Viernes, 19 Agosto 2022 08:14

Tres escenarios y una realidad - Por Jorge Raventos

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En la última semana el momento político argentino tuvo al menos tres escenarios centrales: Escobar, el Hotel Alvear y las calles.

En Escobar se produjo la primera reunión formal entre el ministro de Economía, Sergio Massa, transformado en figura protagónica del gobierno, y los líderes de la Mesa de Enlace agropecuaria. En el Alvear, en el cierre de las sesiones del Council of the Americas, las intervenciones de Massa, del jefe de gobierno porteño y principal precandidato presidencial de la oposición, Horacio Rodríguez Larreta, y del embajador de Estados Unidos, Marc Stanley, coincidieron en la aspiración de una gran convergencia política (aludida como acuerdos de Estado, gobierno de coalición) que -pidió Stanley- "debería hacerse ya mismo, sin esperar a las elecciones de 2023". 

En la calle, entretanto, el sindicalismo peronista y las organizaciones de izquierda competían por la cartelera. La CGT, pese una disidencia interna alentada desde filas camporistas (y premiada con el Ministerio de Trabajo bonaerense por el gobernador Axel Kicillof), desplegó una amplia movilización ideada para dar un cauce al malestar de las bases ante una inflación que corroe los salarios y orientar ese sentimiento lejos del gobierno, para hacer blanco en "los empresarios que especulan".

El orden sindical

El gremialismo peronista no quiere soltar la mano del gobierno precisamente en el instante en que, merced a la transfusión de sangre que representa Massa, empieza a observarse el dinamismo que reclamaron en vano a Alberto Fernández.

Esa energía, es cierto, difícilmente se traduzca en los próximos meses en notables mejoras salariales: la dirigencia de la calle Azopardo tiene claro que en el marco de la lucha prioritaria contra la inflación y el déficit fiscal no hay demasiado margen para las mejoras que alivien la inquietud de las bases. Pero están dispuestos a sostener la gestión del gobierno porque entienden que sigue siendo una muralla para contener a los sectores que -por derecha y por izquierda- pugnan por desmantelar el régimen organizativo del movimiento obrero y estimular la balcanización sindical, así como a los intereses que conspiran contra las obras sociales gremiales.

En la calle y en algunas ramas productivas los gremios peronistas sienten la presión de los movimientos disidentes liderados por el trotskismo, que empiezan a encontrar oídos receptivos en algunas corrientes que formaron (o forman todavía) parte del kirchnerismo y otras variantes filoprogresistas. El último miércoles se temían choques entre manifestantes de una y otra tendencia, que no se produjeron. No habría que descartar que se produzcan en algún tiempo. La alta inflación no es, precisamente, un estímulo a la templanza y la buena conducta.

Por ahora, Massa consigue que la calle no sea un ámbito de protesta activa contra el "ajuste con rostro humano" que proyecta, pero observa cómo opera el juego de pinzas que aprovecha la vulnerabilidad del peronismo debilitado primero por la hegemonía K y últimamente por su debacle. Cuenta con la cooperación de un sindicalismo que entiende el concepto de organización y apuesta al orden, no al caos.

Mantener neutralizado el escenario de la calle es un logro de importancia, mientras atiende a las urgencias que plantea la penuria de las reservas y busca un entendimiento con los productores rurales que se traduzca en la liquidación de los granos atesorados en los silobolsa.

Del primer paso al último

Esa es la importancia de lo ocurrido en Escobar más temprano en la semana, la reunión con la Mesa de Enlace. Se trató de un encuentro rodeado de una significativa discreción, señal de que, desmintiendo comentarios probablemente prejuiciosos, el ministro no buscaba "hacer humo" o "hacer marketing" sino iniciar una conversación seria. Después de amagar otros puntos de reunión, Massa llegó al centro industrial de Escobar acompañado por tres representantes del gobierno, incluyendo entre ellos al ex ministro de Agricultura, Julián Domínguez, aunque ya no está en el gabinete. Esa presencia fue un síntoma claro de que Massa no quiere "empezar desde cero", sino avanzar a partir del buen diálogo que Domínguez había alcanzado con el sector. Por los productores rurales estuvieron los directivos de la Sociedad Rural, Coninagro, la Federación Agraria y Confederaciones Rurales Argentinas.

Los dirigentes del campo se mostraron satisfechos por la reunión, que describieron como la prometedora puntada de un tejido necesariamente complejo ("Fuimos escuchados y hablamos de temas que antes no se habían tratado, como una reforma impositiva profunda. Planteamos los inconvenientes del dólar soja, que no es la solución para que el productor tenga un incentivo para aumentar la comercialización"). Aunque esperan hechos rápidos de parte del gobierno, se dieron diez días para un nuevo encuentro similar, mientras técnicos de las organizaciones y del gobierno analizan en detalle los puntos de la agenda de trabajo en la que ambas partes coincidieron el viernes.

