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La ciudad-estado asiática, muy alabada por su gestión de la epidemia de coronavirus, había resistido más de dos meses con medidas laxas.

«Ningún hombre es una isla», reza el poema de John Donne, y, en época de pandemia, tampoco lo es ningún país. Singapur, referente por ser uno de los pocos estados inicialmente capaces de frenar la curva de contagios sin recurrir a las draconianas medidas que han confinado a un tercio de la humanidad, ha dejado de ser una excepción.

La ciudad-estado asiática, plaza financiera regional, ha impuesto durante un mes un semicierre nacional bautizado como ‘circuit breaker’ (cortacircuitos). En argot bursátil, el bloqueo temporal de las transacciones cuando hay riesgo de ventas masivas movidas por el pánico.

Si el riesgo en este caso son las crecientes infecciones —1.623 hasta el 8 de abril—, el pánico es que las transmisiones queden fuera de control. Ese es el escenario bajo el que la isla, de apenas 5,7 millones de habitantes, contemplaría decretar la alerta roja por el impacto de la pandemia. De momento, pese al rápido incremento de contagios, que se han duplicado en menos de dos semanas, se resiste a hacerlo. Singapur mantiene aún la alerta naranja -la segunda más grave-, recurriendo a circunloquios para referirse al cierre parcial del país.

“En vez de prestar atención a la palabra cierre o bloqueo, que significa cosas muy diferentes para cada uno, centrémonos en las medidas”, aseguró el ministro de Desarrollo Nacional, Lawrence Wong, al anunciar el ‘circuit breaker’ el pasado viernes. No obstante, las nuevas restricciones coinciden con otras impuestas en muchos lugares del planeta en los que sí se habla claramente de cierre o confinamiento, tanto en los vecinos Malasia o Filipinas como en España u otros países de Europa.

Todo cerrado

Desde el miércoles, 8 de abril, y hasta el próximo 4 de mayo, todas las guarderías, colegios y universidades de Singapur permanecen cerrados. La mayoría de ciudadanos de esta cosmopolita nación, donde habitan más de un millón y medio de extranjeros, trabaja ya desde sus viviendas; solo los negocios esenciales, entre ellos supermercados, farmacias y bancos, permanecen abiertos. Los restaurantes, todavía operativos, únicamente pueden servir comida para llevar o a domicilio.

Las autoridades han urgido a la población a que permanezca en sus viviendas en todo momento, salvo para ir a comprar alimentos o hacer ejercicio, siempre y cuando lo hagan solos o en compañía exclusivamente de las personas con las que viven. El parlamento isleño ha aprobado una ley para impedir la socialización en la calle y la invitación a terceros a los hogares, so pena de severos castigos: multas de 10.000 dólares singapurenses (unos 6.500 euros) y hasta seis meses de cárcel por la primera ofensa.

El resultado es una imagen similar a la que se vive en tantas partes del mundo: calles vacías, establecimientos cerrados y con los rascacielos de la futurista isla más protagonistas que nunca del paisaje urbano. Una escena que, en Singapur, donde los casos habían subido gradualmente durante casi dos meses desde que se registró el primero el 23 de enero, resultaba marciana hasta hace poco.

“Hemos mantenido la epidemia bajo control”, aseguró el primer ministro, Lee Hsien Loong, en un discurso televisado el pasado viernes y pronunciado en inglés, chino y malayo, junto al tamil las cuatro lenguas oficiales del multirracial país. “Pero observando la tendencia, me preocupa que, a no ser que tomemos medidas más firmes, la situación vaya a peor, o un nuevo brote nos lleve al límite”, subrayó el dirigente, hijo del conocido como ‘padre’ de la patria, Lee Kuan Yew, quien convirtió la que hace un siglo no era más que una isla de pescadores en uno de los países con mayor renta per cápita del planeta.

¿Qué ha ocurrido, entonces, para que la nueva “tendencia” ponga a la próspera nación contra las cuerdas? “Muchos de los que han regresado recientemente del extranjero son muy jóvenes y podrían haber tenido síntomas muy ligeros de Covid-19 (la enfermedad provocada por el nuevo coronavirus), que quizás no se les ha detectado y han ido pasando a otros”, explica Ooi Eng Eong, subdirector del Programa de Enfermedades Infecciosas Emergentes de la Universidad Duke-NUS de Singapur.

Este departamento se encuentra detrás de hallazgos inéditos sobre el patógeno —un test serológico que detecta el coronavirus incluso en pacientes recuperados— y del desarrollo de una vacuna junto a la compañía biotecnológica estadounidense Arcturus Therapeutics.

