Martes, 23 Marzo 2021 10:03

Aparecieron los partidos, pero no las vacunas - Por Carlos Pagni - (Video)

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Suele pasar que, antes de las elecciones, todo el aparato de poder entra en ebullición con códigos, con conductas cifradas, que muchas veces la opinión pública, en general, no decodifica correctamente, o no le presta atención. Es la vida de los partidos. 

En estos días en la Argentina se advierte esa ebullición de los partidos, que tiene que ver con algo tan importante y estratégico como el armado de las listas que después van a expresar a la sociedad en el Congreso, en la Legislatura, en los Concejos Deliberantes. Ese fenómeno este año adquiere un relieve especial por algunas mutaciones que estamos registrando en la vida de los principales partidos políticos.

 

 


Conviene detenerse en estos datos: en la provincia de Córdoba, hace una semana, hubo una votación interna de la Unión Cívica Radical (UCR), que es un partido que hace tiempo no aspira a poner un presidente, cuyo último líder partidario nítido fue Raúl Alfonsín (que dejó el poder en 1989): 30 mil personas se movieron para participar de esa interna que ni siquiera decidía sobre cargos a representantes. Era dirimir una disputa por la conducción del partido.

En la ciudad de Buenos Aires hubo una elección interna este domingo donde también se discutía algo tan cifrado como es la conducción de las distintas parroquias o comunas del radicalismo. Participaron 36 mil personas. Y lo más interesante es el mismo fenómeno en la provincia de Buenos Aires, donde hubo 115 mil afiliados del radicalismo que fueron a las urnas, también para decidir cuestiones de política interna: 60 mil del oficialismo, 55 mil de la oposición. Hay discusiones sobre esos números, que van a seguir estos días. Entre otras cosas porque la diferencia que haya entre ambos determina la conformación de las autoridades partidarias en los distintos niveles.

Lo que importa destacar es la movilización de la gente. Estamos hablando de 115 mil personas para votar, insisto, no quiénes son los candidatos a diputados, senadores, gobernadores o presidente, sino las autoridades de un partido. Pareciera que hubiera una especie de interés por participar que se expresa no solamente en los oficialistas, sino más bien en cuanto son los opositores los que participan.

Empieza a haber un debate con distintos niveles de interés. Este fenómeno es interesante porque este lunes el hecho más importante en la vida de Alberto Fernández es que quedó al frente del Partido Justicialista. Máximo Kirchner está peleando por conducir el PJ de la provincia de Buenos Aires. A lo mejor uno no entiende qué significan esos instrumentos. Ellos, sí.

La elección del domingo en el radicalismo de la provincia de Buenos Aires es importante por una razón: se proyecta sobre toda una dinámica de Juntos por el Cambio. Aparecen figuras novedosas. Uno de los líderes de todo este movimiento en la oposición radical ha sido Martín Lousteau, que está tratando de impulsar distintas corrientes que le son solidarias en varias provincias del país, como si estuviera pensando en un proyecto nacional que todavía no está configurado. El que gana la elección en la provincia, Maximiliano Abad, es un dirigente importante de Mar del Plata, diputado provincial, también una figura joven, muy novedosa. Empieza a haber otros rostros.

Esto es crucial para saber cuál será el nivel de debate que habrá en la provincia de Buenos Aires. ¿Y por qué es importante? Porque en la provincia no hay tensión política desde hace 30 años. Los niveles de pobreza, el colapso de la infraestructura, el avance de las mafias y la inseguridad y la presencia del narcotráfico se explican en parte porque la dirigencia de la provincia de Buenos Aires renunció a la discusión política. La pelea por el poder obliga a tener una agenda, obliga a formular ideas para un debate y todo esto en la provincia estuvo ausente durante muchísimo tiempo. Sobre todo, en el conurbano, que es una especie de centro de gravedad que tira todo hacia abajo. A toda la sociedad argentina.

