Martes, 19 Abril 2022 10:00

El Presidente y su apuesta conocida: un poco de dinero que será insuficiente si no se combate la inflación - Por Diego Cabot

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Como hace dos años cuando llegó la pandemia, optó por pagos extraordinarios para los sectores con menos ingresos y crear un nuevo impuesto que, seguramente, tendrá un fuerte debate en el Congreso 

Hace dos años, el mundo se conmovió con la irrupción del Covid-19. En poco tiempo, el planeta se paralizó y las consecuencias económicas generaron medidas extraordinarias. La mayoría de los gobiernos del mundo -el argentino, entre otros-, pusieron plata en el bolsillo de sus ciudadanos para pasar la emergencia. 

Pasaron dos años y la Argentina vuelve a la misma receta: entregar dinero y pedir una contribución adicional a las empresas. Sin embargo, la diferencia es abismal: en aquel momento había una emergencia inusitada y la gente no podía salir a trabajar; hoy, en cambio, el “refuerzo en la política de ingresos” es para pagar la olla. Dicho de otra forma, aquel momento excepcional se convirtió en una necesidad concreta.

Pero hay algo más que ya no es como entonces. Hace un año, el llamado “impuesto a la riqueza”, el último tributo que se creó se aprobó en otro Congreso. La votación estuvo pareja, aunque, finalmente, el oficialismo impuso sus números y juntó 133 votos en la cámara baja contra 115 de la oposición. En Senadores, fue 42 a 26. En el medio, el Gobierno perdió las elecciones y aquellas mayorías. Será una discusión muy distinta la de este año.

El presidente Alberto Fernández y el ministro de Economía, Martín Guzmán, hicieron un anuncio sepia que se basó en dos viejos conocido: más efectivo y aumento de la presión impositiva. “Necesitamos reforzar la política de ingresos”, dijo el titular del Palacio de Hacienda. Luego pasó por el aumento de la presión impositiva mediante la versión 2022 de aquel “impuesto a la riqueza” que esta vez se llama “renta inesperada”.

Es difícil imaginar que alguien podría sorprenderse de estas medidas, tan parecidas a todas las que se han tomado en los últimos años. Poner dinero excepcional en el bolsillo de millones de argentinos que lo necesitan no es mejorar la política de ingresos sino entregar plata para consumir, en el mejor de los casos, o pagar deudas por la caída del poder adquisitivo en los últimos semestres. Quizá, gran parte de los beneficiarios ya tienen gastado por anticipado ese monto con el que se trata de apagar el calor inflacionario. Serán dos meses con más pesos, necesarios, claro está, pero insuficientes. Esos beneficiarios, y todos los que no recibirán dinero extra, están en busca de horizontes más largos.

Justamente, este es el problema: la inflación. El aumento de precios, que promedió 6,7% en marzo y que ya acumula 16,1% en el primer trimestre, es el asunto determinante de la Argentina actual. Y también lo es de ese enorme universo de personas que recibirán este refuerzo de dinero. El tema es que ninguna de las medidas anunciadas en la Casa Rosada apunta a combatir la inflación. La prédica presidencial del “Ah, pero Macri” se ha vuelto internacional y ahora impulsa el “Ah, pero Putin”, en referencia a la culpa de los males argentinos que Alberto Fernández le asigna a la guerra en Ucrania.

No es fácil ser optimista. El 17 de marzo, el Presidente anunció que en 48 horas iba a empezar la “guerra contra la inflación”. Pasado ese tiempo, anunció poco menos que nada. Entonces, se habló de controles de precios, de un fondo para estabilizar el precio del pan y, como tantas veces, señaló al malo de la película. “Nuestra batalla hoy es contra los especuladores. Contra los codiciosos. Contra quienes buscan aun en situaciones tan complejas sacar una renta extraordinaria. Contra los agoreros de siempre, que intentarán instalar el sálvese quien pueda o buscar culpables rápidos y respuestas sencillas”, dijo hace un mes en cadena nacional.

Hoy se cuidó de no agredir a nadie, sino que apenas habló de los que habían tenido un incremento excepcional de ingresos producto de la guerra. Fueron palabras suaves, ya que esta vez necesita venderles el bono contribución del año. “Que la pongan”, dijo y juntó los dedos con ese gesto tan usado en las mesas de los bares argentinos.

Es verdad que hubo varias actividades que tuvieron ingresos extraordinarios por los precios de las commodities que subieron producto del conflicto. Pero que quede claro una cosa: el principal beneficiario de ese incremento que llegó de sopetón cuanto Rusia invadió Ucrania es el Estado. El Fisco se queda con la mayoría de la “renta extraordinaria”, ya que las retenciones son un porcentaje del precio. A mayor valor; mayor recaudación.

Fernández y Guzmán son los administradores de esa caja extra de dólares que llega con la venta de materias primas a mejores precios. Sin embargo, la creatividad para los remedios jamás llega de aquel lado del mostrador. No son pocos los países que optaron por bajar algún impuesto a los combustibles para que la suba del petróleo no afecte en valor en los surtidores. Pero esas recetas por acá ni se miran; el prospecto siempre apunta al sector privado.

“Es un conflicto que cae sobre todos, y también sobre la Argentina -dijo el Presidente-. Vamos a ver cómo atacamos la génesis de la inflación que tiene un componente autóctono y otro derivado de la guerra”. Gran parte de los asistentes al acto son partícipes necesarios del ingrediente local que sube la temperatura de los precios de la economía. Seguramente felicitaron a Alberto Fernández y, en seguida, partieron con sus choferes o sus jets, en el caso de los gobernadores, a sus despachos. Jamás se habla de gasto público y menos aún, de un ajuste al gasto político. Es posible que sea una aspirina en semejante problema inflacionario. Pero a veces es necesario un gesto, un poco de humildad a la hora de volver a pedir otro esfuerzo al sector privado.

Diego Cabot

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