Domingo, 03 Octubre 2021 07:09

Otro país asoma en noviembre: el Gobierno presume otra dura derrota y la oposición debate cuál será su papel - Por Fernando González

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Pese a los esfuerzos y la hiperactividad de Manzur, el oficialismo vive en un clima de catástrofe. Juntos por el Cambio intenta adecuarse a la situación de favoritos. La incógnita es cómo seguir el día después de la elección.

Nadie lo vio venir. Ni siquiera Cristina, que en la carta demoledora con la que partió el gabinete de Alberto Fernández, aseguró que ella predijo la derrota del peronismo en las PASO. Aunque fueron a la elección con pesimismo, ningún kirchnerista calculó que perderían por cinco puntos en la provincia de Buenos Aires y por diez en todo el país.

El clima de catástrofe domina todavía el ánimo del Frente de Todos. “Estamos quebrados”, reconoce uno de los ministros que intenta sostener el esfuerzo del Jefe de Gabinete, Juan Manzur, por devolverle un poco de entusiasmo a las iniciativas del Gobierno. Pero algo se rompió dentro de la coalición oficialista y no es casualidad que el gobernador tucumano y el resto de los ministros tengan a noviembre como mes límite para todos sus proyectos. Después de las elecciones generales, la Argentina se convertirá en otro país.

“Como Cristóbal Colón en el Puerto de Palos, no sabemos qué hay del otro lado del océano”, explica el funcionario para dar una idea de la incertidumbre que reina en la Casa Rosada. En los pasillos todos se palmean y se abrazan como si estuvieran en un velorio. Y, aunque faltan seis semanas para las legislativas, los presentimientos y las encuestas con intención de voto anticipan resultados negativos.

El sálvese quien pueda del oficialismo tiene estrategias diversas. La Vicepresidenta ya les ha dicho a los suyos que, si se repite otra derrota como la del 12 de septiembre, irá por la desalbertización del gabinete y la radicalización del modelo híbrido que Alberto Fernández simuló en el primer semestre de su gobierno. Ya ha dejado en claro en su carta que quiere reemplazar a Martín Guzmán en el ministerio de Economía, y ahora anotó a los albertistas Gustavo Beliz, Juan Manuel Olmos y al publicista Enrique Albistur como los impulsores de un supuesto pustch para iniciar una ruptura con el kirchnerismo que jamás llegó a materializarse.

Lo cierto es que Cristina sigue furiosa con Alberto y esa tensión se percibió con claridad en el acto que compartieron el jueves en el Salón del Bicentenario. Ella no pronunció una palabra y Fernández expresó conceptos de ocasión. “Para que el desarrollo sea armónico no hace falta que todos digamos lo mismo, que todos pensemos igual”, dijo el Presidente en un momento. Hablaba de la cultura, pero todos entendieron que hablaba de Cristina.

El otro frente de tormenta en el peronismo sucede en la provincia de Buenos Aires. La batalla entre los Barones del Conurbano y La Cámpora ha pasado de ser una guerra de intrigas para convertirse en hostilidades cada vez más públicas. Mariano Roa publicó esta semana en Clarín las llamativas declaraciones del intendente de Escobar, Ariel Sujarchuk. “No hay manera de revertir en noviembre la derrota de las PASO. Hay que tomar conciencia de que la gente se siente cada vez más lejos de las propuestas del Gobierno porque, sencillamente, no las entiende y no ve el rumbo”.

No hay que buscar más contundencia en palabras de ningún opositor porque no la hay. Lo que dijo Sujarchuk, que aclaró que dará la batalla interna dentro del peronismo, es lo que piensan la mayoría de sus colegas municipales. En la misma sintonía, el ministro de Desarrollo Social y jefe comunal con licencia de Hurlingham, Juan Zabaleta, fue de visita hasta Esteban Echeverría para saludar a Fernando Gray, el intendente rebelde que se opuso en soledad a que Máximo Kirchner presidiera el PJ bonaerense. Se fotografiaron en una granja con huevos de gallinas araucanas, que miden casi el doble de los que ponen las gallinas normales.

Podría ser una postal inocente, pero no lo es. Gray promociona su resistencia frente a La Cámpora con distintas imágenes de huevos y, hasta ahora, no había conseguido que ningún otro intendente o algún funcionario del Gobierno aceptara mostrarse con él. Parece que las cosas van cambiando. El chat del hombre que fue funcionario de Chiche Duhalde y Alicia Kirchner estalla de mensajes en estos días.

Son varios los intendentes peronistas que comentan con preocupación cuánto les cuesta penetrar en los barrios más humildes con las boletas del Frente de Todos. “Vamos con la nuestra (la lista de concejales) y con la de Victoria (Tolosa Paz), pero mucha gente se pone a recriminarnos por la situación y entonces les dejamos solo nuestra boleta”, revela uno de ellos. Los candidatos a diputados del oficialismo deberán trabajar mucho para que la marejada en contra del Gobierno no los deje a la intemperie.

Contra esa corriente luchan los nuevos ministros del Gabinete. Manzur intenta cambiar el clima con su hiperactividad y apuesta a aprovechar el lugar que le dieron para construir una imagen nacional que lo proyecte hacia el lejanísimo 2023. Hombre precavido, el tucumano tiene pedido de licencia hasta el 14 de noviembre y chance de renovación para el día después. Tiene luz verde para intentarlo todo y más de 160 mil millones de pesos para inyectarle a una economía rota por la pandemia y la ineficacia.

