Domingo, 06 Febrero 2022 09:03

El Frente de Todos contra todos y esta semana estalla la “interna espiritual” de Cambiemos - Por Fernando González

Escrito por

La renuncia de Máximo Kirchner a la presidencia del bloque oficialista es una bomba de tiempo para el Gobierno. La coalición opositora se reúne el jueves para definir qué hacer en el Congreso ante el acuerdo con el FMI. 

Los argentinos ya conocemos los síntomas. De tanto en tanto, el país entra en un torbellino que atrapa a la mayoría de sus dirigentes. Y la confrontación los desliza por un sumidero que termina en una nueva crisis. Este parece ser otro de esos momentos. Que falten menos de dos años para las elecciones presidenciales despierta los peores instintos entre quienes deberían estar pariendo soluciones para escapar de la decadencia. Y todo sucede a plena luz del día. 

Al comienzo de la semana, Máximo Kirchner renunció a la presidencia del bloque de Diputados del Frente de Todos. Una bomba de tiempo arrojada en el centro de la coalición de gobierno llamada Frente de Todos. Justo cuando Alberto Fernández pretendía celebrar el entendimiento con el Fondo Monetario Internacional, y partir a Rusia y a China para salir un poco de la tormenta permanente que envuelve al peronismo.

El silencio de Cristina Kirchner no hace más que darle la razón a los movimientos de su hijo. Máximo le echó nafta a las negociaciones con el FMI y, como se ha dicho ya en TN, agrupa a sus fuerzas en el territorio bonaerense y consolida el vínculo con los intendentes del conurbano con la idea de lanzarse a la gobernación si el escenario nacional sigue tan complicado para ellos como se comprobó en las elecciones del año pasado.

La aparición de cocaína adulterada en el conurbano bonaerense no solo conmueve a la Argentina y muestra uno de los aspectos más lacerantes del distrito que gobierna Axel Kicillof. También puso al descubierto la disputa encarnizada que protagonizan Aníbal Fernández y Sergio Berni, dos funcionarios de altísimo perfil que esta semana dejaron en evidencia que el Frente de Todos se ha convertido en el Frente de Todos contra todos.

Un buen bálsamo de la dispersión en el peronismo sería que las cosas estuvieran más tranquilas en la oposición. Pero la Argentina tampoco puede contar, por ahora, con esa bendición. El jueves próximo, los veinte dirigentes que integran la cúpula de Juntos por el Cambio se reunirán en un salón de eventos llamado La Escondida. En Vicente López, muy cerca del río y no tan lejos de la Quinta de Olivos, para celebrar lo que a varios de los protagonistas les gusta definir como un “retiro espiritual”.

Pero de espiritual va a tener poco el encuentro. La idea es juntarse para saldar las muchas diferencias que persisten en la gran coalición sobre cómo posicionarse frente al Gobierno. La discusión central no tiene firuletes académicos. “¿Le damos a no el quórum para tratar el acuerdo con el FMI en el Congreso?”, es la pregunta que todos deberán responder. Así de simple.

Todos, desde Mauricio Macri a Lilita Carrió, coinciden en que no van a aceptar el papel de responsables de la deuda que les quiere prender en el pecho el Gobierno como una escarapela de discriminación. El problema surge cuando se va a los detalles de la estrategia parlamentaria. El expresidente y Patricia Bullrich encabezan la línea de no darles el quórum para iniciar la sesión. “Que se los consigan ellos y Máximo pague el costo político”, dicen. El resto tiene más dudas. Sobre todos los gobernadores.

Gerardo Morales es quien plantea la cuestión de la responsabilidad institucional que debe tener la oposición en este momento. Lo secundan el correntino Gustavo Valdés y, algo menos convencido, el mendocino Rodolfo Suárez. Pero los tres sopesan también la interna opositora y cuentan los porotos para la definición de las candidaturas con vistas al 2023.

Desde el año pasado, el jujeño Morales mantiene diálogos frecuentes con Bullrich, a quien imagina en una fórmula presidencial conjunta para competir con Horacio Rodríguez Larreta. Pero esta semana, los escarceos de romance político volaron por los aires cuando la exministra de seguridad pidió que el Gobierno derogue la ley del acuerdo con el Fondo si no tiene el quórum ni los votos suficientes para avalarla en el Congreso.

