Domingo, 11 Septiembre 2022 06:06

Massa, pro mercado en Washington; Cristina, chavista en Buenos Aires - Por Fernando González

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El Gobierno tiene dos caras. El ministro de Economía busca dólares e inversores en EE.UU. La Vice mantiene su ofensiva por una “ley del odio” y convierte una misa en un acto partidario 

El peronismo es un territorio de voluntades y hay que seguir la línea del poder para adivinar su identidad pasajera. Fue de izquierda con Cámpora, de derecha con Isabel, neoconservador con Carlos Menem y populista con los Kirchner. “Ah, peronistas somos todos”, dijo Perón a fines de los sesenta. Una definición inteligente para engañar a los propios y desorientar a los ajenos. 

Setenta y siete años no han servido para aclarar demasiado las cosas. Esta semana, por ejemplo, el profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Rice, Mark Jones, planteó un nuevo desafío para los degustadores del peronismo. Presentó a Sergio Massa, el ministro de Economía a cargo del gobierno de Alberto Fernández, como el “James Baker argentino”. Estaba en Houston, Texas, adonde Massa llegó para convencer a los empresarios petroleros de una utopía económica: invertir en un país que está cruzando el 100% de inflación anual y que no les permite a los inversores mover sus propios dólares libremente.

El profesor Jones conoce a Massa desde muy joven y vaya uno a saber porqué lo compara con James Baker III, un político y diplomático nacido en Houston que fue asesor de gobierno, jefe de gabinete, secretario del Tesoro y secretario de Estado (como le llaman en EE.UU. al canciller) entre los gobiernos de Ronald Reagan y de George W. Bush, aquel al que Menem le decía “somos del mismo palo” y él solo le sonreía confundido.

“Era el hombre que hacía que Washington funcionara”, dice el profesor Jones de James Baker III, y allí es donde pretende encontrarle algún paralelismo con el funcionario que este lunes, cuando se reúna con la directora del FMI, Kristalina Georgieva, va camino a cerrar una gira estadounidense de nueve días. La extensión del viaje, a bordo siempre del avión Tango 04, se parece más a la de un presidente que a la de un ministro.

Los objetivos de Massa en esta gira estadounidense han sido dejar una impresión diferente a la que tienen de Martín Guzmán y de la efímera Silvina Batakis, y conseguir dólares frescos para recomponer las reservas escasas del Banco Central. Consiguió adelantar USD 1.200 millones del Banco Interamericano de Desarrollo y otros USD 400 millones del Banco Mundial. Poco cambian las cosas para la Argentina, pero un vaso de agua siempre parece un manantial cuando se está en el desierto.

Massa habló de la potencialidad de Vaca Muerta en Houston, y se arriesga a prometer el cumplimiento de las metas financieras en Washington, música para los oídos de sus anfitriones en EE.UU. “Nosotros odiamos a los mercados, pero no se confundan: Sergio es nuestro pro mercados”, advierte uno de los kirchneristas que por ahora lo defiende. Ha sido un viaje como el de la Cenicienta, pero se aproxima el momento en que la carroza vuelve a ser calabaza. El problema para Massa sigue siendo las noticias que llegan desde Buenos Aires.

Alberto y Duhalde, una fotografía desangelada

Es que la Argentina vive en estos días otro de esos capítulos de realismo mágico que García Márquez prefería ubicar en el Caribe. El pedido de condena judicial a doce años de prisión por la causa Vialidad y el intento de atentado en la puerta de su departamento en La Recoleta han activado todos los resortes políticos de Cristina Kirchner. Muy lejos de replegarse, la Vicepresidenta aceleró sus planes para ubicarse en el centro del escenario y arrastrar detrás suyo a los temblorosos dirigentes del peronismo actual. El Síndrome de Estocolmo ya les queda corto.

El sábado dio otra muestra de ese plan maestro con el que intenta, básicamente, contrarrestar el destino complicado de una condena judicial. Su hijo Máximo Kirchner movió los hilos del Partido Justicialista bonaerense, de los movimientos piqueteros que le responden y de algunos contactos dentro de la Iglesia Católica para armar una misa de homenaje a Cristina en la Basílica de Luján. Como corresponde en ese sistema verticalista que es el peronismo, ni ella ni Máximo asistieron. “Estaba su espíritu y con eso alcanzó”, ironizaban en el kirchnerismo.

A la segunda línea sí se le ordenó poner la cara en Luján. Estuvieron el gobernador, Axel Kicillof, y la vice Verónica Magario; la Jefa de Diputados, Cecilia Moreau, el camporista Andrés Larroque, unos cuántos intendentes bonaerenses, una decena de jefes piqueteros y algunos ministros nacionales entre los que se destacó el tucumano y jefe de gabinete, Juan Manzur.

La presencia institucional se restringió a Alberto Fernández y al ex presidente Eduardo Duhalde, en una fotografía desangelada de ambos que mostró como pocas veces el deterioro acelerado de la figura presidencial. No estaba Massa, no estaba Máximo, y tampoco estaba ella. Si Cristina quiso dejarlo expuesto una vez más a Alberto, lo logró con creces. Isabel II de Inglaterra, cuyos gestos de crueldad en el ejercicio del poder fueron muy recordados en estos días de funerales, la hubiera aplaudido.

Quien sí estuvo en la Basílica de Luján fue el ministro del Interior, Wado de Pedro, a quien le tocó la pantomima de invitar a los dirigentes de Juntos por el Cambio. Después de haberle adjudicado el ataque a Cristina a la oposición y a las “tres toneladas de editoriales periodísticos” en su contra, marcó el teléfono de Gerardo Morales, de Facundo Manes y del diputado radical Emiliano Yacobitti, cercano a Martín Lousteau, con la novedad asombrosa de “bajar un cambio” en la confrontación.

