Lunes, 07 Marzo 2022 08:39

El acuerdo con el FMI y el conflicto en Ucrania como síntesis de la grieta - Por Sergio Berensztein

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A partir de los acontecimientos más transcendentales de los últimos días, el Frente de Todos expuso, una vez más, sus diferencias internas. 

A diferencia de otros momentos, en los que Alberto Fernández terminó acompañando la radicalización (Vicentin, sesgo a la hora de negociar por las vacunas, ataques a los medios y la justicia, incluso en su último discurso frente a la Asamblea Legislativa, etc.), en esta oportunidad aparece un presidente con matices de diferenciación respecto a las posturas del kirchnerismo duro. 

Obviamente no es el Alberto Fernández moderado que se presentaba ante la ciudadanía en 2019 y que, muchos pensábamos, debía prevalecer si el Frente de Todos pretendía conservar la competitividad electoral, que evidentemente perdió, tal como lo demuestran los resultados de los últimos comicios.

Precisamente a partir de esa contundente derrota quedó claro que, si el mandatario tiene alguna expectativa para el 2023, no puede insistir por el camino de la radicalización ideológica, convirtiéndose él mismo en un representante acrítico de las posturas más extremas del cristinismo.

Las ambigüedades seguirán estando

Esto no significa que de aquí en adelante haya que esperar del gobierno una política consistente con estos matices. Seguramente las ambigüedades seguirán estando, porque el peronismo sin Cristina Kirchner no es competitivo, sobre todo en el bastión K de la provincia de Buenos Aires.

Pero nos obliga a reflexionar y preguntarnos cómo esto puede impactar de cara al 2023, ya que la actitud del gobierno y la manera como se procesen las diferencias internas en el Frente de Todos (es decir, la manera como se expresen tales ambigüedades) puede definir todo el escenario electoral, incluyendo el armado electoral de Juntos por el Cambio.

El despliegue de candidaturas y la narrativa de la oposición dependerán en gran medida de las actitudes que tenga el gobierno en lo que resta de su mandato. Los “halcones” de Juntos por el Cambio (Mauricio Macri y Patricia Bullrich como principales referentes) ganan cuanto más se endurezca el gobierno y se polarice la contienda. Las posturas duras pueden predominar ya sea por las políticas que parten desde la Casa Rosada o por la percepción del votante, porque en definitiva lo que importa es la interpretación mayoritaria que haga el electorado.

Es decir, más allá de las intenciones que tengan los estrategas electorales del Frente de Todos, jugando al fleje Alberto Fernández puede tener serias dificultades para poner en valor esos matices, en la medida que siga sosteniendo la unidad con los sectores duros del kirchnerismo.

Una mención adicional que la vale la pena resaltar: ¿habría que agregar también a Cristian Ritondo como uno de los nuevos representantes de los “halcones”? A pesar de que mantiene una amistad y buen diálogo con Sergio Massa, el fuerte cruce que tuvo con Máximo Kirchner en el debate por la ley de Presupuesto y su drástica decisión del martes pasado, de retirar al bloque del PRO, el cual conduce, durante el discurso de Alberto Fernández, podrían posicionarlo como un nuevo “halcón”.

Por el contrario, si el escenario electoral no nos conduce a una polarización extrema, sino que vuelve a haber una competencia con diferenciaciones ideológicas marginales y una disputa por el votante medio (tal como sucedió en las presidenciales del 2015 y, en menor medida, de 2019), los dirigentes de Juntos por el Cambio que vienen sosteniendo posturas menos confrontativas (Horacio Rodríguez Larreta, Gerardo Morales, Facundo Manes) podrían tener un peso específico mayor.

El FMI, La Cámpora, el PRO más duro y Ucrania

Aquel eventual escenario político en el que las posiciones sí se polarizan hacia los extremos se pone de manifiesto en el voto respecto al acuerdo con el FMI, donde por un lado está La Cámpora y, por el otro, el PRO más duro.

Y, al mismo tiempo, también se expresa respecto al conflicto en Ucrania, con posicionamientos más o menos condenatorias hacia Vladimir Putin. Curiosamente, el gobierno de Fernández empezó con posturas más contemplativas y débiles, (sin ni siquiera mencionar a Rusia, a Putin o incluso eludiendo la palabra “invasión”) y ahora, en parte por el rol que tiene en el Consejo de Derechos Humanos (CDH) de las Naciones Unidas quedó obligada a cambiar su actitud.

Es que el presidir una organización de estas características de ninguna manera asegura un control de la agenda. Nace un problema de principal y agente, donde el que preside no es el principal, sino el agente de un conjunto de países que le marcan el rumbo. Es, entonces, inviable ser el presidente del CDH y votar en contra de la mayoría de los miembros.

Hay entonces una importante lección: la participación institucional y la responsabilidad de gobernar condicionan y limitan al margen de la ideología, y te obligan a ser más pragmático (el famoso teorema de Baglini en acción).

Indudablemente esto La Cámpora lo vive como una contradicción, porque pretende conservar las banderas ideológicas al mismo tiempo que se resiste a resignar los abundantes recursos que controlan a través del Poder Ejecutivo (en especial, los que provienen de ANSES y PAMI).

En este punto vale la pena hacer una distinción. Mientras que La Cámpora parte de posturas dogmáticas respecto al acuerdo con el FMI o la invasión a Ucrania, por parte del PRO más duro, aunque la ideología también juega un rol menor, lo que predomina es una lectura respecto a la herencia que eventualmente Juntos por el Cambio podría recibir si ganan en 2023.

Intentan evitar que les pase lo mismo que en 2015: recibir un gobierno con limitaciones adicionales (un país económicamente a la deriva y fuera del mundo), que se sumen a los problemas estructurales que la Argentina ya arrastra, y que entonces eso limite aún más el margen de acción posible. Si bien ambos sostienen posturas duras, la diferencia es significativa, porque mientras unos piensan en gobernar, los otros piensan solo en sostener su dogma.

Sergio Berensztein

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