Domingo, 01 Agosto 2021 10:22

El distribucionismo proselitista - Por Omar López Mato

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Es casi un lugar común repetir la frase de Winston Churchill, que la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre con excepción de todos los demás.

 

Cuando lo dijo, la democracia del voto popular, secreto y universal, sin restricciones y sin ser comprado (al menos abiertamente), apenas llevaba treinta años. Antes del 1900 no todos podían votar (el voto femenino recién era permitido en algunos países y demoraría más de una década en institucionalizarse) y era común la práctica de comprar el voto por efectivo, a punto tal que los norteamericanos lo llamaban el “5 dollar vote” como lo explicó Carlos Pellegrini en su último discurso.

 

El mismo Churchill hizo, a lo largo de su vida, algunos comentarios sobre la democracia que demostraban un curioso escepticismo sobre las virtudes del voto popular. Alguna vez dijo, con un dejo de ironía, que el mejor argumento contra la democracia “eran 5 minutos de conversación con el votante medio”.

Evidentemente basaba esta expresión en la afirmación de Carlyle: “No creo en la sabiduría colectiva de la ignorancia individual”. Hoy día frases como estas le costarían la elección a cualquier político que se atreviese a expresarlas.

En la actualidad sabemos que la democracia no es la solución a todos los problemas, ni garantiza que no los haya. Tampoco sus premisas evitan que se dañen las instituciones democráticas.

Bernard Shaw ironizaba que, a través del voto, “no somos gobernados mejor de lo que nos merecemos”. Haciendo alarde de su proverbial sarcasmo sostenía que la democracia “sustituye al nombramiento de una minoría corrupta, por la elección hecha a merced de una mayoría incompetente”. De esta forma cada hombre puede terminar convirtiéndose en opresor de sí mismo o de ser “el esclavo de todos”, tal cual creía Karl Krause (mentor de nuestro Hipólito Yrigoyen).

POLEMICA

El mismo Aristóteles sostenía que la peor forma de desigualdad “es tratar de hacer que las cosas desiguales sean iguales”. Jorge Luis Borges gustaba describir a la democracia como una superstición muy difundida que implicaba “el abuso de la estadística”. Como consecuencia de tal abuso, los líderes han dejado de conducir al pueblo con sus ideas, para someterse a la dictadura de las encuestas. Una medida que no sea del gusto de la mayoría, por más necesaria que fuera, no va a lograr imponerse e irá contra los intereses de continuidad en el poder de aquel que la sostenga.

Perder una elección es vista como un fracaso y un castigo, aunque la base de la democracia es la alternancia. La permanencia en el poder de sus autoridades la convierte en una monarquía, razón por la cual Washington rechazó un tercer periodo como presidente. Acá, sin embargo, la reelección y la rere y la rerere es la norma en algunas provincias. No comprenden que la permanencia en el poder atenta contra la libre expresión de los ciudadanos.

En esta capacidad de expresar opiniones contrarias está la mayor virtud del sistema democrático, que necesita de otras virtudes como la honestidad, inteligencia y tolerancia para que no vaya contra la libertad, el progreso y la justicia. Como sabemos que las virtudes son dones escasos, también es muy probable que NO se logren sus objetivos.

A eso debemos agregar la necesidad (imperiosa para algunos políticos) de ganar las elecciones, un objetivo que Clemenceau, el político francés que condujo los destinos de Francia durante la Primera Guerra, creía que atentaba contra la efectividad de la misma democracia.

Ganando una votación la mayoría se cree con el derecho de “oprimir” a la minoría, aunque su victoria sea por un voto. Tras esta creencia se esconde “la arrogancia fatal” de imaginar que la mayoría hace siempre lo correcto, como suelen afirmar los demagogos. Vale señalar que Aristóteles sostenía que la corrupción de una democracia es la demagogia.

De allí que la cura a la democracia no siempre pasa “por más democracia” como opinaba Alfred Emanuel Smith, sino por la coexistencia con principios republicanos. El concepto republicano, muchas veces erróneamente dado como sinónimo de democracia, es la atención a la voz de las minorías.

No podemos creer en la arrogancia fatal de la infalibilidad de las mayorías, como no podemos creer en los iluminados autocráticos, por más que accedan al poder por medio de las urnas.

CRISIS

La crisis de la democracia es una crisis de representatividad que ha sustituido la figura del ciudadano por la del consumidor quien, como tal, “compra” candidatos como si se tratasen de heladeras. Todo se vende, todo se compra y la política se convierte en un bazar donde se engaña al cliente con espejitos de colores.

En el fondo, este concepto mercantilista de la política guarda un profundo desprecio por el ciudadano, quien se convierte en un idiota maleable, un tonto al que se le conduce de las narices y al que es necesario alimentar, cada tanto, con las sobras del banquete.

A este fenómeno prebendario lo podríamos llamar distribucionismo proselitista. Ya no hacen falta los 5 dólares para comprar su voto. Se necesita más y cada vez más dinero que sale de la opresión impositiva. Este mecanismo poco virtuoso tiene la ventaja para la intermediación política de ser su fuente inagotable de divisas. A más presión, más dinero y más posibilidades de recaudación espúrea.

El republicanismo acude en rescate de una democracia menospreciada por años de fracasos institucionales, enviciada por el mercantilismo de sus políticos, vendidos sus principios en el resbaladizo terreno del consumismo prebendario, donde la hipocresía es la moneda corriente, el doble discurso el modus operandi y la desmemoria el mecanismo intrínseco de su prédica.

Lincoln decía que se puede engañar a algunos por un tiempo, pero no a todos siempre. Y Lincoln, valga recordar, era un republicano, un amante de la representatividad como base de un gobierno, donde el voto les concedía a los gobernantes la potestad de elegir los medios idóneos para conducir al bien común, con el mandato de discutir con los demás representantes la mejor forma de preservar los valores intrínsecos de las instituciones.

De allí que vale concluir con un concepto vertido por nuestro Juan Bautista Alberdi, aquel que creó las bases de nuestra constitución: “La ignorancia no discierne, busca un tribuno y busca un tirano. La miseria no delibera, se vende. Alejar al sufragio de las manos de la ignorancia y de la indigencia es asegurar la pureza y acierto de su ejercicio. Algunos dirán que es antidemocrático pero la democracia, tal como ha sido ejercida hasta ahora, nos ha llevado a este triste destino”.

Y este destino aciago se repite cuando se abusa de la democracia y se pretende instaurar al pobrismo para perpetuar a demagogos corruptos. Aristóteles nos advertía hace dos mil quinientos años: “Las polis degeneran en democracias y las democracias degeneran en despotismos”. Y aún nos cuesta entenderlo.

Omar López Mato

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