Viernes, 16 Octubre 2020 11:37

El agotamiento de la retórica presidencial - Por Fernando Laborda

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Alberto Fernández ha intentado ensayar en los últimos días una nueva retórica para acercarse a empresarios e inversores, pero sin la convicción que estos esperan. Para ellos, se acabó el tiempo de las palabras. Hacen falta hechos.

No conseguirá el favor empresarial tratando de persuadir a este sector de que el desorden económico imperante en la actualidad es pura responsabilidad del gobierno de Mauricio Macri, ni tampoco esperando que lo aplaudan por el auxilio mediante los ATP a 236.000 empresas que, a juicio del primer mandatario, "quizá sin la ayuda del Estado ya no existirían". Lo que esperan esos empresarios es algo tan simple como un plan económico coherente e integral, cuya ausencia consideran la causa central de la desconfianza que sufre la Argentina.

Así como el Gobierno no atina a dar respuestas para generar el necesario shock de confianza en el sector productivo, tampoco el Presidente logra alejar los fantasmas que espantan a los ahorristas del peso y los llevan a pagar más de 170 pesos por un dólar en el mercado informal o "blue". De poco sirve que, ante 13.000 ejecutivos reunidos en el Coloquio de IDEA, Alberto Fernández intente refutar a quienes plantean que se viene una devaluación o que el Estado podría quedarse con depósitos, subrayando que "jamás haría semejante cosa". La memoria sobre la ley de intangibilidad de los depósitos bancarios de 2001, sancionada poco antes de que las entidades financieras se quedaran sin dólares para devolverles a los ahorristas, está aún muy fresca.

Más fresca todavía está la frustrada intención gubernamental de intervenir la empresa cerealera Vicentin para luego expropiarla, pocos días después de que el propio Presidente se despegara de la iniciativa de la diputada kirchnerista Fernanda Vallejos para que el Estado se quedase con parte de las acciones de empresas que recibieran subsidios durante la pandemia.

Ni qué decir de la incapacidad exhibida por las autoridades nacionales frente a las usurpaciones de tierras o de las consideraciones del jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, quien aseguró que la toma de terrenos de propiedad privada o pública solo se convierte en un acto ilegal si se define "mediante una sentencia firme" de la Justicia, en lo que podría interpretarse como una vía libre para delinquir. ¿Cuánto afectan a la marcha de la economía gestos o declaraciones como esos que ponen en duda la vigencia del derecho de propiedad? ¿Qué ánimo puede tener un inversor para arriesgar su capital en un país donde ni los funcionarios parecen convencidos de la necesidad de custodiar derechos y garantías elementales?

La radicalización gubernamental solo puede provocar mayor desconfianza en los actores económicos y en los pocos que tienen capacidad para realizar inversiones productivas. También provee de cada vez más argumentos a quienes perciben que el Presidente está mimetizado con la vicepresidenta Cristina Kirchner. Y, por si fuera poco, como han señalado distintos observadores políticos, la reciente entrevista que le concedió el primer mandatario a Horacio Verbitsky se asemejó mucho a una rendición de cuentas dirigida a su entrevistador, a quien Fernández parecía tratar de complacer.         

El economista Carlos Melconian señala que, en política, es común que el líder "primero se pegue una piña y después reaccione". Algo así les ocurrió a varios presidentes argentinos desde la reapertura democrática, empezando por Raúl Alfonsín, en sus primeros años de mandato, hasta que dio con Juan Vital Sourrouille y la gestación del Plan Austral, que aseguró cierta estabilidad por algunos pocos años, y siguiendo con Carlos Menem, quien, tras la ola de hiperinflación, encontró la solución en Domingo Cavallo y el plan de convertibilidad.

Frente a la crisis de confianza que envuelve al gobierno de Fernández y al desbarajuste de casi todas las variables económicas, vale el consejo de Melconian: "De estas cosas solo se puede salir con cambios".

En las últimas horas, el Gobierno parece regocijarse con el regreso de Mauricio Macri a la escena pública, tanto como se regocijaban el expresidente y su jefe de Gabinete, Marcos Peña, cada vez que Cristina Kirchner hablaba públicamente.

El excesivo protagonismo de Macri parece subyugar a un oficialismo que apuesta a que terminará dividiendo a la oposición y contaminando a las promisorias figuras de Juntos por el Cambio como Horacio Rodríguez Larreta. El gran riesgo de esa percepción que se esparce por la Casa Rosada es que se termine creyendo erróneamente que el simple juego político inmediato ayudará a resolver la más delicada crisis económica desde la de 2001.

La inminente celebración del 75° aniversario de la fundación del peronismo podrá aportar alguna pista acerca de si los nuevos protagonistas de este viejo movimiento tendrán la imaginación y la capacidad de sorpresa que hasta ahora no han demostrado, o si, como otras veces, estaremos condenados a esperar que el país toque fondo con la remota ilusión de que, cuando el valor de las empresas y de los salarios sea aún más irrisorio que hoy, suene la campana de largada y la ambición le gane al miedo.

Fernando Laborda

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