Ahí está la gran pelea, entre otras cosas, porque el kirchnerismo basa su poder político, sobre todo su poder sobre el PJ, en la representatividad del conurbano bonaerense, de los conurbanos en general. Basa ese poder en el arraigo que tiene Cristina Kirchner entre los pobres. Eso es lo que le permite a Máximo Kirchner llegar a la conducción del PJ bonaerense en un proceso que arranca con su padre, Néstor Kirchner, y que tiene que ver con la colonización lenta pero persistente por parte de los Kirchner. Ellos eran santacruceños y ahora se vuelven bonaerenses para controlar las salas de máquinas del PJ.

En un país donde crece la pobreza, este es un fenómeno de primera magnitud, que habla de problemas de largo plazo, no solamente de lo que está pasando hoy en el peronismo de la provincia de Buenos Aires. Hay que mirar esos movimientos de Máximo Kirchner, hay que mirar hacia dónde va y con qué recursos políticos lo hace.

Aparecen figuras nuevas, aparece una discusión relativa a estas internas respecto de quiénes van a ser los candidatos de la oposición para enfrentar la maquinaria más importante del peronismo, que es el peronismo kirchnerista de la provincia de Buenos Aires, que gobierna en La Plata con Axel Kicillof. Una figura de las que surge el domingo y se va instalando lentamente en la política, se va convirtiendo en político de a poco, es Facundo Manes. ¿Va a ser el primer candidato a diputado de la oposición? ¿O va a ser Diego Santilli, implantando en la provincia por Horacio Rodríguez Larreta?

Este lunes hubo una foto que se sacaron juntos Jorge Macri con Patricia Bullrich. ¿Nos están sugiriendo que quieren ser los primeros candidatos en la Capital y en la provincia para disputar el poder este año? Es una discusión que está abierta, a la que uno le podría agregar otras hipótesis. Podría pensar en otros intendentes del conurbano también con aspiraciones a asomar la cabeza. Diego Valenzuela, de Tres de Febrero, por ejemplo.

Todos estos datos se recortan sobre el paisaje de una gran incógnita que es qué va a hacer María Eugenia Vidal. ¿Va a ser candidata este año? ¿Lo va a hacer en la provincia de Buenos Aires, adonde quizás nunca más quiera volver? ¿O va a ser candidata a diputada en la Capital Federal, al amparo de Larreta? ¿Va a haber una pelea Bullrich-Vidal? ¿O van a deponer armas ambas para que el candidato sea Martín Lousteau, también con el aval de Larreta? Larreta se fortalece. En la interna del domingo de los radicales bonaerenses, los dos bandos al final confluyen, por ahora, en Larreta.

Hay una vieja afirmación de Julio Argentino Roca, la dice en una entrevista con La Capital de Rosario en 1880, que está hecha a la medida de Larreta: “El que quiere que lo sigan, tiene que caminar adelante”. Habrá que ver si Larreta empieza a caminar adelante. Hasta ahora está bastante quieto frente a todos estos movimientos.

Estas disputas partidarias abren muchos temas para el análisis, muchos temas para discutir. El papel de los partidos termina siendo central en la marcha de los gobiernos. En el fondo, el problema que tiene Alberto Fernández es el problema de los límites que le impone el partido.

Acaba de aparecer el libro de Mauricio Macri, Primer tiempo. Es un libro donde Macri analiza su presidencia y se enfoca en un problema: cuáles fueron o debieron ser sus relaciones con el peronismo no kirchnerista. Queda solapado otro problema más importante: cómo fueron sus relaciones con el radicalismo, cómo fueron las discusiones con la Coalición Cívica de Elisa Carrió. ¿Hubiera sido distinto el gobierno de Macri si los hubiera incorporado más? ¿Hubiera tenido que resignar un poco más de programa, pero a cambio de una mayor sustentación política?

