Domingo, 27 Febrero 2022 06:38

Alberto Fernández y Cristina Kirchner arrastran a la Argentina a la pesadilla soviética - Por Fernando González

Escrito por

En plena negociación con el FMI, el Presidente siguió con displicencia los amagues de Rusia sin sospechar que sus tanques ya se dirigían hacia Ucrania. La vicepresidenta se mantiene en silencio, mientras sus simpatizantes se dedican en estas horas a respaldar a Moscú. 

No lo sabíamos, pero el Mundial de Fútbol de 2018 fue la última fotografía de Rusia bañándose en las aguas de la democracia y el capitalismo. Los cien mil turistas que visitaron sus ciudades comían en McDonald’s, compraban zapatillas en Adidas o en Nike, alimentos en el supermercado francés Auchan o adornos en el insuperable centro de diseño sueco de IKEA. Las calles de Moscú eran una fiesta y el mundo comprobaba como, dos décadas después de la caída del Muro de Berlín, los rusos se sumaban al paraíso digital, a las maravillas del entertainment y a la conectividad amigable de internet y de las redes sociales. 

Es cierto que había señales siniestras de advertencia. La invasión de la península de Crimea en 2010. Las demostraciones militares en Donnets y en Lugansk cuatro años después. Los empresarios desobedientes envenenados. La persecución despiadada a los dirigentes opositores y a los homosexuales. Pero EE.UU. y Europa, confiados en sus burbujas de prosperidad, las dejaron pasar.

Era mejor contar con un líder fuerte como Vladimir Putin. Que mostrara en cueros sus destrezas deportivas y se fotografiara sonriendo junto a Donald Trump. A ese cachorro de dictador fascista preferían perdonarle sus bravatas, su pasado de espía y sus trampas constitucionales, con las que se compraba la chance de seguir en el poder hasta 2036, cuando cumpliera 84 años.

Como no podía ser de otra manera, la seducción de Putin logró una victoria fácil en la Argentina. Con esa fascinación que los caudillos despóticos ejercen sobre algunos peronistas, Cristina Kirchner se rindió desde el primer encuentro. El ruso la llamó en 2010, para agradecerle su postura cuando se apoderó de Crimea. Y la invitó después a Moscú, en abril de 2015, cuando Cristina empezaba a transitar sus últimos meses en la Casa Rosada. Ya con la pandemia de coronavirus en plena expansión, la vicepresidenta movió todos los hilos del Gobierno para que la vacuna rusa Sputnik se convirtiera en la victoria biológica que la Madre Rusia iba a tener sobre el mundo occidental contagiado por el virus.

Esa anteojera ideológica del kirchnerismo hizo que Alberto Fernández cometiera el peor error (al menos hasta ahora) de su gestión presidencial. Bastardeó el acuerdo con los fabricantes estadounidenses de la vacuna Pfizer para privilegiar el contrato con la rusa Sputnik, llegando a ofrecer a la Argentina como un promotor regional del medicamento en América Latina.

Los retrasos en la distribución de la Sputnik, sobre todo en los de la segunda dosis, dejaron al Gobierno y a la Argentina a la intemperie en materia sanitaria. Debieron salir de apuro a contratar a otros laboratorios, incluyendo a la imperialista Pfizer, para compensar la falta de vacunación. Nadie sabe cuántas muertes de argentinos de las 126.000 registradas se hubieran podido evitar de haber actuado con un poco de sensatez. Sí se sabe que la imagen negativa de Alberto Fernández y de Cristina Kirchner en todas las encuestas jamás volvió a bajar del 70%.

En estos dos años, el Presidente alardeó de sus vínculos internacionales con mandatarios o dirigentes latinoamericanos que, en realidad, por afinidad ideológica se sienten más cómodos con Cristina. Exageró la fantasía progresista en sus apariciones con el mexicano Andrés Manuel López Obrador, el brasileño Lula da Silva o el boliviano Evo Morales. Pero todos ellos advirtieron el ADN ancestral de Alberto Fernández cuando, delante de un azorado español Pedro Sánchez, pronunció la frase que quedaría para la historia breve: “Los argentinos bajamos de los barcos”.

Claro que todas esas imposturas empequeñecen al lado del encuentro que tuvo en Moscú el demasiado cercano 3 de febrero con Vladimir Putin. Un demasiado sonriente Alberto escuchó el anecdotario guerrero del ruso y, no contento con eso, maximizó los elogios ofreciéndole a su anfitrión que la Argentina sea “una puerta de entrada para Rusia en América Latina”.

