Lunes, 26 Septiembre 2022 08:40

Un gobierno desarticulado y desconectado de la sociedad - Por Sergio Crivelli

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Cristina Kirchner, Alberto Fernández y Sergio Massa tienen intereses y objetivos diferentes, lo que deriva en una gestión inconexa y con pocas chances de encontrar una salida a la crisis. 

Con el ingreso de Sergio Massa al gabinete el gobierno del Frente de Todos acentuó sus rasgos más típicos: la gestión incoherente e inoperante para resolver o al menos atenuar la grave crisis económica y social. 

Esto es consecuencia de que el presidente, la vice y el ministro de Economía tienen objetivos diferentes y agendas propias, en algunos casos, antagónicas. El loteo del poder ha resultado disfuncional. En este marco el mudo forcejeo entre el presidente y su ministro de Economía resultaría hasta cómico si sus consecuencias no fueran tan nocivas.

El ministro concurrió al FMI para conseguir una dispensa del organismo y se entrevistó con la directora, Cristalina Georgieva, y la titular del Tesoro, Janet Yellen. Logró su propósito y la gira lo consolidó como el hombre de diálogo con los Estados Unidos, país clave para que la Argentina no caiga en otro default.

Tras él fue Alberto Fernández en una patética actitud de emulación y de esfuerzo para no perder protagonismo. Viajó con séquito numeroso y se lo vio satisfecho de su foto-oportunidad con Georgieva a la que muy poco o nada tenía para aportar.

Acto seguido criticó en la ONU el bloqueo a las dictaduras venezolana y cubana, enfrentadas con los Estados Unidos en una muestra de incoherencia y de un chavismo de salón que puso en evidencia una vez más que la política exterior argentina es muchas veces hija del azar de las circunstancias.

También incluyó en su discurso el atentado contra Cristina Kirchner, muestra de solidaridad que ésta ignoró olímpicamente. Sus mejores esfuerzos de adulación, fracasados. Ni en la competencia con Massa, ni en los intentos de acercamiento a la vice, el excluido presidente tuvo el menor éxito, lo que para él constituye a esta altura una costumbre arraigada.

Pero todavía es capaz de generar cortocircuitos. Al incorporarse al gabinete, Massa había reclamado la conducción del Banco Central, pero le fue negada. Fernández en acuerdo con la vice lo privó de ese enclave decisivo y ratificó en el cargo a un hombre propio: Miguel Pesce.

Esa decisión demostró rápidamente no ser neutra y que a Fernández todavía le queda poder de daño.

Massa había concedido un dólar/soja a $200 para que los productores comenzaran a liquidar stocks retenidos. La estrategia funcionó en su primera parte, pero el lunes por decisión del Banco Central se prohibió comprar dólares libres a los chacareros que habían recibido el beneficio cambiario.

La sensación de una monumental estafa generó la reacción de todo el sector. Rápidamente el secretario de Agricultura aclaró que esa restricción no afectaría a los chacareros, pero finalmente se impuso la prohibición para las personas jurídicas. Un empate en el forcejeo por el poder.

Más que un paso adelante y otro para atrás el episodio puso en escena una interna en la que el presidente y el ministro de Economía tienen objetivos diferentes. Cualquiera sea el resultado, la pérdida de confianza (la poca o casi nula que le queda a esta altura al gobierno) es irreparable.

Además, Pesce ya había encarecido el crédito al sector, lo que revela la mala disposición del gobierno con uno de los pocos actores económicos de los que Massa depende para proveerse de dólares y recomponer las reservas, objetivo este último al que se comprometió ante el FMI.

Al margen de la disputa entre presidente y ministro, la vicepresidenta tiene un solo objetivo prioritario: zafar de su compleja situación penal. Aplica toda su energía a librarse de la causa vialidad con dos consecuencias negativas: genera una fuerte perturbación institucional en medio de la crisis económica y no registra otra existencia que la suya propia.

De ahí su aislamiento y su desconexión con la sociedad. Se rodea de abogados e incondicionales que la consideran objeto de devoción. Ella los llama militantes.

También se dedica a emprender cruzadas con el fin de amedrentar a los magistrados judiciales con amenazas directas como la que hizo anteayer contra los fiscales Diego Luciani y Sergio Mola que pidieron una pena de doce años de prisión para ella. O indirectas como el haber hecho aprobar en el Senado un disparatado proyecto de reforma de la Corte Suprema para demostrar que su poder sigue intacto, aunque la iniciativa difícilmente prospere. Está claro que no dispone de la capacidad de fuego necesaria para llenar de jueces K el tribunal.

Ese gran despropósito también conspira contra la tarea de Massa de llegar a las presidenciales, porque en última instancia el problema es económico sólo en la superficie. El mayor obstáculo para que el peronismo encuentre una salida a la crisis es la falta de un liderazgo que ordene el poder y encamine la gestión.

Sergio Crivelli   
Twitter: @CrivelliSergio

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