Viernes, 10 Diciembre 2021 09:30

La más hermosa lección de Esteban Bullrich - Por Fernando González

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Se despidió del Senado con un conmovedor desafío a la dirigencia. “Ya probamos con la grieta y acá estamos”, advirtió. 

La Argentina, ese país campeón del mundo en desperdiciar oportunidades, acaba de tener una nueva oportunidad. Se la regaló Esteban Bullrich, un hombre quebrado por ese demonio degenerativo que es la esclerosis lateral amiotrófica. Caminó cómo pudo hasta el Senado y habló apenas sostenido por la mano de su esposa, María Eugenia Sequeiros. Estalló en llanto varias veces durante el discurso y renunció a su banca “con profunda tristeza”. No solo desafió a la muerte. También desafió a la dirigencia a construir un país diferente sobre las bases del diálogo y del consenso generoso. 

“Ya probamos con la grieta y acá estamos”, les dijo Bullrich a los senadores, en esa voz metálica que le permite comunicarse a través de un dispositivo tecnológico. Y no se amilanó a la hora de describir ese cómo estamos. Los números de pobreza, la falta de desarrollo, los jóvenes que se van, la catástrofe educativa y la continua y prolongada postergación de todos nuestros sueños. “Producida por un estancamiento del que somos culpables los políticos y no los argentinos”, distinguió. Nadie respiraba en el Senado.

Allí estaban precisamente los máximos exponentes de la grieta, empezando por Cristina Kirchner, quien se acercó a Bullrich en los últimos meses conmovida como tantos. Pero que en el Senado sobre actuó una frialdad administrativa e innecesaria. Claro que el senador enfermo no habló únicamente para criticar a quienes están en la vereda política de enfrente.

“Todos hemos sido culpables de gobernar con tapones en los oídos; nosotros también”, martilló, para que lo escucharan su amigo Mauricio Macri, Rodríguez Larreta, Patricia Bullrich, Morales, Cornejo, Lousteau y Elisa Carrió. Participantes todos de un gobierno que desperdició una gestión de cuatro años y de un remolino de confrontación interna salvaje que no encuentra sosiego siquiera con la victoria electoral reciente que consolidó su poder en el Congreso.

Quizás haya sido el temple invencible de su mujer. Quizás haya sido la energía de sus cinco hijos, tristes pero valientes en el balcón del Senado. Lo cierto es que Esteban Bullrich no eligió términos académicos para plantear cada reclamo a sus colegas antes de abandonar su banca.

“Si nos quedamos en el egoísmo, en la chiquita, lo táctico y la especulación vamos a errar el camino”, los iluminó. Y les recordó después a Albert Einstein, cuando el científico aconsejaba no utilizar siempre los mismos métodos si se quería lograr alguna vez un resultado distinto.

En su torrente de palabras, Bullrich citó a Churchill. Y enseguida optó por otro británico, pero más popular. “Se que soy un soñador, pero no soy el único”, evocó a John Lennon para imaginar él también una sociedad mejor. En esta batalla, Esteban no abandonó siquiera el sentido del humor. El domingo, en el Abierto de Polo de Palermo, llegó con una remera que decía “no estoy borracho; tengo ELA”, para advertir sobre su enfermedad a los desprevenidos que no saben cómo castiga al habla, al caminar, a la ingestión de comida y a la respiración.

Hace 45 años, hubo una advertencia parecida a la de Bullrich. Tres días después de la muerte de Juan Domingo Perón, Ricardo Balbín fue a homenajearlo al Congreso con un discurso conmovedor y la frase que se volvería histórica. “Este viejo adversario viene a despedir a un amigo”. Hubo aplausos y hubo lágrimas para el caudillo radical. Pero faltó el aprendizaje. La Argentina se precipitó de inmediato a un subsuelo de disputas, de violencia y de muerte.

Ahora es Esteban Bullrich, agobiado por el mismo mal que acabó con Roberto Fontanarrosa y con Stephen Hawking, el que viene a gritarnos que la Argentina se desvanece sin que hagamos lo suficiente para revivirla. “Dios tiene otros planes para mí”, nos dijo el jueves, dejando en claro cómo quiere vivir el resto de su vida. De todos nosotros depende si queremos aprender la hermosa lección que nos está dejando. O si insistimos en descender, sordos y enamorados para siempre del fracaso.

Fernando González

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