Viernes, 16 Julio 2021 11:09

Cuba y la involución de los jóvenes viejos - Por Fernando González

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Alberto Fernández, Cristina Kirchner y otros dirigentes mantienen una mirada indulgente sobre la represión y el autoritarismo en la isla.

Hubo un tiempo que fue hermoso, dice la canción. Y en la Argentina de la democracia restaurada en 1983 hubo un par de años de ilusión, que vistos desde el presente terminaron resultando inocentes. Los jóvenes dirigentes de aquella primavera, con mucha menos grieta que ahora, se autodefinían como juventudes políticas y compartían con entusiasmo la experiencia de la libertad recuperada. Hubo quienes fueron a la nueva Nicaragua del sandinismo a cosechar café. Hubo quienes experimentaron el exotismo político de una travesía a Corea del Norte. Y hubo muchos que colmaron el Luna Park en los recitales multitudinarios de los artistas cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. “Cuba, Cuba, Cuba, el pueblo te saluda”, se gritaba desde las plateas, en una mirada del régimen que tenía mucho de romántico, pero poco de conocimiento.

Para entender hasta dónde llegaba el fenómeno regional basta recordar que Raúl Alfonsín cerró la campaña para el plebiscito por el Canal de Beagle el 22 de noviembre de 1984 con un acto a cancha llena en el estadio de Vélez. Allí estuvieron, además de los jóvenes y los funcionarios radicales, peronistas, socialistas, el ministro de Cultura nicaragüense, Ernesto Cardenal; los militantes de la Federación Juvenil Comunista y artistas de aquel momento como Víctor Heredia, Jairo y Mercedes Sosa. Nadie discutía la diversidad. El objetivo era superador y el triunfo aplastante en aquella elección fue tal vez la última señal de un tiempo que había sido hermoso, pero que se terminaba.

Es cierto que la revolución sandinista había derrocado a la dictadura del cruel Anastasio Somoza. Es cierto que la Argentina y Chile habían atravesado los horrores del terrorismo de Estado de Videla, Massera, y de Pinochet. Todo contribuía a robustecer la idea de que el autoritarismo y la represión venían desde las derechas y que las izquierdas volvían con un aura más reformista y democrático. Pero ese equívoco también se derrumbó en poquito tiempo. Las dictaduras con ropaje progresista se fueron consolidando en el poder muy rápidamente. Hugo Chávez, y después Nicolás Maduro en Venezuela. Daniel y Rosario Ortega en Nicaragua. Personalismo arcaico, corrupción, elecciones fraudulentas, persecución a los homosexuales y opositores presos o exiliados. El mismo camino que iluminaba el faro cubano desde hacía medio siglo.

Por eso, se vuelve incomprensible el silencio frente a la represión de las manifestaciones opositoras en Cuba que hoy exhiben esos dirigentes que se autoperciben progresistas. Algunos ya pasaron los cuarenta años, otros se acercan o se alejan de los sesenta. Crecieron con la imagen de una Cuba victimizada, que sufría el bloqueo del "imperialismo yanky" y que emergía de su pobreza con su digno sistema de salud y una educación sólida pese al adoctrinamiento. Les bastaban esas dos condiciones para justificar la falta de libertades y el remedo de elecciones donde Fidel Castro siempre ganaba con el 99% de los votos.

Esa generación de jóvenes viejos que hoy ocupan despachos en el Gobierno, en las embajadas o en los sindicatos mantienen la misma mirada antigua e insostenible sobre Cuba. Siguen llamando revolución a lo que desde hace mucho tiempo es una tremenda involución social, con hambre, con pandemia y con desaparecidos, que denuncian sus propios habitantes. Siguen escuchando los mismos discos de la vieja trova cuando Lali Espósito, Gente de Zona y los traperos que prefieren sus hijos cambian la consigna chamuscada de “patria o muerte” por las estrofas urgentes de “patria y vida”.

Sobre esa resignación democrática de un segmento generacional en la Argentina cayeron las palabras tristes de Alberto Fernández. “No conozco exactamente la dimensión de lo que está pasando en Cuba”, dijo el Presidente sin que se le moviera un solo músculo de la cara. Un elogio liso y llano de la dictadura cubana no hubiera sido más decadente que esa frase abandonada de todo pudor. Ni todos los viajes de Cristina Kirchner a La Habana le pedían tanto.

Después de la censura, la democracia argentina de los ochenta devolvió al cine la película Bananas, una joya que Woody Allen filmó en 1971. Parodia de la Cuba de los Castro, mostraba al líder revolucionario derrocando al dictador y llegando por fin al poder. Su primera medida era que los habitantes de ese país de ficción se cambiaran la ropa interior a cada hora y vistieran los calzones fuera del pantalón para que la policía pudiera verificarlo. Reíamos todos porque creíamos que esa transformación perversa era otra broma de Woody. Y nos tomó demasiado tiempo descubrir que estábamos equivocados.

Fernando González

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