Domingo, 15 Mayo 2022 07:57

Guzmán no se salva de nadie - Por Roberto García

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Justo tocó el punto G de la ira femenina. A Cristina, claro. Una provocación de Alberto con declaraciones que, para ella, fueron ofensivas. Quedó estupefacta, evitó responder con la excusa de que ocupaba la Presidencia y no correspondía complicar a la institución en el vaudeville oficialista.

Es que, cuando nadie lo esperaba de tanto esperar, el Presidente recurrió a su biblia de cabecera, el cancionero de Serrat, y se lanzó al contragolpe: “Harto de estar harto, ya me cansé”. Confesando que se apartaba de las instrucciones de su vice, que dejaba de hacerle caso y, además, que le cuestionaba la autoridad. Resumen de su búsqueda del punto G para irritarla: no rige más el dedo, habrá internas en el peronismo, el poder se gana en las urnas, el próximo candidato no será elegido por redes (como le ocurrió a él) y, para colmo, me voy a presentar a la reelección sin preguntarle a nadie. 

Le duró poco esa actitud rebelde: a las pocas horas se corrigió, como si reconociese una noche equivocada, excedida de tapas y chupines en alguna verbena española. Porque la agravió en otro punto: hablando desde Europa, donde ella cree que goza de un prestigio superior al resto de los argentinos. Mandoble doble, entonces, la insurgencia, producto de humillantes ataques por la banda de Cristina, de Parrilli a Vallejos, de Máximo a Larroque. Además, al Presidente lo atosigaron con una instigación basada en diálogos presuntos de la misma Cristina. Por ejemplo:

Sáquenlo, sáquenlo– bramaba.

Pero no tenemos reemplazo, no sabemos a quién poner, doctora.

Pongan a cualquiera, pero sáquenlo. No lo quiero ver más, me mintió (como si fuera el primer hombre que había cometido esa falta con ella).

La referencia de la dama apuntaba a Martín Guzmán, el condenado a masacrar por el cristinismo, quien Alberto ha decidido proteger con su raída capa como si se defendiera a sí mismo. Mas cuando le contaron que, hace menos de un mes, Cristina en una entrevista con Massa, lo previno: “Preparate, es tu turno”. Como si ella fuera a sostener la versión de que el titular de la Cámara de Diputados podría ser un próximo y poderoso ministro a cargo de todas las áreas de economía, una suerte de Consejo Económico y Social.

Cuando el martes 10 –primicia de PERFIL–, Massa convocó a un grupo de economistas (de Redrado a Peirano, de Lavagna hijo a Bossio, entre otros) a un asado en su casa para escrudiñar el comportamiento inflacionario, la orden “preparate” tuvo otro sentido. No hubo fotos y tampoco asistió un seguidor del dueño de casa: José Ignacio de Mendiguren.

Reunión de gente que no se veía en los últimos años y no por el Covid, más bien porque Massa nadaba bajo la superficie. Ahora sacó el snorkel, pero pocos le otorgan viabilidad al proyecto: entre otras pretensiones, quiere reducir a la mitad los ministerios, cobijar a los que resten bajo su mando y constituir un cuerpo de profesionales notables como pantalla de cobertura. Difícil que pueda tocar las voluminosas “cajas” que Cristina niega que lo sean.

Además, más de uno de ese núcleo (en el que no todos comparten la misma idea, salvo la coincidencia de que Guzmán “no funciona” por lentitud en el ejercicio y falta de capacidad periférica para atender distintas cuestiones de Estado) podría aceptar cargos siempre y cuando Cristina se comprometiera, por seis meses, a no redactar ninguna carta o tuit. Imposible, obvio. Ese pedido es una amenaza al género o una excusa para escapar de cualquier invitación.

Tregua sospechosa. Mientas, la escaramuza de la semana pasada entre los dos Fernández ingresó en una sospechosa tregua. Ella partió al sur para reponerse y meditar sobre una decisión en suspenso: pensaba salir a menudo en los medios para expresar más conceptos que opiniones. Le preocupa que Alberto, además de declarar con tambores de guerra espaciados, atiende consejos que le sugieren desplazar a los funcionarios que cuestionen los aumentos tarifarios que demanda el FMI. “Al que no le guste, que se vaya”, vociferó. Un flechazo contra ella, no precisamente amoroso.

Teme Cristina también una osadía que –dicen– merodea en la cabeza del mandatario: dictar, como titular del PJ nacional, la intervención del PJ bonaerense a cargo de Máximo Kirchner. Justificación: flojera de papeles. Sería algo más que un golpe a la familia, siempre y cuando lo apoyara un paquete nutrido de intendentes. Una forma de entrar en la blindada casa de Cristina sin permiso.

Ella, entretanto, mantendrá el fuego sobre Guzmán, creyendo que Alberto F privilegió la influencia de algunos colaboradores más que su pensamiento, los que le insisten en que es él quien manda. Consejo, por ejemplo, de quien ella supuso que estuvo en Madrid y al que hizo echar de la Casa Rosada: el ex asesor Juan Pablo Biondi, ahora experto en cuestiones ibéricas, particularmente valencianas. Un símil de un amigo de su adolescencia platense, el que fue uno de los embajadores preferidos de Cristina, Carlos Bettini, cercano por vía materna al cuestionado rey Juan Carlos, un monarca retirado al que le atribuyen una frase que ha tomado en cuenta la decadente realeza: “Yo no me voy a quedar pobre como mi cuñado”, refiriéndose al griego Balduino, que extravió una inmensa fortuna cuando los militares lo desalojaron del poder. El español abdicó y debió refugiarse hasta hace poco en un paraíso árabe. Eso sí: rico. Como la casta política.

Roberto García

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