Lunes, 07 Septiembre 2020 21:00

El espejo de Venezuela al que le teme la oposición - Por Fernando González

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El quiebre opositor facilitó la eternización del chavismo. Por eso, Cambiemos revaloriza la unidad interna.

¿Cuándo se jodió Venezuela? Aquella célebre pregunta que Mario Vargas Llosa se hizo en “Conversaciones en la Catedral” para el Perú se repite a lo largo de los años para todos los países de América Latina. Y los miles de venezolanos que vinieron a la Argentina, huyendo del chavismo, coinciden en dos puntos exactos para ubicar ese punto de inflexión hacia la decadencia. Venezuela se jodió con la reforma constitucional de 2009, que habilitó la reelección indefinida para Hugo Chávez, y con el quiebre de la oposición en el Parlamento.

Esa fotografía venezolana es la que observa, cada vez con mayor atención, la oposición argentina nucleada en Juntos por el Cambio. El huracán kirchnerista, que Cristina impulsó con la reforma judicial en el Senado hace quince días y que se replicó la semana pasada en la Cámara de Diputados, encendió los alertas de sus principales dirigentes. El virus de la debilidad, que se apoderó de Alberto Fernández, y el embate sin pausa sobre Sergio Massa completan un escenario institucional que preocupa también a unos cuantos peronistas.

“No queremos estar diciendo, dentro de un tiempo, ¿cuándo se jodió la Argentina?”, explica uno de los referentes de la coalición opositora. Es uno de esos dirigentes que cultiva el optimismo como grano de la política. Pero los últimos días le han encendido la llama de la preocupación. Es ese sentimiento colectivo el que dominó el zoom que la mesa de conducción de Juntos por el Cambio hizo este lunes.

Quizás por eso cambiaron las prioridades entre los principales referentes opositores. El fervor de la disputa interna por el liderazgo parece dar lugar en estas horas al rescate imprescindible de la unidad. Recién vuelto de su relax en Suiza, Mauricio Macri participó en la tertulia digital envuelto en la bandera del consenso. Y Horacio Rodríguez Larreta abandonó por un rato esa postura superior de estar demasiado ocupado en las urgencias de la gestión para ensuciarse también en el barro de la pelea con el kirchnerismo. La unidad le gana a las vanidades.

En la misma sintonía hablaron los radicales Alfredo Cornejo y Mario Negri hasta que Patricia Bullrich le puso una pizca de tensión a la charla cuando lo pinchó a Martín Lousteau por su visita reciente a Alberto Fernández en la Quinta de Olivos. Con un llamativo sentido de la oportunidad para el debate, el senador se va convirtiendo en el clásico rival de Cristina en las sesiones del Senado. Pero su paso discreto por la residencia presidencial en compañía además del eterno operador del alfonsinismo, Enrique “Coti” Nosiglia, alimentó el cántaro fácil de las conspiraciones políticas.

Lousteau explicó su incursión en Olivos diciendo que iba a ofrecerle apoyo al Presidente si este accedía a retirar el proyecto de reforma judicial que acababa de llegar al Senado. Alberto Fernández agradeció el gesto, pero dejó en claro que él y Cristina están en el mismo barco. La cláusula Parrilli contra la prensa y los cambios de último minuto para poder designar un millar de jueces y fiscales terminaron bombardeando cualquier intento de moderación. Un referente judicial opositor habló con Lousteau tras aquel intento de armisticio y quedó sorprendido por la dureza de su descripción. “Está terminado”, sentenció. Y no se refería precisamente al proyecto de reforma judicial.

Claro que mientras Lousteau hacía su apuesta individual, Juntos por el Cambio venía puliendo una propuesta de acuerdo político para presentarle al Gobierno. Clarín anticipó el domingo 30 de agosto que las fundaciones Pensar (del PRO), Alem (de la UCR) y Hanna Arendt (de la Coalición Cívica) habían diseñado un borrador que contemplaba un acuerdo institucional, social, productivo y educativo para sondear con Alberto Fernández la idea de una tregua hasta las elecciones legislativas que le permita a la Argentina recuperarse de la pandemia.

Este lunes la propuesta de acuerdo con el Gobierno se evaluó formalmente en el zoom de la oposición. Y si bien todos admiten que la batalla reciente en el Congreso lo volvió mucho más dificultoso, también coincidieron en que se torna desesperante encontrar una línea de racionalidad institucional cuando aún faltan más de tres años para las elecciones presidenciales. Por eso, los diputados que conducen Cambiemos irán a la reunión de labor parlamentaria convocada por Sergio Massa para recomponer la situación en la Cámara Baja.

La prioridad es que las sesiones para votar la reforma judicial, el impuesto a la riqueza y el fundamental Presupuesto 2021 se hagan en forma presencial. En el CCK (el candidato más firme para alojar a los 257 diputados), en Tecnópolis (como sugirió algún diputado kirchnerista) o en el estadio Movistar Arena de Villa Crespo, nombre que comenzó a sonar en las negociaciones. Los legisladores de la oposición ya decidieron que, si no llegan a un acuerdo con el oficialismo, igual van a conectarse en sus computadoras y a votar en contra de las leyes aunque sea para certificar la derrota.

El espejo venezolano muestra que la ausencia como estrategia de la oposición y hasta la designación de Juan Guaidó como un presidente parlamentario alternativo al chavismo jamás funcionó. El poder real sigue estando en manos de Nicolás Maduro como antes lo estuvo en manos de Chávez.

La Argentina tiene síntomas económicos y reflejos autoritarios que pintan un parecido posible con la Venezuela en caída libre que administra el chavismo. Pero todavía tiene una oposición que equilibra el poder, un periodismo atento y una movilidad social ascendente que resiste como puede las crisis consecutivas. Herramientas imprescindibles como para alejarse a tiempo de ese modelo que encabeza los rankings de inflación, de pobreza y de realismo mágico mal entendido.

Fernando González

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