Martes, 03 Marzo 2020 21:00

De la búsqueda de un Estado benefactor, al logro de un Estado que no deja crecer - Por Castor López

Escrito por Castor López

Las políticas públicas a aplicar deberían incentivar a la inversión, para mejorar la productividad y la competitividad

 

Nuestro país enfrenta actualmente un desafío muy severo y muy complejo. Nunca terminal porque la decadencia gradual no parece encontrar “un piso” sino “escalones descendentes” que atenúan la percepción de la gravedad.

Llevamos una década de estancamiento económico. El PIB del último trimestre del año pasado resultó, en términos reales, inferior al del igual periodo del año 2011. Ello, a su vez, es el lógico resultado de una persistente decadencia de varias décadas anteriores, que ya incluye casi las últimas 4 en democracia.

Un estancamiento económico del que es cada vez más imperioso emerger para impedir una aún mayor descomposición social. El grave estado de situación exige, además, la condición de una convergencia del crecimiento económico con la creación del empleo productivo y formal. Es, concretamente, lo que nuestra dirigencia política se estima requiere, cuando demanda la “inclusión” en una política económica.

El "reencendido" de la economía argentina exige que la inversión reproductiva y la exportación crezcan a tasas anuales mayores que el consumo interno durante, al menos, la próxima década. Ello no significa que el consumo no crezca. Por el contrario, se trata de una ineludible condición que le asegura al consumo un crecimiento sostenible en el mediano plazo.

Las políticas públicas a aplicar deberían incentivar a la inversión, para mejorar la productividad y la competitividad. La productividad es, también concretamente, el continuo disminuir de los costos y el incrementar los rendimientos. Y la competitividad es resultar productivo en términos relativos al mundo. Allí es donde un adecuado tipo de cambio juega un rol determinante.

Para incrementar las exportaciones debemos diversificar y sofisticar nuestra producción, ampliar los acuerdos de preferencia comercial con los diversos bloques de países del mundo e insertarnos en las cadenas globales de valor económico, incluso en el actual contexto de una creciente y generalizada prevención comercial mundial.

La tarea interna, previa y pendiente, de nuestra dirigencia política es la de acordar el resignar el, siempre muy atractivo, oportunismo político, que se practica mayormente desde la oposición, en unas pocas, pero fundamentales, condiciones no ideológicas del crecimiento económico, muy especialmente en la necesidad de nuestro país de contar con una macroeconomía ordenada y estable.

La dirigencia política de nuestro país no puede continuar, cual un alquimista tozudamente fallido, tratando de eludir tres principios económicos fundamentales:

  • 1 - La restricción presupuestaria del sector público. El gobierno no puede gastar más de lo que recauda por los impuestos, de lo que obtiene de los préstamos y de las eventuales ventas de sus activos. A todos y cada uno de estos instrumentos lo practicamos con una obstinada desmesura, e incluso adicionando una práctica abusiva del “señoreaje” del dinero, lo que derivó en la pasada hiperinflación y en la estanflación actual.

  • 2 - El inexorable dilema de los efectos deseados y de los simultáneamente efectos no deseados, que toda acción de política económica genera. Todo lo que hagamos en pos de más eficiencia relativa tendrá, necesariamente, costos en términos de equidad y viceversa.

  • 3 - El no comprender que el grado de “desarrollo político” también forma parte del “equilibrio general” en el que siempre se asienta una economía. Y, siendo actualmente el estado argentino la organización de mayor cuantía de la economía nacional, la responsabilidad pública resulta central para las performances de la economía del país en su conjunto.

Desde la post crisis del año 2001 y hasta los años 2015/16 el gasto público creció alrededor de 15 puntos porcentuales del PIB. Pasó de un promedio histórico de menos del 30% a casi el 45% del PIB. Al incremento lo explican 3 porciones similares de aproximadamente 5 puntos porcentuales cada uno: más jubilados (sin que la población sea aún envejecida), más transferencias (subsidios) y más salarios.

Al margen del debate del tamaño óptimo del Estado, la irresponsabilidad de no haber incluido, al menos en alguna porción, en el desmesurado incremento del gasto público, a las inversiones públicas en más infraestructura física de la energía, del transporte, de las comunicaciones, etc., resultó determinante para el actual estancamiento económico.

Al desatino del gasto público, le sumamos, cuál una “doble traba” al crecimiento económico, con un tercio (un 12% del PIB) del financiamiento del Estado con impuestos que impactan negativamente, ya sea en la inversión, en el empleo formal, en la producción, en la competitividad y en las exportaciones. Son los gravámenes llamados “distorsivos”.

Así, aun cuando logremos el equilibrio fiscal, en ese muy elevado nivel relativo de gasto y de ingresos públicos, ambos de muy baja calidad en los referidos términos de incentivos a la inversión, la producción, el empleo y la exportación, el resultado será estacionario en cuanto a que pueda resultar una plataforma macroeconómica adecuada para el "reencendido" de la producción argentina.

Porque con más del 65% del gasto público en jubilaciones, transferencias y salarios, todo ello procíclico, el Estado no tiene la capacidad suficiente para generar una reactivación económica sostenible, que exceda a un incremento de consumo interno de corto plazo. A su vez, el referido equilibrio fiscal impone al sector privado formal una muy elevada presión impositiva, que también le impide ser el agente del ansiado “reencendido” de la economía. Esa es la actual “trampa argentina” de estancamiento económico, en la que nos metimos solos.

En muy pocos países, la obstinada y persistente búsqueda de la quimera de los derechos sin las responsabilidades, mediante un estado benefactor, ha transformado a la frase de "trabajarán según sus capacidades y recibirán según sus necesidades" en un estado imposibilitador del crecimiento económico, al que le seguimos solicitando todo y, simultáneamente, repudiando la búsqueda de su eficiencia.

Castor López

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