El virus rebota en Europa

Como sugiere Ooi, esta segunda ola de casos en la isla ha tenido orígenes distintos a la primera: si los de enero y febrero mantenían normalmente vínculos con China, el foco original de la pandemia y el principal emisor de turistas de Singapur, en la actual muchas infecciones han sido importadas de Europa y EEUU. A medida que el coronavirus causaba estragos en esos países, miles de los cerca de 200.000 singapurenses que viven en el extranjero —muchos jóvenes estudiantes— regresaban a la isla. Algunos, enfermos. Algunos, sin síntomas detectables, apunta el experto en biología molecular.

Así, aunque las primeras infecciones fueron contenidas gracias en parte a que Singapur prohibiera rápidamente, a comienzos de febrero, la entrada a todos los pasajeros procedentes de China o que hubiesen estado allí en las últimas dos semanas —el supuesto periodo de incubación del virus—, la estrategia de cerrar fronteras no ha servido esta vez. Aislada prácticamente del mundo, pues desde finales de marzo la isla solo permite el regreso de singapurenses o residentes, el cerrojazo a sus confines ha llegado tarde. El enemigo ya estaba dentro: solo este miércoles, la ciudad-Estado reportó 142 nuevos casos, la cifra diaria más alta hasta la fecha.

Aparte de la crecida de contagios, uno de los principales problemas es que muchos de los nuevos casos, alrededor de la mitad según el día, no tienen vínculo con otros brotes ya detectados. El trazado de conexiones entre infecciones ha sido uno de los pilares de la estrategia de Singapur para cercar al virus: al establecerlas, la isla podía ir un paso por delante y localizar a posibles enfermos.

Gracias a su pequeño tamaño, un potente sistema de videovigilancia y al empleo de todo tipo de recursos, desde servicios tradicionales de detectives hasta sofisticadas aplicaciones tecnológicas de seguimiento —la llamada Trace Together (rastreemos juntos), de descarga voluntaria, registra a través de Bluetooth la distancia entre usuarios y la duración de sus encuentros—, cualquier ciudadano puede ser contactado de forma inesperada desde hace meses. Una voz al otro lado del teléfono corrobora si, en línea con las pesquisas, el “sospechoso” ha estado en el lugar donde se tiene constancia de que ha habido un infectado. De confirmarse, el posible contagiado queda obligado a aislarse en su vivienda durante dos semanas.

Del confinamiento selectivo y el cuasi espionaje, mejor tolerado en un país acostumbrado a que las libertades individuales se sacrifiquen en detrimento del bien colectivo —Singapur mantiene un férreo control sobre la prensa y permite escasas manifestaciones—, se ha pasado al aislamiento generalizado. Ooi considera que las medidas actuales no se deben a que “no haya suficientes recursos para mantener la estrategia previa, sino a que el número de casos sin vincular es mayor. La situación es más compleja, agravada por los contagios asintomáticos”, alerta.

No hay fórmula mágica

En cualquier caso, el experto cree que las nuevas medidas han llegado a tiempo. Singapur, cuyo exhaustivo trabajo en detectar los casos de coronavirus “impresionó” al director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, tiene aún capacidad hospitalaria y una cifra muy baja de fallecidos (seis por el momento).

Cuando España decretó el estado de emergencia el 14 de marzo, el Ministerio de Sanidad daba cuenta de 120 fallecidos y 4.231 infectados, cerca de 3.000 en Madrid, con una población más similar a la de Singapur, de apenas un millón más de habitantes (6,6 en toda la Comunidad).

Pero Singapur también cuenta con mucha más experiencia que España, en este caso, para gestionar la epidemia. Al igual que otros lugares de Asia que han capeado con cierto éxito la embestida del coronavirus, entre ellos Corea del Sur, Taiwán o Hong Kong, la isla tiene aún muy presente la experiencia del SARS (síndrome respiratorio agudo grave). Surgido en 2003 y provocado por otro coronavirus, la enfermedad afectó a unas 8.000 personas de 26 países, frente a las más de 175 naciones por las que se ha propagado la Covid-19.

“El brote está evolucionando rápidamente y el Gobierno, que aprendió las lecciones del SARS —que dejó más de 200 infectados y 33 muertos en Singapur— ha hecho un gran trabajo tomando medidas que evolucionan con el progreso de la epidemia”, subraya Wang Linfa, el director del Programa de Enfermedades Infecciosas Emergentes de Duke-NUS.

La experiencia sirvió a Singapur para anticipar la importancia de los test de detección y disponer de suficientes, a diferencia de lo ocurrido en otros países. Pero no ha librado a la isla de verse retada por una enfermedad todavía muy desconocida que, aunque menos mortal que el SARS, se propaga más fácilmente: si hace un mes un brote incontrolado resultaba poco previsible, como coincidían expertos del país, cada vez resulta más plausible.