Los tres rechazaron el llamado a retomar el diálogo en estas condiciones y la invitación para asistir a la misa de “paz y confraternidad” en Luján. La gestión de De Pedro es apenas una maniobra para confundir al adversario mientras siguen las amenazas de avanzar en el Congreso con una “ley de odio” diseñada para castigar a opositores, a la Justicia y a la prensa. Y continúa también la evaluación de las encuestas para frenar las PASO en la Provincia y a nivel nacional, sobre todo si esa posibilidad complicara como parece a la coalición opositora.

Poco después de la misa en Luján, el kirchnerismo siguió con otro acto en la Ciudad de Buenos Aires. Es un distrito donde son minoría y sus dirigentes son ruidosos, aunque menos relevantes. Pero, en el Parque Lezama, se olvidaron de la “fraternidad” de tres horas antes y agitaron las consignas de la ley del odio, las críticas al fiscal Diego Luciani y la candidatura de Cristina 2023.

La misa para Cristina en la Basílica de Luján logró conmover incluso la interna política de la Iglesia. El arzobispo de Mercedes, Jorge Scheinig, pidió disculpas al final del sermón “si metí la pata”, en relación a una misa que el intendente kirchnerista de Luján, Leonardo Boto, le había pedido y que terminó en una suerte de acto partidario cobijado por la Iglesia. De todos modos, siempre está el largo brazo del Papa Francisco, quien privilegia la relación con Cristina y que tuvo allí al referente Juan Grabois.

La cobertura religiosa es toda una herramienta estratégica para Cristina, cuando busca aprovechar el efecto de empatía que el intento de atentado pueda tener sobre el amplio sector de la sociedad que la rechaza. Aún en sus peores momento de relación con la Iglesia, el peronismo siempre echó mano al impacto del factor religioso. La transición de Eva Perón a Santa Evita, que Tomás Eloy Martínez reflejó en su extraordinaria novela, la inició el peronismo en el mismo momento en el que anunció su muerte. Como Jesucristo, Evita no murió: pasó a la inmortalidad.

El plan de gobierno de Firmenich

Cristina pulsa en estos días esos factores emocionales, con los que logra recuperar el liderazgo completo de los peronistas que están en el Frente de Todos. Ningún gobernador, ningún intendente, ningún sindicalista se anima a hacerle frente. En la retaguardia del reclamo de las banderas y los símbolos peronistas quedan quienes están fuera del Frente de Todos y forman parte del armado opositor. Es aún un capital electoral.

“Cristina se acerca a Perón porque necesita los votos”, explicaba el ex embajador Ramón Puerta en una entrevista por CNN Radio. El misionero, que fue presidente por cuarenta y ocho horas tormentosas en el final del 2001, acusa al kirchnerismo de ser okupas del peronismo y castiga al Presidente, a quien le retira la categoría de peronista con una alegoría risueña. “Alberto tiene el traje de Alfonsín, los bigotes de Alfonsín y está acompañado por (Leopoldo) Moreau; es un presidente radical”, lo fastidia, como si el peronismo fuese una garantía de buena administración.

Mientras Massa intenta ponerse en Washington el disfraz de James Baker III, en la Argentina, Cristina sigue echándole combustible a iniciativas como las de la ley del odio y no descarta incluso cambiar las reglas de juego electorales amenazando con una suspensión de las PASO si las circunstancias la favorecieran. Son señales que tienen más familiaridad con las herramientas que fue acumulando el chavismo para resistir en el poder que con el regreso de izquierda light que promueve Lula en Brasil.

A tono con el zigzag ideológico en la trayectoria del peronismo, Cristina se reúne un día con la Jefa del Comando Sur del Ejército de EE.UU., la generala Laura Richardson, y al otro se recuesta sobre los sectores peronistas que se quedaron más atrasados en la interpretación de la historia reciente. Una de las personas que más escucha en este tiempo la Vicepresidenta es el dirigente Jorge “El Topo” Devoto, amigo histórico de la familia, ex montonero, exiliado en Suecia y productor de la película sobre la vida de Néstor Kirchner, de la que prefirió despegarse el director Adrián Caetano por considerarla demasiado militante.

La regresión al pasado es un síntoma de estos días sin tregua. Poco favor le hizo a Cristina la reaparición de otro montonero, en este caso el de Mario Firmenich, quien advirtió en una columna escrita para una agencia de noticias kirchnerista que el ataque a la Vicepresidenta es “una provocación terrorista para la guerra civil”. Palabras llamativas en boca de alguien que fue condenado (e indultado) por asesinatos y secuestros en la década del ‘70.

Firmenich vive en Barcelona y entre las muchas ideas que desarrolla no está la de la autocrítica. En cambio, se permite algunas sugerencias para el gobierno actual. Retirar a la Argentina del FMI, crear una nueva moneda, prohibir el dólar y también la libre entrada y salida del país de los capitales financieros. Todo un desafío para el James Baker argentino.

Más inquietante que eso. Firmenich plantea que la Constitución Nacional “no es suficiente”. Y que la democracia del siglo XXI debe acabar con el monopolio de “una clase política que pueda traicionar a sus votantes”. Por eso, sugiere avanzar hacia una democracia plebiscitaria, con restricciones para la selección de jueces, y ampliación de la Corte Suprema con carácter federal.

Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

Firmenich, al fin y al cabo, tiene la enorme fortuna de estar vivo y de que las mismas democracias liberales que él condena le permitan decir las barbaridades que se le ocurran. A riesgo, incluso, de que algunos lo puedan tomar en serio.

Fernando González

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