Jueves, 22 Abril 2021 03:42

María Eugenia Vidal, ¿una madre abandónica? - Por Laura Di Marco

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Si la exgobernadora ya no es lo que representaba, probablemente su reingreso en la escena pública deba incluir una reinvención de su identidad política

“Me sentí tan, pero tan identificada con la protagonista de Borgen en los primeros capítulos de la serie. ¡Vidas paralelas!”, confiesa María Eugenia Vidal a La Nación, en pleno lanzamiento de su libro autobiográfico Mi camino. Confesión filosa por lo que la serie danesa revela: la historia de la primera mujer que accedió al cargo de primera ministra de su país, la ficcional Birgitte Nyborg, que al año de asumir entra en conflicto con su idílica vida familiar y termina divorciándose de su marido, al mismo tiempo que construye su poder.

Asombroso paralelismo con el drama político de la Argentina. Vidal, la primera mujer en acceder a la gobernación de la provincia de Buenos Aires, se divorció del padre de sus hijos apenas un par de meses después de llegar al poder. “Una mujer termina pagando costos personales por ocupar espacios de poder. Y yo aspiro a que esos costos no se repitan”, admite, enigmática, ahora con su nueva pareja, el periodista deportivo Enrique Sacco. Una nueva pareja y una nueva identidad.

Muy lejos de Heidi, Vidal ya no es, tampoco, aquella madre joven que nos estrujaba el corazón: sola con sus tres hijos, asilada en una base militar de Morón enfrentando políticamente a las mafias bonaerenses. En su estrellato político, la gobernadora había configurado un personaje político imbatible. Su mayor activo era, indudablemente, que se parecía demasiado a sus votantes del conurbano bonaerense. Como típica mujer de clase media, era obvio que conocía perfectamente la experiencia de esperar un colectivo en una esquina. Su mantra posdivorcio era inigualablemente bueno y verdadero: “Solo tengo media casa y medio auto”.

“Pero hoy está muy distinta; se mudó a Capital; vive en un departamento en Guido y Pueyrredón y está en una pareja estable, que le suma mucho. Sin embargo, su perfil es más parecido al de una señora de Barrio Norte”, revela uno de los consultores con los que María Eugenia se reúne para develar su futuro inmediato: ¿compite o no en este turno? ¿Capital o provincia?

Si Vidal ya no es lo que representaba, es probable que su reingreso en la escena pública deba incluir, a la vez, una reinvención de su identidad política: no hay nada peor que pretender venderle al electorado un personaje que ya no es como era.

Si votamos a políticos no por lo que son, sino por lo que representan, esta máxima se aplica con mayor rigor aún a los liderazgos femeninos: se trata de otra de las inequidades de género. Este es el consenso al que llegan la mayoría de los estudios configurados bajo esa perspectiva: para evaluar a una política mujer, las cuestiones personales pesan de un modo predominante por sobre la capacidad de gobernar. Vidal captura esta injusticia en su flamante libro, editado por Penguin Random House, el mismo sello que publica a Cristina Kirchner. “Cuando asumí (en la provincia) entendí que mi pareja, lo que hicieran mis hijos, cómo me vestía, la historia de mi familia, los lugares que frecuentaba, todo podía ser juzgado”.

Hoy agrega más pruebas a ese punto de vista: “Nunca escuché que se le preguntara a un gobernador cómo se las arregla para atender su trabajo mientras lidia con su casa y sus hijos”.

Cristina Kirchner experimentó en carne propia esa máxima que se aplica a las mujeres políticas cuando quedó viuda: en una semana y sin cambiar una coma de sus políticas, subió 20 puntos en imagen positiva y al año siguiente arrasó en las urnas. El accidente de Gabriela Michetti, que la llevó a usar silla de ruedas, su divorcio, su pareja posterior y la forma en que enfrentó a Macri cuando eligió a Rodríguez Larreta para competir en la ciudad fueron puntos determinantes en los activos y pasivos de su perfil. Más aún, cuando decidió “desobedecer” a su jefe político buena parte de sus votantes concluyó que, finalmente, no era tan buena chica como la habían percibido. Podría decirse que fue entonces cuando empezó el desgaste de su figura política.

Los votantes, sobre todo en sociedades latinas, aún suelen ver a las mujeres líderes como madres: el rol predominante que la cultura tiene reservado para ellas. De ahí que incluso Michelle Bachelet haya sido percibida, durante sus dos presidencias, como la gran madre de Chile. Un estudio pionero del politólogo Mauricio Morales Quiroga –”La primera mujer presidenta de Chile: ¿qué explicó el triunfo de Bachelet?”– evaluaba así los atributos que el electorado ponderó para elegir a la chilena: “Respecto de los atributos personales, Bachelet alcanzó importantes menciones considerando la cercanía con el electorado, la confianza y la credibilidad. Los porcentajes más bajos se presentaron en las evaluaciones de su capacidad de gobierno”.