Por supuesto, en la vida interna de los partidos, sobre todo en el peronismo, se va a discutir un problema central: ¿Qué nivel de fragmentación va a haber en las provincias? Sobre todo, en aquellas donde se eligen senadores. Porque Cristina Kirchner, y el oficialismo en general, quieren llegar a los dos tercios del Senado, y para eso están pensando en distritos donde el peronismo, estratégicamente y astutamente dividido pueda llevarse las dos bancas de la mayoría y una por la minoría. Es la única forma que tendrían de aproximarse a un número imposible, que son los dos tercios del Congreso para cambiar la Corte.

Este es un puente que nos lleva de la vida de los partidos a las relaciones entre política y Justicia. Hay una obsesión judicial en el kirchnerismo. Este lunes hubo un zoom presidido por Oscar Parrilli, Cristina Caamaño (la titular de la AFI), el diputado Rodolfo Tailhade y Fernanda Vallejos. “Derrotemos al lawfare”, se llamó. Muy interesante: la oposición no sería un partido político, la verdadera oposición no sería Juntos por el Cambio. Siempre inteligente desde una fuerza política ningunear al otro como opositor. La oposición sería el lawfare, es decir, esa conspiración imaginaria entre medios de comunicación, Poder Judicial, factores de poder internacionales, financieros, y los Estados Unidos, que siempre forman parte de esta ensalada para perseguir a los movimientos políticos que se han atrevido a distribuir el ingreso de manera más radical. Es una forma que tiene en estos tiempos la izquierda en América Latina, muy complicada con megacasos de corrupción, para no ir a las urnas hablando de transparencia administrativa sino de un poder conspirativo y persecutorio.

Este martes habrá otra reunión para hablar del lawfare, en este caso presidida por la senadora Anabel Fernández Sagasti, que es una dilecta discípula de Cristina Kirchner en el Senado, y el segundo del Ministerio de Justicia, que es el verdadero ministro, Juan Martín Mena, con dirigentes de Podemos, de España. Es un poco demodé, porque Podemos está en recesión ahora, perdiendo mucho volumen. De hecho su líder, Pablo Iglesias, tuvo que dejar la vicepresidencia del gobierno en la Moncloa para ir a buscar votos en Madrid. Pero estamos ante una convergencia de La Cámpora y Podemos para hablar de lawfare.

Hay algo apócrifo en todo esto. Los chicos dirían algo trucho, algo por los que no se los debe tomar demasiado en serio. El periodista Iván Schargrodsky acaba de publicar que habría habido una reunión de seis horas, después de la apertura de sesiones en el Congreso, entre Cristina Kirchner y Sergio Massa.

En plena ola de lo que Cristina llamaba lawfare, Massa era quien decía: “Los voy a meter presos a todos”, hablando de Cristina y de su grupo. También aseguraba que él no podría participar de listas con La Cámpora porque sería trabajar con gente que usa el Congreso para resolver sus problemas judiciales. Sergio Massa se cansó de pasar veranos con el fiscal Carlos Stornelli en el balneario CR de Pinamar. Probablemente Massa sea el mejor amigo que tiene en la política el fiscal Guillermo Marijuan, que andaba con su excavadora por las estancias infinitas de Lázaro Báez buscando los fondos perdidos de los Kirchner.

Cristina Kirchner tuvo que acercarse a Massa para ganar el poder, ¿tanta preocupación por el lawfare? ¿Tanta intransigencia? Parecería que no hay que tomar este tema tan en serio; parecería que se están burlando de nosotros con esas banderas tan enardecidas.

A propósito de esa reunión tan larga entre la vicepresidenta y Massa: ¿de qué habrán hablado? Ojalá no hayan hablado de Alberto Fernández. Ojalá no lo hayan despellejado.

