Miércoles, 02 Marzo 2022 08:15

El Presidente sin rumbo en el país quebrado - Por Fernando González

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Ante el Congreso, brindó un discurso sin autocrítica y con contradicciones. Lo confeccionó sólo para agradar a Cristina y Máximo Kirchner. 

¿Cuándo se jodió la Argentina? Hay muchas respuestas posibles para la pregunta que Mario Vargas Llosa se hizo sobre el Perú en aquella gran novela Conversación en la Catedral. Fue un texto obligado del siglo pasado que llevó a hacerse la misma pregunta existencial en tantos otros países latinoamericanos. 

Este martes, mientras Alberto Fernández leía tembloroso un discurso paupérrimo, de vuelo bajo y confeccionado solo para agradar a Cristina y al ausente Máximo Kirchner, y luego de que una parte de la oposición se fuera de la Asamblea Legislativa, volvió a quedar a la intemperie el quiebre del país que está jodido.

¿Pero cuándo se jodió la Argentina? Hay muchas posibilidades históricas, de acuerdo al posicionamiento de quien responda. Están los que le adjudican la responsabilidad a los liberales de la Generación del ’80, a los golpistas de la Década Infame, los que culpan a Perón y al Peronismo, y los les apuntan a los abanderados del antiperonismo. Inflexiones del país jodido.

Claro que todo aquello ya es historia. Aunque sea historia más reciente el debate inconcluso y sin autocrítica sobre la responsabilidad en el desastre argentino de la violencia armada de los años setenta, que profundizó después el terrorismo de Estado, con la secuela de secuestros, torturas y desapariciones.

La teoría preferida de Cristina Kirchner

El punto acá es cuándo se jodió la Argentina a la hora de buscar culpables entre los que todavía tienen responsabilidades políticas. En su discurso del martes, el Presidente eligió aliviar el resultado negro de sus dos años y tres meses de gestión cargando la responsabilidad de Mauricio Macri y Juntos por el Cambio.

Según esa estrategia, el 52% de inflación, el 45% de pobreza, los niveles terroríficos de inseguridad, el crecimiento geométrico del narcotráfico y los 126.000 muertos por Covid sumados a una política sanitaria de catástrofe y a la manipulación imperdonable de las vacunas, son producto de la mala gestión de Macri.

Esa es la teoría preferida de Cristina. Y si Fernández se pasó todo el fin de semana escribiendo su discurso, como lo explicaron sus colaboradores, consumió esa cantidad de horas solo para congraciarse con la Vicepresidenta. La misma que lo miró con rostro condescendiente durante la hora y media de asamblea y que eligió sonreír e intercambiar mohínes con sus legisladores preferidos cuando el Presidente pidió un minuto de silencio.

No se trataba de un momento de relax durante la ceremonia. Alberto Fernández, lo mismo que Sergio Massa, tenían el gesto adusto para recordar a los muertos que causó la invasión rusa contra Ucrania liderada por Vladimir Putin. El caudillo fascista que el Presidente había elogiado excesivamente 20 días antes, ignorante del dato esencial: que las tropas y los tanques ya se disponían a iniciar el camino sin retorno con destino final en Kiev.

Que la gestión de Macri sumó gruesos errores, sobre todo en materia económica, es una realidad que la sociedad castigó con su voto hace dos años. De lo que careció el discurso de Alberto Fernández es de un registro de autocrítica y de señales de reorganización para reparar las calamidades suyas que la sociedad castigó en las elecciones legislativas hace apenas cuatro meses.

“Un Presidente alejado de la realidad”, fue el título consensuado por Juntos por el Cambio en el documento con el que criticaron el discurso de Fernández. Una frase elegante que afortunadamente reemplazó a otras al borde del insulto que muchos dirigentes de la oposición ensayaban en la ofuscación fácil del off the record.

Las contradicciones del discurso de Alberto Fernández

La pieza oratoria del Presidente, plagada de datos de dudosa comprobación, tuvo además dos contradicciones que brillaron por su peso específico. Fernández anunció que para achicar el déficit fiscal iba a subir las tarifas en un nivel mayor al conocido, que era de un 20% según el techo de cristal trazado por Cristina y el kirchnerismo. Y dijo además que en su gobierno jamás va a haber “un tarifazo”. Una de las dos definiciones no va a suceder.

El otro hallazgo fue la referencia al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, cuya propuesta no pudo terminar el Gobierno antes de la Asamblea Legislativa. El Presidente dijo, en el mismo párrafo, que “llegamos a un acuerdo” para aclarar segundos después que “seguimos negociando”. La misma lógica que con las tarifas: una de las dos afirmaciones no era cierta.