El link con la frase corrió de teléfono en teléfono entre los burócratas de Washington que escuchaban al ministro Martín Guzmán pidiéndoles una extensión del crédito que la Argentina no tiene con qué pagarles. En esas seis horas en el Kremlin, jamás llegó a sospechar que los tanques rusos ya se dirigían hacia Ucrania.

“Ni Alberto ni Bolsonaro tienen idea del daño que le provocaron a sus gobiernos visitando a un presidente que se disponía a lanzar una guerra en Europa”, explica un diplomático que conoce como pocos los resortes del poder en EE.UU. y en el Viejo Continente. Al menos el brasileño se ahorró en su visita a Moscú los elogios desmesurados para Putin, pero en la diplomacia profesional de Itamaraty trabajan a brazo partido para restañar las heridas.

El Gobierno argentino había seguido con su habitual displicencia los amagues de conflicto entre Rusia y Ucrania de los últimos días. La Cancillería, que conduce Santiago Cafiero bajo la mirada atenta de Cristina, enhebró algunas declaraciones tibias que llamaban “a las partes” a sentarse a negociar. Como si se tratara de una discusión entre propietarios e inquilinos quisquillosos.

Pero los misiles y cañonazos que empezaron a atronar en la madrugada del 24 de febrero despabilaron a los funcionarios. La tibieza de Alberto Fernández y el esfuerzo por no mencionar a Rusia, y mucho menos la palabra maldita invasión, debió ser reemplazada por una respuesta más realista. Primero fue un comunicado de la Cancillería, que leyó la portavoz Gabriela Cerruti, y horas después un tuit reparador del propio Presidente.

Ni siquiera eso alcanzó. En esas horas de tensión, el encargado de Negocios de Ucrania, Sergiy Nebrat, explotaba y lo hacía saber públicamente. “No estamos conformes con la respuesta de la Argentina; queremos pedir sanciones a Rusia que dependan del Ministerio de Economía”, reclamaba el ucraniano, que no pudo ser recibido por Cafiero. Un mensaje correcto en términos de burocracia diplomática e incomprensible en términos políticos.

Ahora que arrecia la ofensiva rusa y se pelea en Kiev casa por casa, el gabinete de Joe Biden y los mandatarios de la Unión Europea observan con microscopio quiénes son los gobiernos que apoyan a Putin, convertido en la bestia negra de este siglo. Por eso, solo la falta de liderazgo interno explica que la Argentina haya optado por la abstención a la hora de condenar a invasión rusa a Ucrania por “ilegal, injustificada y no provocada”.

Es cierto que, pese a los 24 países americanos que aprobaron la condena, hubo cuatro que acompañaron a la Argentina en la abstención. Brasil, Uruguay, Bolivia y Nicaragua. Pero ninguno de ellos debe acordar la extensión de un préstamo con el FMI y pagar u$s 2.800 millones para no caer en default el 22 de marzo.

El más significativo de los gestos, de todos modos, sigue siendo el silencio de Cristina Kirchner. No hay ataques a civiles ni muertos que parezcan suficientes. Muchos de sus simpatizantes se dedican en estas horas a respaldar a Rusia y a justificar la ofensiva de Putin sobre las poblaciones ucranianas en el juego de guerra de las redes sociales. Pero la vicepresidenta hizo de sus vínculos con los rusos y China sus dos baluartes de una estrategia personal que Alberto Fernández no puede, no quiere o no sabe equilibrar.

Vladimir Putin, y toda Rusia detrás suyo, ha iniciado un violento regreso a los días de la pesadilla soviética. Cuando mandaban el poderío militar de la Guerra Fría, la tiranía de los aparatos partidarios y las purgas para los disidentes en el archipiélago de Gulag. El futuro es sombrío y solo cabe esperar el equilibrio del terror o la desgracia de una guerra extendida a nivel global.

El miércoles 23, mientras jugaban por la Champions League el Atlético de Madrid frente al Manchester United en el estadio Wanda Metropolitano, la publicidad luminosa que rodea la cancha solo exhibía un nombre: Gazprom. El gigante energético ruso que financiaba la fiesta europea del fútbol y que iba a pagar también los gastos de la finalísima de mayo en San Petersburgo.

Todo eso ahora está volando por los aires. La Rusia soviética de Putin se quedó sin final de Champions y es probable que los empresarios rusos que lavaban dinero en los poderosos clubes del fútbol europeo ya no puedan volver a sus mansiones en las ciudades tan lejanas a Moscú. El viernes, en el cartel luminoso del Wanda, ya no figuraba Gazprom. La pantalla tenía los colores azul y amarillo de la bandera de Ucrania y se leía una sola frase: “No a la guerra”.

Fernando González

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…