Viernes, 29 Octubre 2021 09:30

Un gobierno con un gran pasado por delante - Por Fernando Laborda

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Las motivaciones de la metamorfosis del discurso de Alberto Fernández y de Martín Guzmán ante el FMI, y del retorno de la marchita peronista a los actos del kirchnerismo

Una semana después de que el jefe de Gabinete, Juan Manzur, y el ministro de Economía, Martín Guzmán, trataran de despejar de nubarrones el horizonte de los inversores en la principal plaza financiera del mundo y de llevarles tranquilidad acerca de la real voluntad del gobierno argentino por arribar a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, varios de los principales espadachines del kirchnerismo y hasta el propio presidente de la Nación emitieron todas las señales posibles para contradecir el mensaje que quisieron dar aquellos funcionarios en los Estados Unidos.

Junto a una gran bandera que rezaba “Primero lxs argentinxs. Fuera FMI”, Máximo Kirchner salió durante un acto en Lanús a arremeter contra el organismo financiero internacional, casi al mismo tiempo que Roberto Feletti lanzaba, desde la Secretaría de Comercio, con la venia de Cristina Kirchner, un congelamiento unilateral de precios.

Pero lo peor estaba por venir en la presente semana. El primer acto ocurrió cuando, de golpe, Guzmán pareció travestirse y pasó a convertirse en un antiimperialista de la primera hora que rezonga contra los empresarios y los organismos de crédito internacionales. Detrás de su llamativo camaleonismo pareció verse una demostración de su escaso poder político dentro del oficialismo que lo forzó a alinearse con el mensaje cuyas líneas baja la vicepresidenta, más que el pensamiento íntimo del titular del Palacio de Hacienda.

El segundo acto mostró, el miércoles último en el estadio de Deportivo Morón, al presidente Alberto Fernández despotricando contra el FMI con un mensaje cercano a los discursos de barricada propios de las agrupaciones izquierdistas, bien diferenciado del que el propio primer mandatario intentó transmitirle a un grupo de empresarios con quienes se había reunido el 12 de octubre en la Casa Rosada.

Durante ese acto público, que coincidió con el aniversario de la muerte de Néstor Kirchner, el Presidente expresó que “si todavía no cerramos un acuerdo con el FMI es porque no nos vamos a arrodillar” y se pronunció en contra de “un acuerdo rápido a cualquier precio” con el organismo de crédito.

Tras estas expresiones presidenciales, los bonos argentinos profundizaron su caída, alcanzando rendimientos astronómicos de hasta el 21% anual en dólares, al tiempo que el riesgo país, según la medición de JP Morgan, trepó hasta los 1680 puntos, casi 600 puntos básicos por encima del valor que registró tras la reestructuración de la deuda de septiembre de 2020. Se trata de valores según los cuales los inversores descuentan un nuevo default del Estado argentino.

Para colmo, el exdirector del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI durante el gobierno de Mauricio Macri, Alejandro Werner, involucrado en la negociación que concluyó con la aprobación del crédito stand by a la Argentina por unos 57 mil millones de dólares, de los cuales llegaron al país unos 44.000 millones, formuló declaraciones explosivas. Advirtió que un nuevo acuerdo entre la Argentina y el Fondo será, a lo sumo, “una curita temporal” que “retrasará la corrida bancaria por cuatro meses”. Hizo evidente, así, un temor del que pocos economistas hablan públicamente: una nueva corrida bancaria.

La “izquierdización” del mensaje de Alberto Fernández y Guzmán puede entenderse en clave electoral. Desesperado por recuperar parte de los votos que perdió en las PASO de septiembre respecto de las elecciones generales de 2019, el oficialismo viene actuando en los últimos días en función de un temor: el de perder más sufragios a manos del trotskismo, representado por el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT). Esa inquietud está especialmente presente en el conurbano bonaerense y explica en parte la dureza verbal exhibida últimamente frente al FMI.

Claro que, al margen de cualquier estratagema electoral, hay en el cristinismo algunas razones para dudar de los beneficios de acuerdo con el Fondo Monetario. Es probable que los negociadores del organismo financiero recomienden una suba de tarifas para limitar el crecimiento de los subsidios del Estado a las empresas de servicios públicos. Un criterio que Cristina Kirchner no está dispuesta a convalidar.

Del mismo modo, dirigentes del kirchnerismo, que no son ingenuos, aunque lo parezcan, saben que un entendimiento con el FMI no es garantía de que, de la noche a la mañana, la Argentina pueda atraer inversiones productivas que quiten presión sobre el mercado cambiario y hagan que nos olvidemos de la inflación. Para que esto suceda, saben que haría falta otro gobierno, dado que el actual no provoca entusiasmo ni confianza en inversor alguno.

Entre esas creencias donde desborda el pesimismo frente a un eventual acuerdo con el Fondo y los miedos a una disparada del dólar y la inflación o incluso a un estallido social, que anidan en quienes advierten sobre las consecuencias de seguir demorando indefinidamente un arreglo con el FMI, se debate hoy el oficialismo.

Mientras tanto, el Gobierno busca votos a toda costa y para eso recurre a desesperadas decisiones que puedan mejorar como sea el ingreso de bolsillo de la gente. Así, el Senado sancionó la ley de alivio fiscal , por la cual se condonan totalmente deudas de clubes barriales, cuarteles de bomberos, bibliotecas populares, cooperativas de trabajo, microempresas y pequeños contribuyentes que no superen los 100.000 pesos en materia tributaria, aduanera y de seguridad social. Del mismo modo, la Cámara alta dio media sanción a la suba del mínimo no imponible de Bienes Personales, elevándolo de los actuales 2 millones de pesos a 6 millones, y exceptuando de este impuesto a los inmuebles destinados a casa/habitación que no superen los 30 millones de pesos (hasta ahora ese tope es de 18 millones).

El plan electoral del Frente de Todos se combina con gestos políticos como los vistos en el acto de Morón, donde sonó la marchita peronista de la que, tradicionalmente, habían renegado el kirchnerismo y la propia vicepresidenta de la Nación. Podría ser un puente hacia sus orígenes, tendiente a retener o recuperar a un segmento de sus votantes. Y si abundan las dudas sobre el futuro de la coalición gobernante después del 14 de noviembre, al menos puede demostrar que, como reflexionó alguna vez Jorge Luis Borges, el peronismo sigue teniendo un gran pasado por delante.

Fernando Laborda

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