Solo entre los trabajadores inmigrantes, típicamente obreros de construcción procedentes del sur de Asia, ha habido más de 100 contagios, a raíz de los cuales casi 20.000 han quedado confinados en dormitorios calificados de insalubres por sus ocupantes. La situación es una bomba de relojería, advierten desde algunos sectores.

Pese a reunir en principio las condiciones ideales para frenar la enfermedad —experiencia, recursos médicos y tecnológicos y condiciones demográficas favorables—, el país tiene aún un largo camino por recorrer. Singapur, una democracia sobre el papel pese a haber sido únicamente gobernada por el Partido de Acción Popular (PAP) desde su independencia de Malasia en 1965, combate el virus mientras trata de mantener la economía a flote.

El pasado mes, la isla, sin más recursos que los humanos y muy dependiente de las exportaciones, redujo su previsión de crecimiento anual a un rango entre el -4% y el -1%, frente al pronóstico del -0.5%/ 1.5% anterior. Su aeropuerto, uno de los más transitados de Asia, ha decidido cerrar una de sus cuatro terminales durante dieciocho meses de cara a la menguante demanda.

Aunque las previsiones no incitan al optimismo, Singapur espera que las próximas cuatro semanas desemboquen en una situación más “sostenible”, tal y como confió su primer ministro al decretar las nuevas medidas. El país espera evitar así la alerta roja y un cierre más radical, con la mirada puesta también en unas elecciones que, como tarde, han de celebrarse en abril de 2021. Ooi prevé que el regreso a la normalidad será también paulatino.

“Sospecho que no volveremos ipso facto al punto en el que estábamos la semana pasada, la reapertura se hará en fases”, asegura. Si se puede extraer alguna lección del caso de Singapur, añade el experto, es que “no existe la fórmula mágica” contra el coronavirus. Y que no se puede bajar la guardia.

“Cuando pase la tormenta y la situación esté más controlada, hay que continuar impulsando un programa de detección muy activo hasta que haya una vacuna disponible en el mercado”, concluye.

Fuente: www.conclusion.com.ar

 

Lanzó otro mensaje a la ciudadanía, el tercero ya desde el comienzo de la crisis sanitaria, en un intento de infundir confianza a la población y pedir paciencia y disciplina para soportar el confinamiento.

En el marco de una nueva videoconferencia con ministros y gobernadores regionales, el presidente Vladímir Putin lanzó ayer otro mensaje a la ciudadanía, el tercero ya desde el comienzo de la crisis sanitaria, en un intento de infundir confianza a la población y pedir paciencia y disciplina para soportar el confinamiento. “Todo pasa y queda atrás, esto también pasará (...) derrotaremos está infección del coronavirus, juntos superaremos todo», proclamó Putin al final de su alocución.

Pero antes anunció un nuevo paquete de ayudas y ordenó al Gobierno y a las administraciones locales canalizarlas. «Vamos apoyar a los sectores de la economía afectados por la crisis sanitaria, al mercado laboral y al sistema sanitario», declaró el primer mandatario ruso telemáticamente, parapetado en la soledad en su residencia de Novo-Ogariovo, en las afueras de Moscú.

La nuevas medidas incluyen una subida del salario y de los complementos para los empleados del sector sanitario que luchan contra la pandemia, la agilización de los trámites para que las familias con niños pequeños reciban dotaciones, el pago inmediato de la prestación por desempleo, que asciende a 12.130 rublos (unos 150 euros), para quienes perdieron el trabajo después del 1 de marzo.

En sus dos primeras comparecencias televisivas, Putin decretó primero una semana no laborable y luego la amplió a todo el mes de abril. También prometió ayuda a las pymes, incluyendo una exención de impuestos, salvo el IVA, y créditos baratos, algo que por ahora no se está materializando y que está levantado críticas y malestar entre los empresarios.

Las cifras facilitadas hoy sobre la evolución de la epidemia arrojan 1.459 nuevos casos de coronavirus en toda Rusia y sitúan el total en 10.131 infectados. Ha habido un repunte de 284 contagios con respecto al miércoles, cuando el incremento fue de 1.175 casos. Los fallecimientos ascienden a 76. En Moscú, los casos han aumentado en 857 y elevan el total en la capital rusa hasta 6.698, en donde hay además 38 muertos.

Según la directora de la Agencia Federal de Medicina y Biología, Verónica Skvortsova, «la epidemia de coronavirus en Rusia puede alcanzar el pico máximo en las próximas dos semanas» y, según su opinión, «la disminución significativa de la enfermedad comenzará en junio».