Las primeras reuniones se produjeron de inmediato. El acuerdo con el campo es una prioridad estratégica para Massa. Hay temas sobre los que se puede concordar con mayor facilidad, aunque se empiece con diferencias.

Desde la Mesa de Enlace se reclamaron cambios en las trabas que obstaculizan la exportación ganadera. "Se mantiene la veda de los siete cortes", retrucó de entrada el secretario de Agricultura, Juan José Bahillo (en la actualidad hay siete cortes populares que el Gobierno tiene prohibidos para exportar), para aclarar de inmediato que esa decisión "tampoco impide" que se pueda trabajar "en ampliar el cupo de exportación". Una de cal y otra de arena.

Ya se trabaja en un mejoramiento sustancial del mecanismo del llamado "dólar soja", una vía para mejorar el tipo de cambio que reciben los que decidan vender sus granos rápidamente. Las conversaciones seguramente conducirán a una reducción sensible (quizás a una anulación temporaria) de las retenciones, aunque el secretario Bahillo aventuró que esa palanca no se puede tocar "en la actual situación fiscal". Ese es el primer paso obligado de la negociación, pero no necesariamente el último; la gestión de Massa no puede iniciar las tratativas sin aludir a un fraseo que coincide con las gastadas ideas de un sector del oficialismo. Pero habrá que ver cómo concluye la conversación. El propio Bahillo admitió que no se niega a pensar en la eliminación de las retenciones "en un esquema de mediano plazo con una nueva matriz impositiva que contemple el aliento a las inversiones y el desarrollo". ¿Largo plazo? Massa prometió volver a reunirse con las entidades en diez días.

Una convergencia pública

La reunión del hotel Alvear, organizada por Council of the Americas, un influyente lobby a cuya cabeza se encuentra desde hace años la señora Susan Segal, debería verse como algo más que una ocasión protocolar.

Ante una representativa presencia empresarial y bajo la tutela de la embajada de Estados Unidos, se produjo un encuentro conceptual público y significativo entre Horacio Rodríguez Larreta y Sergio Massa. No dijeron nada que no hubieran afirmado antes, pero las circunstancias le dan a esas posiciones una coloratura especial. En el seno del oficialismo las invocaciones a acuerdos con la oposición suelen ser pruebas de trapecio sin red. Y en el campo opositor, los recientes cañonazos disparados por Elisa Carrió tenían por blanco, justamente, las eventuales aproximaciones al peronismo encarnado en el "superministro", a quien se ha llegado a identificar con Belcebú. "La única manera de avanzar en serio es construyendo un consenso más amplio que nos permita ejecutar las transformaciones profundas que necesita el país", sostuvo Larreta con una generalización que, en el contexto actual y rodeado por la presión "panrepublicana", supone un desafío obvio. El líder del PRO porteño agregó: "El próximo gobierno de la Argentina tiene que ser un verdadero gobierno de coalición que marque un punto de inflexión".

Antes de que Massa cerrara la reunión, el embajador Stanley exhortó: "Hagan hoy la coalición, no aguarden a la elección de 2023". No habría que tomar esa propuesta como una intervención en la política nacional. Mucho menos si se compara con la fulminante denuncia con la que el Departamento de Estado caracterizó como corrupto al vicepresidente paraguayo, forzando su renuncia. La frase de Stanley fue una manifestación de amistad: afirmó que Estados Unidos está interesado en el liderazgo regional de la Argentina, por eso se entusiasmó con la idea de acuerdos de Estado que garanticen 30 años de estabilidad, sugerida por Larreta en su discurso.

Massa, por su parte, refirmó la idea del trabajo en común y los acuerdos de Estado. "Sentarse con adversarios de cara al público, sin vergüenza alguna y sin renunciar a las propias convicciones es indispensable", dijo. Y le aclaró a Stanley que hasta las elecciones de 2023 faltan muchos meses y hay tiempo de intentarlo.

Fue Yrigoyen el que dijo: "Todo taller de forja es un mundo que se derrumba". Es importante mirar el bosque, no sólo el árbol más cercano. El periodismo y las redes generan una visión a menudo alienada en los sucesos. La política se entiende mejor centrándose en los procesos, que no se despliegan con el "tiempo real" de las noticias, sino con los ritmos (a veces lentos, a veces vertiginosos) de las relaciones de fuerza y los balances entre las decisiones y van tejiendo la realidad.

Jorge Raventos

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