A fines de 2018, y en medio del desgaste que atravesaba Macri a raíz de la profunda recesión económica, Vidal evaluó seriamente la posibilidad de cortarse sola y adelantar las elecciones bonaerenses, desdoblándolas de las nacionales. De hecho, durante el verano de 2019, los avatares del hipotético desdoblamiento se transformaron en una verdadera novela política, con el final que ya todos conocemos.

“Ella nos abandonó cuando lo eligió a Macri, en lugar de plantarse frente a él y privilegiarnos a nosotros, los bonaerenses”. Abandono. Ese fue el sentimiento que más resonó en los focus groups de Management & Fit, la consultora de Mariel Fornoni, cuando entonces exploraba las emociones que despertaba la gobernadora entre sus potenciales votantes, en vísperas de una elección que finalmente perdería por 14 puntos. Si ya entonces los bonaerenses se sentían “abandonados” por la “madre leona”, es verosímil conjeturar que ese estado de ánimo se haya expandido después de un año de haberle quitado el cuerpo a un territorio devastado por la pobreza y con el que se había comprometido política y emocionalmente. Un duro mutismo mediático que no se produjo en un año cualquiera, sino, tal vez, en el más difícil para la Argentina desde el regreso de la democracia.

Cuando las principales consultoras miden a distintos candidatos de la oposición, tanto en la provincia como en la ciudad, la cantidad de votos que cosechan es inelástica. “En una sociedad tan agrietada, si medís a Patricia Bullrich, a Vidal o a Ocaña no hay una gran diferencia. En esta elección de medio término cualquier candidato representa al voto opositor. Lo mismo pasa en la provincia con Santilli, Ritondo o con quien midas”, asegura un encuestador de los conocidos.

¿No sería mejor que Juntos por el Cambio busque para esta elección intermedia candidatos que hablen de futuro, con una imagen fresca, que no se vean obligados a discutir sobre su gestión anterior, como le ocurriría a Vidal? Esta es una pregunta que se hace y le hacen algunos de sus interlocutores. “Sería un error que María Eugenia sea candidata ahora en la provincia porque tendría que dar explicaciones sobre su gobierno y su derrota”, es una conclusión que suele escuchar.

¿Se puede ser candidata a presidenta en 2023, como Vidal desea en secreto, sin jugar políticamente el 2021? Esta es la pregunta que la exgobernadora les traslada a sus consultantes. Preguntas con respuestas provisorias: ¿alguien podía pensar, mirando las intermedias de 2017, que Alberto Fernández iba a ser presidente? ¿Acaso Macri fue protagonista en 2013? En una palabra, ¿definen algo las elecciones de medio término? Las negras también juegan.

Laura Di Marco

Si la exgobernadora ya no es lo que representaba, probablemente su reingreso en la escena pública deba incluir una reinvención de su identidad política

“Me sentí tan, pero tan identificada con la protagonista de Borgen en los primeros capítulos de la serie. ¡Vidas paralelas!”, confiesa María Eugenia Vidal a La Nación, en pleno lanzamiento de su libro autobiográfico Mi camino. Confesión filosa por lo que la serie danesa revela: la historia de la primera mujer que accedió al cargo de primera ministra de su país, la ficcional Birgitte Nyborg, que al año de asumir entra en conflicto con su idílica vida familiar y termina divorciándose de su marido, al mismo tiempo que construye su poder.

Asombroso paralelismo con el drama político de la Argentina. Vidal, la primera mujer en acceder a la gobernación de la provincia de Buenos Aires, se divorció del padre de sus hijos apenas un par de meses después de llegar al poder. “Una mujer termina pagando costos personales por ocupar espacios de poder. Y yo aspiro a que esos costos no se repitan”, admite, enigmática, ahora con su nueva pareja, el periodista deportivo Enrique Sacco. Una nueva pareja y una nueva identidad.

Muy lejos de Heidi, Vidal ya no es, tampoco, aquella madre joven que nos estrujaba el corazón: sola con sus tres hijos, asilada en una base militar de Morón enfrentando políticamente a las mafias bonaerenses. En su estrellato político, la gobernadora había configurado un personaje político imbatible. Su mayor activo era, indudablemente, que se parecía demasiado a sus votantes del conurbano bonaerense. Como típica mujer de clase media, era obvio que conocía perfectamente la experiencia de esperar un colectivo en una esquina. Su mantra posdivorcio era inigualablemente bueno y verdadero: “Solo tengo media casa y medio auto”.

“Pero hoy está muy distinta; se mudó a Capital; vive en un departamento en Guido y Pueyrredón y está en una pareja estable, que le suma mucho. Sin embargo, su perfil es más parecido al de una señora de Barrio Norte”, revela uno de los consultores con los que María Eugenia se reúne para develar su futuro inmediato: ¿compite o no en este turno? ¿Capital o provincia?

Si Vidal ya no es lo que representaba, es probable que su reingreso en la escena pública deba incluir, a la vez, una reinvención de su identidad política: no hay nada peor que pretender venderle al electorado un personaje que ya no es como era.

