Miércoles, 17 Noviembre 2021 10:50

Derrotas triunfales - Por Omar López Mato

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El general Facundo Quiroga huyó con lo puesto después de ser derrotado en Oncativo por la implacable maquinaria bélica del general Paz. En pocas horas el ejército de Facundo fue pulverizado.

 

Aquejado por un insidioso reumatismo que lo tenía a maltraer, Quiroga decidió dirigirse a Buenos Aires con lo que quedaba de su escolta personal. El desaliento desdibujaba el rostro del Tigre de los Llanos, el guerrero indomable que había caído bajo el metódico accionar del manco Paz, ese ajedrecista de la estrategia. 

Pensando que un incómodo silencio habría de recibirlo en las calles vacías de Buenos Aires, para su sorpresa hubo una apoteótica recepción que incluía fuegos de artificio, bandas, aplausos y los infaltables ¡Viva la federación!, que acompañaron su entrada a la ciudad porteña, aclamado como un general victorioso que recorría esta Roma criolla, saludado por la plebe al paso de la cuadriga vencedora.

En un primer momento el asombrado Facundo guardó silencio. Era una situación embarazosa, un error involuntario. Él era el derrotado, sus partes habían sido muy claros, Paz lo había vencido con sus mañas de estratega. El asombro se transformó en ira. Todo era una burla, un mal chiste, una broma cruel. Si, se estaban burlando de su dolor y su orgullo mancillado. En un momento pensó en desenvainar su sable y a los gritos reducir tanta algarabía. Trató de hablar con algún oficial para aclarar el tema, pero nadie parecía estar muy al tanto de la verdad. Fue entonces cuando cayó el velo que cubría su entendimiento: la verdad no es la que acontece sino la que se cuenta. Facundo había sido derrotado en un paraje lejano, eso lo sabía él, pero no todo el mundo debía verlo de esa forma, ni enterarse. Y para cuando lo supieran, ya el efecto habría pasado, otro acontecimiento (quizás una victoria) enterraría el desastre. La historia puede no ser la crónica de lo acontecido sino el relato mejor contado.

LAS CUERDAS DEL ALMA

En su extravío, Quiroga pensó que Rosas podía ser un estratega más peligroso que Paz, porque uno no se batía en batallas con sus soldados, mientras que don Juan Manuel manejaba las cuerdas del alma humana, esas corrientes insondables de grandezas y bajezas, mezquindades y noblezas que Rosas sabía conducir como a un potro amansado.

Desde siempre, quien maneja la información es el dueño de la política, sea verdadera o falsa. Los gobiernos, y especialmente los de corte populista, lo saben desde siempre y manejan la información sabiendo que su electorado o gran parte del mismo, responden a mensajes emocionales, donde la lógica o la verdad no tienen mucho que ver. Saben que habrá fanáticos, hipolúcidos e incautos que avalarán cualquier dicho, por más disparatado o mendaz que fuera. Y si así no puede ser, la fuerza del dinero se impone a la razón.

En última instancia, estamos ante una democracia del desprecio, seguidora de la prédica de Goebbels, que aconsejaba que cualquier discurso debe estar destinado a los integrantes de menor capacidad intelectual del grupo al que esté dirigida la prédica. Y el lenguaje político, sostenía George Orwell está diseñado para hacer que las mentiras suenen cómo verdades y el asesinato parezca un acto respetable.

Omar López Mato

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