Viernes, 12 Noviembre 2021 11:39

La dictadura digital - Por Omar López Mato

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Al contrario del cantito setentoso que proclamaba el fin de la dictadura militar, la dictadura digital ha llegado para quedarse. Si bien hace años que evoluciona insidiosamente en muchos ámbitos, como el bancarios e impositivos, desde el inicio de esta pandemia, la dictadura ha cerrado filas e invadido todos los aspectos de nuestra vida.

 

Arma predilecta del burócrata, todo acto, procedimiento, formulario o declaración, es derivada por el amanuense de turno a “La página”. Vaya a la página, nos repiten con la convicción de un oficial de la SS que nos conduce a un oscuro campo de trabajo. La página – o páginas para el caso –, tienen reminiscencias del Castillo kafkiano, de laberintos donde el Minotauro nos espera en cada esquina o donde el Pac-Man nos devora con fruición. En esta página se cifran nuestras esperanzas y, a su vez, los temores más temidos. ¿Qué pasa si nos extraviamos y terminan nuestros ahorros en cuentas ajenas? ¿Qué pasa si al presionar el botón equivocado se borra nuestra identidad y nos convertimos en parias digitales, sin país, ni destino, en un limbo entre dos nadas?

Ya al abrir algunas de estas páginas encontramos una cantidad de opciones que nos abruman (en un caso en particular debí enfrentar 124 opciones). Si podemos sortear el comienzo, habrá un momento inexorable en que, por causas misteriosas (a las que no somos ajenas), el trámite se traba, no avanza, o no podemos pasar al próximo paso, como en el Juego de la Oca. Probamos una y otra vez distintas variables o (lo que es más tonto, las mismas variables) ... y nada. Estamos varados en el cyber-espacio, empantanados en algún circuito recóndito. Ese es el momento en que nuestro orgullo se encuentra en su punto más bajo, cuando nuestro amor propio es un harapo. Allí es cuando pedimos socorro. S.O.S. ¡Ignorante digital! se escribe en nuestra frente ... Entonces es que las personas más jóvenes, generalmente nuestros hijos, nacidos en tierras digitales (de allí el nombre de nativos), vienen en nuestra ayuda infligiéndonos una nueva herida narcisista, porque resuelven el escollo insoluble en escasos segundos. Y para colmo, nos regalan un gesto de suficiencia y un par de palmaditas en el hombro, acrecentando nuestra desazón. Nos consuela saber que al menos hemos aprendido algo y que seguramente nuestra próxima performance estará a la altura de las circunstancias.

El mundo, como nos advirtió el tango, es cruel y es vasto, casi infinito, circunstancia que nos garantiza idéntica cantidad de tropiezos, y un espacio enorme donde seguir luciendo nuestra ignorancia y ejercitando nuestra humildad.

Cada día somos más los que extrañamos el lápiz y el papel, cuando todo se resolvía llenando cuadraditos, cuando las respuestas estaban tangibles en pasta de celulosa procesada, en blanco y negro, con tachaduras y enmiendas, o disponíamos de alguien a quien preguntar y éste respondía (de mejor o peor modo, pero respondía). O alguien que contesta del otro lado de la línea, después de haber discado 32 opciones y encontrarse con que la operadora está ocupada, que llame más tarde, que hay vida en marte, o que terminamos en algún agujero negro que habrá de digerirnos y escupir nuestros huesos, como los ogros de los cuentos infantiles.

Mis ancestros manejaron el mismo arado por toda su vida. Ellos y sus abuelos y los abuelos de sus abuelos. Mis padres usaron el mismo sistema contable de Luca Pacioli, y yo comencé hace 40 años con una Commodore 64 y un celular grande como un ladrillo, y desde entonces evolucionamos en forma vertiginosa cambian de versión operativa como de calzoncillos.

Hoy estoy en uno de esos días en los que me quiero bajar del mundo, como decía la inefable Mafalda, de este carrusel gigante que gira sin parar y no nos da tiempo de sacarnos la sortija. Pero sé que mañana será otro día, y habrá otra “página” que llenar, y con renovado ímpetu habré de encarar la tarea con ánimo quijotesco, peleando contra molinos de viento y circuitos encriptados, en otro desafío de la dictadura digital.

Omar López Mato

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