Domingo, 20 Febrero 2022 07:22

El portazo de Rambo - Por Roberto García

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Volátil como los mercados, Sergio Berni anunció primero que se alejaba del kirchnerismo. Como se siente heredero no deseado de Cristina, quien considera imperdonable un incidente físico que tuvo con su hijo Máximo, sostuvo el jefe de los policías: “Es hora de cortar el cordón umbilical”. Médico al fin para explicar sus acciones políticas.

Anoche era difícil que Berni apareciera en el cumpleaños 69 de la dama, en el esplendor de la tercera edad, celebración fugaz por sus sufrimientos familiares. Quizás en la ocasión ella vulnere su prolongado silencio: abundancia de testigos para ese evento. Además de Berni, parece que tampoco habían invitado al Presidente Fernández. Metafóricamente, el uno y la dos duermen en camitas separadas, nada para festejar juntos, al revés del año pasado. 

Una muestra de la fiereza entre ambos se advirtió en una reunión que compartieron adláteres de ambos equipos, el vástago heredero y Victoria Tolosa Paz, la legisladora bonaerense que no olvida el desprecio público de la viuda con ella durante la campaña.      

Dijo la mujer de Pepe Albistur: “Oponerse al acuerdo con el FMI es complicar al Gobierno, hacerle daño.” Un dardo con destino cierto ya que, un rato antes, el hijo de Cristina había señalado que el entendimiento con el FMI significaba la derrota electoral para el 2023, una especulación mezquina al tratar el problema de la deuda como una cuestión personal más que nacional. Se molesta por la suba de tarifas, como la madre, pero nada dice de las expensas: pagar cinco días de luz equivale a treinta de ese rubro.

También se preocupa por los jubilados, no pueden pagar el incremento, aunque no sabe cómo hacen para solventar el cable. Igual, sobre el nuevo programa, casi nadie habla ni se responsabiliza sobre lo que puede ocurrir con el organismo internacional, interesan otras efectividades. Por ejemplo, Máximo cerró una asociación con Martín Insaurralde para integrarse como binomio titular del PJ en la provincia de Buenos Aires mientras los intendentes, que a fines de marzo serán los titulares distritales del partido, avalaron la movida. Hay que asegurar el futuro de la familia, a menos que la Corte un día les depare una sorpresa.  

Cumbre Berni-Pichetto. Volviendo a Berni, el asombro por su deserción del kirchnerismo se extingue ante un segundo episodio no divulgado: la discreta reunión que mantuvo con Miguel Pichetto, en busca de otro bebedero de la política (aun en crisis, Berni igual viajó a Corrientes antes que los responsables oficiales y el propio Fernández, quien lo hará ahora luego de recorrer playas tratando de atajar penales como si fuera el arquero de Argentinos Juniors). Pichetto y Berni provienen del mismo tronco peronista y conversaron para establecerse como pareja: uno pensando en la presidencial del 23, quizás como número dos de Patricia Bullrich y el otro, flamante destetado, aspirando a la gobernación bonaerense en el mismo año.

Singular apareamiento: ambos protegieron a la actual vice en sus momentos más difíciles, cuando el ex senador impidió que le quitaran los fueros para juzgarla e ir presa, Berni para aliviarle la presión en el caso de la muerte del ex fiscal Nisman. Ahora parecen dispuestos a coincidir en la extraditación política de Cristina junto a su núcleo de La Cámpora, están en las antípodas y consideran que se roban el peronismo (lo que vendría a ser un oxímoron para los opositores más encarnizados).        

También pueden participar en una comunidad opositora fundada en la línea dura, calificación que suelen endosarle a quienes proponen combatir el delito con mayor energía. A los dos parece, además, amigarlos una misma causa: la confrontación con los grupos que ocupan territorio en el Sur, alegando un discutible origen mapuche, que llegó hasta el desalojo de una unidad de formación del Ejército. Como se sabe, los militares apelaron ante la Justicia –lo que no hace habitualmente el Gobierno– y lograron contener ese avance que observa características similares a cuando, en los 70, la guerrilla rural tomaba territorios ajenos y los denominaba propios. Por supuesto, entonces, había más tiros que ahora, aunque el proceso de ocupación se amplía, las organizaciones se desarrollan y hasta disponen de un prófugo de la Justicia chilena, como caudillo reivindicador, Jonás Huala.      

Estos episodios, en los cuales el oficialismo hace la vista gorda –o los facilita– recuerda que después del golpe del 76, las organizaciones armadas se presentaban en organismos internacionales (Ginebra, por ejemplo) afirmando que disponían de una tierra independiente en Tucumán, en busca de su emancipación de la Argentina, una lucha armada cuyos combatientes capturados debían considerarse “prisioneros de guerra”.

También en esos mismos foros del exterior, el gobierno militar enviaba delegados para decir lo contrario: no se vivía una guerra, los detenidos no merecían ese tratamiento castrense y, por supuesto, los territorios ocupados no eran independientes.

Con el curso de los años, suprimidos los focos guerrilleros en Tucumán, las organizaciones armadas y los militares variaron en sus fundamentos. Para la guerrilla sofocada, no hubo guerra sino una cacería de militantes. Mientras que, para los militares, había existido una guerra por la cantidad de víctimas, atentados y nucleamiento bélico. Parte del cinismo de las dos partes que ahora reaparece en el Sur.

Roberto García

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