dicen a su lado, no hará ninguno de esos deberes. Seguirá privilegiando su alianza táctica con el alcalde, y buscará acuerdos con la principal oposición parlamentaria. Curioso, pero no tanto: Alberto y Horacio comparten por arriba en las encuestas lo que Cristina y Macri comparten en el fondo de esos muestreos.

La andanada del cristinismo contra Larreta se vio de todas maneras en dos gestos cargados de pólvora. El primero cuando le rechazaron el primer protocolo para abrir bares y restaurantes, que el intendente de la paciencia infinita corrigió para que finalmente el protocolo fuese aprobado. Y luego el ministerio de Educación no hizo lugar al plan de reapertura de clases para aquellos alumnos sin recursos que no tienen medios electrónicos para seguir las clases a distancia.

“Nos corren todo el tiempo el arco”, rezongan cerca del alcalde. A cambio, el ministro Nicolás Trotta ofreció el jueves regalarle tablets y netbooks para unos 6.500 chicos carenciados. Pero no habrá reapertura de escuelas aunque sea en dosis mínimas.

Fuego amigo o grosero error no forzado, el presidente vivió esta semana otro de esos capítulos que lo sacan de foco. Fue cuando despotricó contra el Congreso por no haber sancionado dos leyes claves para auxiliar al turismo y de combate contra la pesca ilegal, en obvia referencia a los berrinches de Cambiemos. Ocurrió que esas leyes habían sido sancionadas en la madrugada. ¿Nadie le avisó al presidente? La propia Casa Rosada tuvo que salir a desdecirlo en un comunicado sin dar mayores explicaciones. Son desgastes innecesarios, a menos que haya intencionalidad política detrás, que el presidente no debería pagar.

El cierre de la semana, en medio del alarmante pico de contagios -que afecta no solo a CABA sino a varias provincias mientras campea la impresión de que el Gobierno no le estaría encontrando la vuelta al drama-, el presidente se subió a otro conflicto que no necesita como el de la toma ilegal de tierras.

Otra vez en medio de los cruces entre Sergio Berni y Sabina Frederic, que lo llevó primero a reconocer que ahí hay un problema social que contener, para sostener el día después que esas tomas son un delito….

Eugenio Paillet

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