Viernes, 03 Diciembre 2021 11:19

El apocalipsis de la caída del sistema - Por Omar López Mato

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Vivimos en una época apocalíptica. El fin de los tiempos se avecina. Pandemias, plagas, sequías, asteroides amenazantes, políticas rampantes, criptomonedas esquivas (ya de por sí la palabra cripto tiene reminiscencias tenebrosas), cambio climático y pronósticos de millonarios predicen la llegada del fin de los tiempos.

 

Entre tantas expresiones que parecen conducirnos a ese fin inexorable, hay una que crea alarma y desazón, esa frase tan temida que nos augura lo peor: Se cayó el sistema. Por nuestras cabezas pasan escenas dantescas, el colapso de castillos asediados por barbaros, la imagen de las Torres Gemelas, la caída de Constantinopla. 

Nuestra imaginación vuela del tenebroso medioevo a las penumbras primitivas. ¿Qué será de nosotros sin el sistema? ¿Podrá subsistir la humanidad sin el sistema?

Frase preferida de los bancos, al escucharla de un oficial de cuentas un frío sudor corre por nuestra espalda al imaginarnos que nuestros ahorros se volatilizan, o penetran las insondables profundidades del agujero negro financiero, donde los billetes se convierten en carbono e hidrógeno (como en el caso de los pesos argentinos).

INFINITA RED DE CABLES

El sistema se ha caído. ¿Qué es el sistema? Imaginamos una infinita red de cables monocromos, conectados entre sí en intrincados circuitos creados por brillantes mentes perversas, mefistofélicos científicos abocados a perturbar nuestras apacibles existencias, que eran bucólicas antes de la aparición del sistema, una especie de dios pagano al que rendimos pleitesía y cada tanto, debemos sacrificar tiempo y dinero en su altar que exige, al igual que los sacerdotes mayas, el corazón de sus víctimas inmoladas.

Todos estos pensamientos lúgubres sobre la llegada del Armagedón cibernético se esfuman cuando se encienden las luces de la computadora, los números se ordenan en nuestra cuenta o los saldos se acreditan en las empresas, aunque semejante noticia nos deje ese sabor amargo en la boca, ese sudor en las manos, esa certeza incierta que esta no es la última vez que el sistema caerá.

Junto a frases como "ponga su contraseña'' (que ya son tantas que ni idea de cual usamos, más allá de la consabida de nuestro cumpleaños), o lo que es peor "ponga su nueva contraseña'' (consigna que nos invita a ser inventivos, aunque nuestra desmemoria juega en contra) o "ponga su número de tarjeta de crédito (frase que evoca inmediatamente a hackers codiciosos sentados en poltronas comiendo palomitas de maíz en reconditos países atrás de la ex cortina de hierro ) y la última y más aterradora "espere que será atendida'' ,por quien sabe quién ni cuándo ,lo que garantiza minutos y horas de escuchar Para Elisa en versión para xilofón.

EL FIN DE LOS TIEMPOS

Desde que el hombre es hombre siempre ha especulado con el fin de los tiempos, los adivinos aventuran fechas posibles en mensajes crípticos, y los milenaristas van un paso más allá y ponen día y hora a la segunda llegada del Señor quien (hasta el momento) no se ha dignado volver.

Desde Sodoma y Gomorra creemos que nuestros excesos nos granjean un merecido castigo y la extinción de seres tan viles pululando por el planeta. En los últimos años parece que el Apocalipsis es una meta buscada por nosotros, una especie de suicidio en masa por agotar al planeta e irritar a su clima con tóxicos y gases. Todo el planeta parece sostenido por tenues hilos, sutiles conexiones e inestables equilibrios, que rompemos con la escasa elegancia de un elefante en un bazar.

Por eso, esta frase, estas tres palabras encierran al infierno tan temido, la pérdida inexorable de una red inasible de contención, que asegura una certeza (frágil, inestable y casi siempre inexistente) en la que depositamos nuestras esperanzas.

El sistema ha caído y aunque por experiencia sabemos que tarde o temprano rebrota como el ave fénix, en nuestro fuero más íntimo sabemos (o creemos saber. ¿o deseamos?) que un día puede que el sistema no se levante, y los cuatro jinetes siembren la destrucción final.

Omar López Mato

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