Domingo, 07 Agosto 2022 06:33

Arranque con errores - Por Roberto García

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A los secretarios de los Príncipes (De his quos a secretis príncipes habent), le asigna Maquiavelo una importancia clave. Según él, la inteligencia de Sergio Massa –para elegir un ejemplo pedestre y flamante– se manifiesta según con quiénes se rodea. Habrá que reputarlo de moderado si opta por competentes y leales. O, si sus designados secretarios resultan de otra manera, se califica de mala la opinión sobre el Príncipe: en esa elección de colaboradores se revela su primer error.

Le hubiera venido bien a Massa repasar la lectura del pensador florentino cuando se imaginó a Gabriel Rubinstein, a quien casi desconocía en la relación personal, como su frustrado segundo en la cartera de Economía. También Rubinstein, hablando de prudencia, debió haber confesado lo que había vomitado sobre Cristina en los últimos años. Sea por ética o respeto a quien deseaba patrocinarlo. 

Si Massa no recurrió a Maquiavelo con lo de su eventual segundo, tampoco había recurrido al famoso autor cuando a principios del 1.500 ya cuestionaba la aborrecida “vía del mezzo”, justamente la que distinguió a Massa como su bandera en los últimos 20 años. Para el filósofo de El Príncipe, esa cautela de la avenida del centro solo sirve para postergar decisiones y provoca resultados inversos a los que se pretenden: debilidad en el poder y desunión política. Nunca el nuevo ministro de Economía tomó en cuenta esa sugerencia. Tampoco sus asesores.

Si Massa se hundió con la nonata designación de Rubinstein, en 72 horas también exhibió tropezones serios. Y sin vino Carlón. Hasta en rubros que son básicos para su historia, la comunicación, por ejemplo. Algunos de sus elegidos mostraron, por lo menos, cierta desmesura. Empezando por José Ignacio De Mendiguren (Desarrollo), tan imprescindible que, dicen, hubo que traerlo en un avión privado para que se reuniese con el equipo de gobierno.

Una joya en extinción en la cual ningún ambientalista ha reparado todavía. El Vasco, con una óptica particular, sostuvo que “la macroeconomía argentina está casi mejor que la de los Estados Unidos”. Para el Guiness. Una frase comparable a la de Aníbal Fernández: en Alemania hay más pobres que en la Argentina. O al revés, lo que no viene a cambiar el producto.

Otro colaborador de Massa que sacudió la colmena mediática fue el responsable de Agricultura, Juan José Bahillo, un entrerriano ascendido por la autoridad de Guillermo Michel, aunque presume de esa influencia el gobernador Bordet. Bahillo les exigió confesar a dirigentes del agro si eran productores o políticos partidarios, un examen de sangre que aún nadie ha decretado. De otra época. Indica lo que ocurre en la cabeza del funcionario, una búsqueda por la raza más privilegiada.

Si faltaba otro caso modélico de sentido común, el nuevo responsable de la autorización de importaciones y exportaciones, Matías Tombolini, se encargó de ofrecerlo: quien se supone venía con algún tipo de expertise por sus años en la función pública (Banco Nación), suelto de cuerpo aproximadamente expresó: habrá dólares para los que bajen los precios. Una deliciosa novedad para quienes soportan el salto inflacionario de insumos mundiales, al azar una automotriz que le subieron los neumáticos: gran aliciente para impedir la actividad económica.

Frente a estas impericias de sus nuevos secretarios, Massa ya piensa en la necesidad de incorporar un responsable que alinee las tonterías orales en su gabinete. No ha sabido cumplir esa misión su jefe de equipo, Leonardo Madcur, quien está para otros menesteres técnicos. Algunos hablan de la incorporación de Claudio Ambrosini para ese eventual cargo, un eterno en el círculo del ahora ministro, hoy titular del Enacom, lugar clave para el dominio de los medios de comunicación. Si Massa quemó sus naves como Cortés, quizás no le quede otra alternativa a Ambrosini.

En el nuevo hormiguero de Economía sorprende la flotación de torpezas en apenas 72 horas. Tal vez sea culpa del mismo Massa, superado ante su nueva función, la dificultad para encontrar secretarios (hasta se habla del televisivo D’Atellis en lugar del frustrado Rubinstein) y el huracán en contra que proviene de todos los frentes económicos. Fue, sin embargo, él mismo quien facilitó las críticas, desde el atrevido tuit de su esposa Malena Galmarini endiosándolo, su posterior jefatura en un pogo en la misma Casa Rosada, y siguiendo con el estilo Lolapalloza, convocando a la fiesta favoritos como Pipo Gorosito y Moría Casán. Ni hablar de los empresarios amigos que, en estas ocasiones, son más figurones que amigos.

Si hubo escasa compostura en la escenografía de la jura, el propio Massa no mejoró la conducta: en 72 hs participó en actos de campaña, viajó a Santa Fe (por un video allí registrado dicen que se levantó el programa de Viviana Canosa en América, episodio poco alentador para su gestión).

Pérdida de tiempo y foco. Cualquiera se lo hubiera imaginado durante 12 horas en el Ministerio de Economía, en camisa y arremangado. Tampoco se lo suponía favoreciendo con el dólar soja a los petroleros que no lo requerían siquiera.

Esfuerzos y deseos aparte, se cascoteó Massa a sí mismo en tres días, a pesar de que le arreglaron la crisis financiera con los bonos argentinos por este mes y, pasado mañana, con el lanzamiento y aprobación del título Dúo, habrán de superar los vencimientos hasta la troja a pagar en septiembre. Le queda la inflación, indómita y poderosa, más el tipo de cambio (contado con liqui), anticipado en ascenso hasta por sus propios cercanos. Entre otros detalles.

En lo de Cristina braman por el episodio Rubinstein y se han angustiado por la sucesión de errores en los primeros días, no vaya a ser que se repitan y le complique a ella la llegada a noviembre: la vice aspira a cierta estabilidad en esa fecha, cuando gane Lula en Brasil de acuerdo a sus cálculos. Lo considera un episodio clave para su propia vida: entonces sueña con recuperar imagen, promover el lawfare que jura padecer y encaminarse en la conducción del oficialismo. Volver al protagonismo.

Al revés de Alberto Fernández, quien le habría susurrado a Massa cuando lo abrazó: “Ahora ella no me va a putear más, lo hará solo con vos”. Se ha reservado un rincón y le cuesta admitir que debe ser el primer Presidente argentino que no podrá poner a ningún amigo en las futuras listas, caso inédito de decadencia. Carece de lapicera y de goma de borrar. Se advirtió el día de la asunción de Massa, cuando ajeno y apagado se fue del acto y luego sus allegados no lo pudieron encontrar. Se esfumó, hubo preocupación hasta que alguien confió en que se subió al auto, solito, y manejando partió a cenar con un amigo. Fotografía en blanco y negro del Gobierno.

Roberto García

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