Si votamos a políticos no por lo que son, sino por lo que representan, esta máxima se aplica con mayor rigor aún a los liderazgos femeninos: se trata de otra de las inequidades de género. Este es el consenso al que llegan la mayoría de los estudios configurados bajo esa perspectiva: para evaluar a una política mujer, las cuestiones personales pesan de un modo predominante por sobre la capacidad de gobernar. Vidal captura esta injusticia en su flamante libro, editado por Penguin Random House, el mismo sello que publica a Cristina Kirchner. “Cuando asumí (en la provincia) entendí que mi pareja, lo que hicieran mis hijos, cómo me vestía, la historia de mi familia, los lugares que frecuentaba, todo podía ser juzgado”.

Hoy agrega más pruebas a ese punto de vista: “Nunca escuché que se le preguntara a un gobernador cómo se las arregla para atender su trabajo mientras lidia con su casa y sus hijos”.

Cristina Kirchner experimentó en carne propia esa máxima que se aplica a las mujeres políticas cuando quedó viuda: en una semana y sin cambiar una coma de sus políticas, subió 20 puntos en imagen positiva y al año siguiente arrasó en las urnas. El accidente de Gabriela Michetti, que la llevó a usar silla de ruedas, su divorcio, su pareja posterior y la forma en que enfrentó a Macri cuando eligió a Rodríguez Larreta para competir en la ciudad fueron puntos determinantes en los activos y pasivos de su perfil. Más aún, cuando decidió “desobedecer” a su jefe político buena parte de sus votantes concluyó que, finalmente, no era tan buena chica como la habían percibido. Podría decirse que fue entonces cuando empezó el desgaste de su figura política.

Los votantes, sobre todo en sociedades latinas, aún suelen ver a las mujeres líderes como madres: el rol predominante que la cultura tiene reservado para ellas. De ahí que incluso Michelle Bachelet haya sido percibida, durante sus dos presidencias, como la gran madre de Chile. Un estudio pionero del politólogo Mauricio Morales Quiroga –”La primera mujer presidenta de Chile: ¿qué explicó el triunfo de Bachelet?”– evaluaba así los atributos que el electorado ponderó para elegir a la chilena: “Respecto de los atributos personales, Bachelet alcanzó importantes menciones considerando la cercanía con el electorado, la confianza y la credibilidad. Los porcentajes más bajos se presentaron en las evaluaciones de su capacidad de gobierno”.

A fines de 2018, y en medio del desgaste que atravesaba Macri a raíz de la profunda recesión económica, Vidal evaluó seriamente la posibilidad de cortarse sola y adelantar las elecciones bonaerenses, desdoblándolas de las nacionales. De hecho, durante el verano de 2019, los avatares del hipotético desdoblamiento se transformaron en una verdadera novela política, con el final que ya todos conocemos.

“Ella nos abandonó cuando lo eligió a Macri, en lugar de plantarse frente a él y privilegiarnos a nosotros, los bonaerenses”. Abandono. Ese fue el sentimiento que más resonó en los focus groups de Management & Fit, la consultora de Mariel Fornoni, cuando entonces exploraba las emociones que despertaba la gobernadora entre sus potenciales votantes, en vísperas de una elección que finalmente perdería por 14 puntos. Si ya entonces los bonaerenses se sentían “abandonados” por la “madre leona”, es verosímil conjeturar que ese estado de ánimo se haya expandido después de un año de haberle quitado el cuerpo a un territorio devastado por la pobreza y con el que se había comprometido política y emocionalmente. Un duro mutismo mediático que no se produjo en un año cualquiera, sino, tal vez, en el más difícil para la Argentina desde el regreso de la democracia.

Cuando las principales consultoras miden a distintos candidatos de la oposición, tanto en la provincia como en la ciudad, la cantidad de votos que cosechan es inelástica. “En una sociedad tan agrietada, si medís a Patricia Bullrich, a Vidal o a Ocaña no hay una gran diferencia. En esta elección de medio término cualquier candidato representa al voto opositor. Lo mismo pasa en la provincia con Santilli, Ritondo o con quien midas”, asegura un encuestador de los conocidos.

¿No sería mejor que Juntos por el Cambio busque para esta elección intermedia candidatos que hablen de futuro, con una imagen fresca, que no se vean obligados a discutir sobre su gestión anterior, como le ocurriría a Vidal? Esta es una pregunta que se hace y le hacen algunos de sus interlocutores. “Sería un error que María Eugenia sea candidata ahora en la provincia porque tendría que dar explicaciones sobre su gobierno y su derrota”, es una conclusión que suele escuchar.

¿Se puede ser candidata a presidenta en 2023, como Vidal desea en secreto, sin jugar políticamente el 2021? Esta es la pregunta que la exgobernadora les traslada a sus consultantes. Preguntas con respuestas provisorias: ¿alguien podía pensar, mirando las intermedias de 2017, que Alberto Fernández iba a ser presidente? ¿Acaso Macri fue protagonista en 2013? En una palabra, ¿definen algo las elecciones de medio término? Las negras también juegan.

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