La verdadera pelea por la Justicia pasa por otro lado. Está como tercerizada en dos empresarios: Cristóbal López y Fabián de Sousa. El primero, obtuvo gran parte de su fortuna a través de las concesiones de juegos de azar. Estuvo extraordinariamente ligado a Néstor Kirchner. De Sousa es su socio. Ambos fueron procesados por haberse quedado con 8 mil millones de pesos que pertenecían a la AFIP. Ellos retenían los impuestos que pagaban los clientes a través de la empresa Oil Combustibles. En vez de transferir ese dinero que le cobraban al público, se lo quedaban para seguir comprando empresas. El gran negocio de ganar plata con impuestos.

La investigación que se seguía sobre ellos es presentada ahora por ellos mismos como una especie de lawfare, detrás del cual estaría la extorsión de Mauricio Macri y su gobierno. ¿Qué es lo interesante? Que ponen el foco en una persona muy ligada a Macri, Fabián “Pepín” Rodríguez Simón, a quien le investigan el teléfono para ver cuáles eran sus contactos. ¿Quién hace esta investigación? La jueza Servini de Cubría. La investigación está destinada a que aparezcan en los contactos de Rodríguez Simón comunicaciones con un viejo amigo, el juez Carlos Rosenkrantz, presidente de la Corte. Al acceder y mirar la lista de llamados el kirchnerismo descubrió ahora que Rodríguez Simón cometió un pecado capital: aparecen conversaciones con periodistas de LA NACION y de Clarín, convenientemente exhumadas por la jueza Servini de Cubría.

La tesis que se pretende demostrar es que se va configurando el lawfare. El que está detrás de todo esto es el abogado de Fabián de Sousa, el empresario socio de Cristóbal López. Es el abogado de Cristina Kirchner, Carlos Beraldi. ¿Qué es lo más interesante? Aquello por lo que el lawfare se cae a pedazos, como una operación de cinismo. ¿Quién no se acuerda de esas grabaciones que infelizmente publicó la prensa, en las que se mostraron conversaciones privadas entre Cristina Kirchner y Oscar Parrilli? En ellas, la señora de Kirchner maltrataba a Parrilli y, además, se refería a otras figuras de la política. ¿Cómo se consiguieron esas grabaciones? Por qué la AFI eligió a la jueza Servini de Cubría para que las hiciera. Y en vez de destruirse circulaban entre los medios. El lawfare contra Cristina Kirchner, contra Parrilli, si existió, se montaba en el juzgado de Servini de Cubría donde, entre otras cosas, trabajaba la hija de Antonio Stiusso.

Ahora, es el mismo instrumento el que se usa en sentido contrario, a través de los empresarios del juego para atacar a jueces de la Corte que el kirchnerismo quiere voltear. Y también, como siempre, para atacar a los medios, algo en lo que Servini es experta. Recuerden que quiso aplicarle censura previa a Tato Bores para que no pudiera nombrarla y, así, burlarse de ella.

Alberto Fernández propuso el día de apertura de sesiones ordinarias el eje judicial. Inteligentemente, lanzó una batalla judicial. De inmediato, es cierto, después se quedó sin ministra de Justicia. Pero él pretendía sacar de la tapa de los diarios el gran problema que tiene hoy el Gobierno: las vacunas y la vacunación.

Ya se avisó que esta semana no va a haber vacunas: lo dijo Pancho Olivera el lunes pasado. Estamos esperando que lleguen las vacunas rusas. El Presidente hace dos lunes, en diálogo con Gustavo Sylvestre, se quejó de los rusos y contó que están esperando las vacunas chinas, que por alguna razón no llegan. Llama la atención que sí están llegando a Chile o a lugares donde habría menos afinidades conceptuales con los chinos. Por eso, hay quienes sospechan que hay negociaciones sobre otras materias con los chinos que están trabadas.

El problema es que, si uno mira la región, hay lugares donde todo sucede de manera más eficiente. Chile es uno de esos lugares. La Argentina tiene vacunadas 3 personas cada 100 habitantes; Chile, 22 cada 100. El país vecino está dentro del pelotón de los más eficientes, compite con países muy avanzados en el ranking. Y esto se debe a que empezaron a negociar la compra de vacunas con Pfizer y con los chinos en mayo de 2020. Como diría Cristina Kirchner: no fue magia.

