Lunes, 28 Febrero 2022 07:41

El FMI, Corrientes y Rusia: un gobierno rodeado de incendios - Por Sergio Crivelli

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El conflicto entre el presidente y la vice trabó el cierre de la negociación con el Fondo. La inoperancia enredó a Fernández en la tragedia correntina. Una política exterior extraviada. 

Semana a semana Alberto Fernández suma problemas a los que no encuentra respuesta. Los tiene viejos y nuevos, pero sigue sin resolver uno solo. En el mejor de los casos, los aplaza. 

El del acuerdo con el FMI para evitar la cesación de pagos lo arrastra desde que asumió. Más de dos años, al borde del default no tuvo más remedio que aceptar un entendimiento, pero quedó entre dos fuegos: el de Cristina Kirchner y el de las exigencias de ajuste del organismo.

La vice tiene poder de fuego parlamentario y amenaza con el rechazo. Hizo renunciar a su hijo a la presidencia del bloque de diputados y mandó a sus senadores a criticar al presidente desde el anonimato. Pero dinamitar el acuerdo abriría un proceso turbulento de final incierto. Por eso el tironeo por los medios a las puertas del Carnaval suena a mascarada.

El origen del conflicto reside en las distintas perspectivas de futuro que tienen la vice y el presidente. La primera quiere seguir controlando su porción del conurbano; el segundo se conforma con que no se le incendie el mandato. Sabe que su paso por el poder es una aventura efímera.

Todo el oficialismo coincide en que la suba de tarifas, la baja del gasto público y la de la emisión que exige el FMI son veneno electoral para el partido de gobierno. Hasta admiten que la próxima presidencial está perdida. Temen el castigo de la clase media.

En este marco apoyar a Fernández no tiene sentido para la vice. Sí lo tiene para los gobernadores, sindicalistas, intendentes, etcétera, que dependen de su financiamiento. Por eso no está aislado todavía.

En el entorno del presidente crece al mismo tiempo una inquietud: la de la gobernabilidad. Temen que el recorte de subsidios genere conflictos en la calle y el torniquete monetario, una fuerte recesión. Se preguntan cómo sobrevivir a esta combinación de desgracias.

Lo que sigue sin inquietar al gobierno es en cambio la falta de gestión, a pesar de su costo político, como ocurrió con el megaincendio de Corrientes. El responsable del área, Juan Cabandié, un ex camporista ahora protegido del presidente, terminó en el centro de las críticas por la inacción estatal, a pesar de que la responsabilidad en el problema es compartida con el gobierno provincial.

En el Senado fue sentado en el banquillo de los acusados y vapuleado en consecuencia, lo que tuvo su lógica política. Lo que no la tuvo, en cambio, fue la actitud del oficialismo que no lo defendió, poniendo en evidencia la grieta que hoy divide al Frente de Todos.

Si bien demoró en mostrarse públicamente involucrado en la cuestión, el pecado del funcionario fue no detectar que el reparto de culpas ya no funciona para el kirchnerismo. Intentó responsabilizar a la provincia, a la justicia, al gobierno correntino y hasta el Congreso de la catástrofe cuando hubiera sido más eficaz reconocer que el siniestro era casi imposible de manejar por su magnitud; que como en muchas otras partes del mundo la única que pone fin a este tipo de tragedias es la naturaleza, restituyendo la lluvia cuya falta abrió la puerta del desastre. Pero como todo buen kirchnerista insistió en transferir responsabilidades. Resultado: terminó vapuleado por la oposición y mal parado ante la opinión pública.

No sólo le faltó oficio de bombero; también cintura política. Subestimó a una oposición por lo general timorata que lo convirtió en el perfecto chivo expiatorio.

Por último, el presidente recibió una lluvia, pero de críticas, por un conflicto lejano sobre el que no tiene injerencia alguna: la invasión rusa de Ucrania. En este caso la indigencia de la política exterior es compartida con la vice y casi todo el oficialismo.

En su larga tradición “tercerista” el peronismo se ha caracterizado por su total ineptitud para anticipar el futuro y por su elección infalible del bando perdedor. Desde su fundador, que creyó que habría una tercera guerra mundial y apostó por el fascismo después de la derrota del fascismo, hasta el kirchnerismo que eligió como compañeros de ruta a venezolanos, chinos, rusos y a cualquier otra tiranía disponible.

Fiel a esa tradición, Alberto Fernández se paseó por Moscú elogiando a quien se preparaba a atacar a un país vecino contraviniendo todas las normas de convivencia internacional. Lo hizo en el momento más inoportuno y sin otra causa aparente que la confusión mental.

No sólo no tiene un plan económico, ni poder suficiente para negociar la deuda; no sólo reacciona tarde ante emergencias; el eje de su política exterior son una ideología caduca, la falta de pragmatismo, la frivolidad y el extravío. Con esas herramientas era difícil no recibiese alguna esquirla de una guerra librada a más 13 mil kilómetros de distancia.

Sergio Crivelli
Twitter: @CrivelliSergio

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