En este caso, el acertijo era mucho más fácil. Antes del arranque de la sesión, Martín Guzmán le anticipó a la prensa en los pasillos del Congreso que la propuesta no estaba lista aún y que iba a tratar de enviarla al Parlamento antes del fin de semana. Después del discurso presidencial, el ministro de Economía intentó inyectarle algo de optimismo a la iniciativa y comenzó a transmitir la idea de que el acuerdo estaba cerrado “técnicamente”.

Es que el final de la Asamblea fue el que dio las verdaderas precisiones de cuánto se estaba jodiendo la Argentina. Alberto Fernández cargó a fondo amenazando a la oposición con ordenar una investigación para condenar a quienes habían liderado el acuerdo de Macri con el FMI por u$S 45.000 millones en 2018. Y los legisladores del PRO saltaron de sus bancas para abandonar el recinto en medio del griterío y las acusaciones cruzadas.

Eso no fue todo. Como si Estados Unidos y el FMI no tuvieran preocupaciones suficientes con la invasión de Rusia a Ucrania, Alberto Fernández exhibió el recurso insuficiente (e inoportuno) de pedirle a China que permita utilizar el swap, para convertir los yenes que le prestó en el pasado al Banco Central en dólares y sostener la presión de los mercados por la escasez de las reservas argentinas.

Las diferencias internas de la oposición

Pero no todos los tropezones son del oficialismo. La salida escandalosa de los diputados y senadores del PRO muestran que las diferencias internas están produciendo cortocircuitos demasiado severos en Juntos por el Cambio. Encabezados por Patricia Bullrich, Gerardo Morales, Martín Lousteau, Miguel Pichetto, Carolina Losada, Mario Negri, Gerardo Milman y Maximiliano Ferraro, se sacaron una foto para mostrar una imagen de unidad que sigue haciendo ruido hacia el futuro.

En esa instantánea no estuvo Facundo Manes, cuya foto solo en su banca y flanqueado por las banderas de Ucrania que los opositores habían dejado en sus asientos vacíos ya era un meme viralizado en las redes sociales. “No coincido con muchas cosas del discurso, pero si no lo escucho no puedo opinar: más empatía y menos grieta”, pinchó el neurocientífico en su cuenta de Twitter.

La coalición opositora deberá ajustar muchos tornillos de su estructura en estos días. Se viene la votación del acuerdo con el FMI y el ataque de Alberto Fernández les dio argumentos a los halcones para frenar la posibilidad de acuerdo que preferían los radicales, los aliados de Elisa Carrió y que planteaba dudas entre los legisladores que acompañan a Horacio Rodríguez Larreta.

Mucho más difícil con sus legisladores la tiene Alberto Fernández. Máximo Kirchner ni siquiera apareció por el Congreso y ya le ha anunciado al Presidente que no está dispuesto a acompañar el acuerdo con el FMI que intenta cerrar Martín Guzmán. Sin esos veinte votos del kirchnerismo, es difícil entender el objetivo del ataque del Presidente que provocó la fuga de los macristas.

Si hay que buscar una fecha más cercana de cuándo se jodió la Argentina, todo indica que el 10 de diciembre de 2015 marcó un punto que sigue sin tener retorno. Cristina se negó ese día a participar del traspaso de mando y darle el bastón a Macri que simboliza la transición en el poder. Ni siquiera hubo reunión de sus equipos de gobierno ni un informe sobre las reservas escasas que quedaban en el Banco Central. Ese vínculo roto es la génesis de lo que se precipitó en el mediodía del martes en el Congreso.

El espejo de España

El lunes por la noche, algunas horas antes en Madrid, el jefe del gobierno español, Pedro Sánchez, daba una entrevista a la TV y la radio estatal. En un diálogo que no fue complaciente, el presidente contó que acababa de hablar con Pablo Casado (el titular del opositor Partido Popular) y con sus cuatro antecesores (los socialistas Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, y los populares José María Aznar y Mariano Rajoy) para informarles lo que sabía de la desesperada situación en Ucrania y acordar políticas conjuntas para España en el marco de la Unión Europea.

Así de simple. En España también hay grieta, también hay enfrentamientos durísimos y heridas de sangre en el pasado. Pero hay una frontera que nadie traspasa cuando las circunstancias se vuelven dramáticas y obligan a consensuar políticas de estado.

La Argentina, como dijo el martes Alberto Fernández, va a cumplir 40 años de democracia recuperada el año próximo. Y ya se jodió demasiadas veces como para seguir flotando y sin aprender las lecciones de sus desgracias, ni siquiera en las horas más oscuras.

Fernando González

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