El presupuesto chileno prevé fondos por 200 a 300 millones de dólares para la compra de vacunas: el presupuesto argentino, en cambio, cuenta con fondos por 143 millones de dólares. Además, tenemos problemas para conseguirlos porque no hay dólares. En Chile hay un centro vacunatorio cada 13 mil habitantes, mientras que en la ciudad de Buenos Aires, que es un lugar muy avanzado para la vacunación, hay un centro cada 56 mil habitantes.

¿Qué pasó en la Argentina? ¿No se previó la vacunación? Sí, pero fracasó esa previsión. Fracasó la negociación con Pfizer, a pesar de que la Argentina puso a disposición enfermos para ser estudiados en el Hospital Militar Central. Personas que se expusieron a enfermarse con una vacuna en estudio para que el país tuviera prioridad en la obtención de la vacuna Pfizer. No pudimos. El Gobierno, Alberto Fernández, se ufanó, hizo una fiesta porque AstraZeneca iba a fabricar sus vacunas acá, con Hugo Sigman. Era el apogeo del empresariado nacional porque nosotros no íbamos a depender de nadie para las vacunas. Iban a ser argentinas No llegaron todavía. Primero dijeron marzo. Después, abril. Ahora aparentemente llegarían a mediados de mayo. ¿Cuál es el problema de esta falla de previsión? Que habría que esperar que no fallen otras cosas.

Hace minutos, Jorge Macri emitió un tuit, obviamente desde la picardía de cualquier opositor, e indicó: “Presidente, no se olvide de los abuelos, porque en Vicente López, el PAMI solo vacunó al 6% de los que viven en geriátricos”. Población vulnerable. Más que cualquier otra.

¿Por qué hay cosas que habría que prever? Porque el Gobierno, que ejerce un control de precios sobre todo lo que pueda ejercer, desde el dólar hasta las tarifas de luz y gas, pasando por los bienes de consumo, controla también los precios de la salud. Y ha puesto un tope para el pago a las prepagas, que son entidades principales en el financiamiento del sistema de salud. Ese tope en los precios hace que, cuando las clínicas se enfrentan al sindicato, que como corresponde pide un aumento de sueldo por la inflación, y porque representa al personal más expuesto en toda esta historia de la pandemia, las clínicas, los sanatorios dicen que no pueden aumentar más el salario porque no les pagan más las prepagas. Y estas últimas dicen que no pueden aumentar más porque el Gobierno no le permite subir la cuota, que está atrasada desde hace muchísimo tiempo.

El sindicato de Sanidad, en plena pandemia, cuando faltan vacunas, liderado por Héctor Daer, gran amigo del Presidente, lanzó un plan de lucha. Es posible que amenace con un paro general de los trabajadores de la salud para esta semana. Medida de fuerza que sería muy relevante poder evitar.

La inflación es seguramente superior al 29%, más allá de las intenciones sanísimas del ministro de Economía, Martín Guzmán; el riesgo país está por las nubes, como si estuviéramos al borde de un default, cuando los vencimientos son dentro de tres años; las reservas no suben a pesar de que el Banco Central compra dólares. Sin embargo, nada de esto importa. La pregunta es: ¿Cómo le va a ir al Gobierno en las elecciones? La respuesta: depende solamente de las vacunas, como si todo lo demás ya lo hubiéramos resignado.

Hay un economista santiagueño que se llama Castor López. Él dice que este cuadro que acabo de trazar, donde ya no importa la inflación, donde nos acostumbramos a vivir sin reservas, con un costo de financiamiento que hace imposible cualquier proyecto productivo describe al subdesarrollo sustentable. La Argentina sería un caso de subdesarrollo sustentable.

Carlos Pagni

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