El otro que se juega una carta importante es el ministro de Agricultura y Ganadería, Julián Domínguez. Se aseguró con el Presidente, y con Cristina, de que no hubiera sorpresas a la hora de convocar a la Mesa de Enlace e intentar una reducción del cepo a las exportaciones de carne. Tuvo un rapto de sinceridad con algunos dirigentes agropecuarios a los que consultó: “Es un tema de negocios para el país, no es un tema ideológico”, les dijo para entusiasmarlos. Pero también les dejó una advertencia inquietante. “No tengo ganas de perder el tiempo; si no avanzamos, me voy”, arriesgó. Otro experimento cuyo resultado se sabrá en noviembre.

Cómo juega la oposición

Mientras el Gobierno busca el modo de revertir el desastre electoral de las PASO, la oposición intenta adecuarse a la situación de favoritos. Sus principales dirigentes tienen un ojo puesto en la fiscalización de las elecciones de noviembre y en compensar el contraataque del peronismo apelando al voto de útil de los otros candidatos. El de los que no llegaron al 1,5% y ya no competirán en esta ocasión, y el que puedan atrapar de competidores como Javier Milei en la Ciudad, o los de José Luis Espert y Florencio Randazzo en la Provincia.

Claro que hay una circunstancia sobre la que los dirigentes de Juntos por el Cambio no se terminan de poner de acuerdo. La pregunta más lacerante es qué hacer el 15 de noviembre ante la alternativa de una derrota igual o peor de contundente para el Gobierno. ¿Mostrarse blandos, y proclives a un acuerdo con el peronismo, o exhibir dureza y que Alberto y Cristina se las arreglen en soledad?

Esta semana María Eugenia Vidal clavó una estaca en la estrategia opositora cuando dijo públicamente que podrían ir por la presidencia de la Cámara de Diputados si los resultados de noviembre volvían a favorecerlos. De inmediato, salieron a apoyarla Patricia Bullrich y Elisa Carrió. La presidenta del PRO siempre está atenta a revalidar sus credenciales de halcona, y la fundadora de la Coalición Cívica ha sido una cuestionadora implacable de Sergio Massa.

Todavía faltan seis semanas para las elecciones, y ponerse a anticipar movidas institucionales de esa envergadura antes de conocer los resultados parece un pecado de precocidad. Si se recurre a los antecedentes, el peronismo tuvo esa posibilidad en 2015 pero prefirió que la presidencia de la Cámara Baja quedara en manos de Emilio Monzó. La cuestión preocupa a Horacio Rodríguez Larreta, quien prefiere concentrarse en asegurar los votos para repetir el resultado de las PASO, y a los dirigentes de la UCR, quienes han sufrido en carne propia la presión del peronismo en las transiciones dramáticas de Raúl Alfonsín y Fernando De la Rúa.

Pero las especulaciones y los cálculos son inevitables en las semanas previas a los comicios. Los llamados y los mensajes de Whatsapp son incesantes entre dirigentes oficialistas y opositores. El horizonte de un diciembre muy complicado, económica e institucionalmente en la Argentina, desvela a todo el circuito del poder. Un poco de racionalidad sería la mejor noticia que la dirigencia pueda ofrecerle a una sociedad agobiada por el coronavirus y por el derrumbe económico.

En esas conversaciones se mezclan términos que asustan a muchos dirigentes. Algunos, opositores, pero también oficialistas, hablan de la posibilidad de un consenso después de noviembre en el que Juntos por el Cambio ayudaría a completar una transición racional hasta el 2023. Otros prefieren atenerse a la formalidad de los mecanismos institucionales. “Que gobiernen Alberto y Cristina y, si se quedan sin votos en el Congreso y no pueden, que llamen a elecciones”, desafían. Demasiado apresuramiento para un país agobiado que este año volverá a superar el 50% de inflación y el 40% de pobreza.

Además, está la dinámica judicial, que preocupa a Cristina y al kirchnerismo, y también a Mauricio Macri. El ex presidente, de visita en los Estados Unidos, se enteró como un juez subrogante a cargo del juzgado de Dolores lo citaba esta semana a indagatoria por una causa de espionaje contra las familias de las víctimas del submarino ARA San Juan. El Gobierno intenta exprimir el argumento de atacar a Macri para tratar de recuperar terreno, pero queda cada vez más claro que ni eso funciona.

El Frente de Todos afrontará una verdadera prueba de fuego para su subsistencia si le vuelve a ir mal en las urnas. Para colmo de males, se habrá gastado en la campaña buena parte de las reservas monetarias en sostener el tipo de cambio y resucitar una economía en agonía. El horizonte solo le muestra que sus principales cinco dirigentes (Alberto, Cristina, Massa, Máximo Kirchner y Axel Kicillof) tienen imágenes negativas por encima del 70%. Un capital político paupérrimo para pensar en el 2023.

Esta semana quedó en evidencia esa orfandad de futuro cuando Manzur se encomendó al salvavidas de la religión. “Que Dios nos ayude”, fue el planteo estratégico del Jefe de Gabinete para hacerle frente a los vientos que arrecian. Hasta los curas de barrio saben de qué se trata. Cuando los feligreses iban a verlos para preguntarles por qué había muerto ese familiar que se estrelló con el auto, ellos siempre respondían: “Dios va arriba acompañándolos, pero se baja del auto cuando el que maneja sube la velocidad a más de cien kilómetros por hora”.

Fernando González

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