“Pero ¿vos quién te crees que sos?”, se enojó el gobernador en el Zoom semanal de la conducción cambiemita. “Nos querés llevar como burro para Bolivia…”, completó, con un giro norteño que los porteños de la mesa no entendieron demasiado. Son animales porfiados que se resisten a cruzar la frontera cuando los llevan y los lugareños tienen que pegarles lonjazos para convencerlos.

La idea de derogar la ley que planteó Patricia es compartida por Macri y tiene una explicación bastante simple. El expresidente, cuando le estalló la crisis financiera internacional en 2018, apeló de urgencia a un préstamo stand by del FMI por u$s 45.000 millones, pero nunca lo sometió a la aprobación del Parlamento. Si el Gobierno actual tuviera que derogar la ley enviada, las acusaciones al macrismo perderían totalmente el sustento.

A Rodríguez Larreta también lo preocupan las consecuencias políticas e institucionales de lo que haga Juntos por el Cambio en el Congreso. El jefe de Gobierno evalúa los costos y los beneficios de facilitarle el camino al Frente de Todos o, directamente, de cerrarle la puerta de entrada negándoles el quórum.

Este sábado, quien fue ministro de Economía de Macri y de María Eugenia Vidal, el economista Hernán Lacunza, desplegó una frase que refleja el espíritu que impera en la mayoría de los dirigentes de Juntos por el Cambio respecto de avalar el proyecto de ley. “Difícil que podamos expresar una opinión sobre una hoja en blanco, porque es lo único que tenemos del supuesto entendimiento del Gobierno con el FMI”, dijo en declaraciones a CNN Radio. A buen entendedor, pocas palabras.

Hace dos meses, el expresidente de España Mariano Rajoy publicó un libro al que llamó “Política para adultos”. Y generó una polémica que atraviesa el planeta. En esas páginas critica el fenómeno de los gobiernos populistas y la ofensiva de estos contra las democracias, sean de izquierda (como el chavismo en Venezuela) o de derecha (como el Donald Trump en EE.UU.).

“La política debiera aportar certidumbre, sobre todo en los momentos de zozobra”, señala Rajoy, que tuvo momentos buenos y otros erráticos como gobernante. Pero sus observaciones le apuntan a una herida que también lastima a nuestro país.

“La política para adultos es una política capaz de ver más allá del próximo cuarto de hora, que sabe expresarse más allá de un tuit, que se basa en la racionalidad y no en las puras emociones. Y que puede servir para que los adversarios se entiendan cuando el interés del país así lo exige”. Rajoy habla del mundo en general, pero da la sensación de estar hablando de la Argentina.

Para dar una idea de la profundidad de la crisis argentina basta con citar los números de la inflación (51,8% en 2021, tal vez más este año), lo que queda de las reservas líquidas netas del Banco Central (menos de u$s 3.000 millones con un pago al FMI de u$s 2.800 para el 22 de marzo), o las cifras de la pobreza (45% de la sociedad, sin contar a los diez millones de pobres que reciben planes sociales). Esta multiplicación de subsidios quizás sea la única explicación de por qué no hay estallidos sociales.

Pero, en esta última semana, hubo dos tragedias que marcaron el nuevo subsuelo al que está descendiendo la Argentina. Sicarios asesinaron a balazos a un hombre, a una beba de un año y quemaron a una mujer. Los tres salían de un casamiento en las afueras de Rosario, de una pareja con antecedentes de narcotráfico. Días después, 24 personas murieron por ingerir cocaína envenenada en un barrio humilde de Tres de Febrero.

Son hechos escalofriantes que, desde hace años, se suceden con frecuencia inaudita en países como México o Venezuela, en algunas zonas de Brasil y en muchas regiones de Centroamérica. Tragedias que aparecían alejadas de la Argentina, considerada hasta un tiempo bajo el mote tranquilizador de “país de tránsito”.

Pero la fotografía argentina se deteriora a velocidad increíble. En Rosario, el conurbano bonaerense y en la mayoría de las provincias argentinas, la violencia impune mezclada con la venta de drogas empuja al país a convertirse en lo que jamás creímos que podría suceder: un narcoestado. Es decir, donde la ley de los traficantes reemplaza en los barrios más pobres al poder de la Policía, de los jueces y de cualquier rastro legal de gobierno.

Fernando González

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…