Viernes, 09 Julio 2021 11:30

El país de Alberto, cada vez más solo - Por Fernando González

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El Gobierno pelea con los socios del Mercosur y defiende a Venezuela y Nicaragua. Ezeiza, entre los varados y el éxodo.

Haces apenas un mes, Alberto Fernández se metió en una polémica latinoamericana por decir, sin más sustento que una canción de Litto Nebbia, que los argentinos llegamos de los barcos. El papelón discursivo dejó al país malquistado con mexicanos y brasileños. Nada que un buen pedido de disculpas no pueda solucionar. Pero la disculpa llegó de modo extraño e incompleta. Sería solo una anécdota, pero el Presidente, y sus colaboradores menos sagaces, insisten todos los días en profundizar esta tendencia insólita al aislacionismo en tiempos de aldea global. Se van sumando medidas de política exterior, de política económica y hasta de política aerocomercial que dejan al país cada vez más solo.

La decisión de Uruguay de buscar acuerdos comerciales por fuera del Mercosur, y el contrapunto entre Fernández y Luis Lacalle Pou, es la punta del iceberg de una crisis que hace tiempo afecta al mercado regional que pusieron en marcha Raúl Alfonsín y José Sarney en 1985. La Argentina quedó también enfrentada a Paraguay y a Brasil, que cuenta con el aditivo del personalismo extremo de Jair Bolsonaro. La señal más clara del deterioro del Mercosur es que ninguno de nuestros socios comerciales votaron a favor en la reciente elección del presidente de la Corporación Andina de Fomento (CAF). Los tres países limítrofes votaron al colombiano Sebastián Díaz-Granados, quien derrotó por 17 votos a 0 al argentino Christian Asinelli. El único premio ¿consuelo? para la Argentina fue la abstención del chavismo venezolano. Así estamos.

Digitada a control remoto por los intereses de Cristina Kirchner, la agenda exterior de la Argentina va adquiriendo la tonalidad opaca de aquellos países que subestiman la democracia. El Gobierno se metió en un incomprensible choque diplomático con Israel en medio del intercambio de cohetes con la guerrilla de Hamas. Tal vez, hayan influido las distracciones del actual embajador, el entrerriano Sergio Urribarri, más preocupado por las fiestas con música electrónica que por los deberes de Estado.

Argentina abandonó el Grupo de Lima para proteger los intereses de Nicolás Maduro en Venezuela y, en la Organización de Estados Americanos, cobija al régimen de terror en Nicaragua, que alguna vez fue bocanada de oxígeno posterior a la dictadura de Anastasio Somoza. Ni siquiera el ex tupamaro, Pepe Mujica, se anima a defender hoy los desbordes autoritarios de Daniel Ortega, pero sí lo hace la Cancillería que intenta conducir Felipe Solá.

Ese aislacionismo argentino es el que ya ha convencido a los directivos del Fondo Monetario sobre la inviabilidad de un acuerdo por la deuda antes de las elecciones legislativas. Es el mismo aislacionismo que bloquea las exportaciones de carne y complica el comercio de granos al punto de volver a impulsar una protesta de los productores agropecuarios. Y es el que repite la receta perimida del cepo al dólar, espantando cualquier posibilidad de inversiones productivas y reduciendo la oferta de empleo en plena pandemia.

Como si todas estas calamidades fueran pocas, el Gobierno decidió cancelar la mayor parte de los vuelos al exterior, dejando a miles de argentinos varados en el exterior. Con el argumento discutible del riesgo sanitario, puso el foco sobre quienes viajaron a EE.UU. para aplicarse las vacunas que faltan en el país, afectando también a quienes se fueron de vacaciones, por trabajo, por estudio o para atender emergencias familiares, como siguen apareciendo cientos de casos a cada momento.

Las señales no le abren paso al optimismo. En una charla con un grupo de chicos, el jefe de gabinete, Santiago Cafiero, decía hace unos días que la Argentina “no es ese país de mierda que nos tratan de retratar”, y que el destino de los jóvenes no puede ser Ezeiza. En el cargo que ejerce desde hace un año y medio, tiene la gran oportunidad de contribuir a que no sigan creciendo la inflación, la pobreza y la desigualdad, tanto como han crecido en este tiempo.

Tal vez entonces Ezeiza deje de ser un destino de éxodos. Quizás ya no sea necesario cerrar los aeropuertos para evitar que muchos argentinos busquen un futuro mejor en alguno de esos países de los que nos vamos aislando.

Fernando González

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