Skvortsova cree que la propagación del COVID-19 en Rusia «se está desarrollando con arreglo a un escenario favorable (...) gracias a que las autoridades actuaron a tiempo». Rusia empezó a tomar medidas drásticas contra la pandemia ya a finales de enero, cuando cerró su frontera con la vecina China en medio de la proliferación del brote de Wuhan.

Rafael M. Mañueco

 

La nave Alan Kurdi de una ONG alemana, con 150 inmigrantes, pide desembarcar, pero el Gobierno responde que se debe responsabilizar Alemania.

Italia ha cerrado a cal y canto sus puertos por el coronavirus. Después de años de polémicas, el gobierno italiano no permite atracar a barcos extranjeros. Ningún inmigrante será acogido en Italia, salvo que se encuentre en peligro en la zona SAR (Servicio de Salvamento y Rescate), área que no coincide con las aguas territoriales.

La medida, aprobada por decreto ley, se mantendrá al menos hasta el 31 de julio, fecha en que también por decreto se fijó la duración de la emergencia en Italia. El gobierno italiano considera que, a causa de la emergencia sanitaria por el coronavirus, los puertos italianos no son seguros, adaptados para acoger y proteger a quienes se embarcan en las costas norteafricanas para llegar a Italia.

Concretamente, el decreto del gobierno explica: «Los puertos italianos no aseguran los necesarios requisitos para la definición de puerto seguro, en virtud de lo que está previsto en la Convención de Hamburgo sobre el salvamento marítimo». Considera el gobierno italiano que su decreto está inspirado en los principios de tutela de la salud de los pasajeros de los barcos y de la igualdad de tratamiento de los ciudadanos italianos a los que las actuales ordenanzas impiden los desplazamientos de una ciudad a otra.

En definitiva, el cierre de los puertos italianos es ya una realidad para todas las ONG que salvan inmigrantes en el mar. Una nave cargada de inmigrantes se ha topado ya con el decreto. Se trata de la

Alan Kurdi, de una ONG alemana, con unas 150 personas rescatadas cerca de Libia. Ha pedido a Italia permiso para llegar a uno de sus puertos. El ministerio de Infraestructuras y Transportes (MIT)se lo ha negado, subrayando «la imposibilidad de garantizar puertos seguros a barcos con bandera extranjera». El MIT ha pedido a Alemania, por ser el Estado bandera de la Alan Kurdi, que se asuma la responsabilidad de toda la actividad de la nave en el mar, incluida la de ofrecerle un puerto seguro.

Emergencia en Lampedusa

La buenas condiciones del mar están empujando a muchos inmigrantes a escapar de la guerra de Libia para embarcarse con destino a Italia. Algunas pateras han llegado en los últimos días a la isla de Lampedusa, creando una situación de emergencia. En dos días han llegado casi 200 inmigrantes. Algunos han sido trasladados a Agrigento (Sicilia).

El alcalde de Lampedusa, Totò Martello, ha dado la voz de alarma porque el centro de acogida de la isla está saturado y tiene dificultad para aislar y poner en cuarentena a los inmigrantes. Entre los isleños cunde la exasperación.

Protestan porque temen que la continuidad de los desembarcos podría poner en peligro sus vidas ante el riesgo de la difusión del coronavirus. Martello ha pedido al gobierno que «una nave italiana de acogida» se sitúe frente al puerto de Lampedusa para recibir a los inmigrantes y evitar que lleguen a la isla, donde, según el alcalde, ya no hay espacio para acogerlos.

Ángel Gómez Fuentes

 

La ciudad de Nueva York comenzó a enterrar cadáveres sin reclamar en una fosa común en la isla de Hart, en el extremo noroeste de la Gran Manzana, producto del creciente aumento de víctimas mortales por coronavirus en la región.

Las autoridades de Nueva York confirmaron que la isla, que durante décadas se ha utilizado para dar sepultura a cadáveres sin reclamar, ahora incluirá también a fallecidos por el Covid-19 que no sean reclamado durante un plazo de 14 días posterior a su muerte.

"Es probable que gente que haya muerto (de coronavirus) sea enterrada en la isla en los próximos días" dijo a los medios la secretaria de prensa de la Alcaldía de Nueva York, Freddie Goldstein.

Las declaraciones se producen en un momento en el que han surgido imágenes del entierro de varios ataúdes, colocados unos encima de otros, en esa isla y después de que este jueves Nueva York registrara 799 fallecimientos por coronavirus en 24 horas, un nuevo máximo diario.

La isla de Hart se utilizó como cementerio público de la ciudad durante más de 150 años y está gestionado por el Departamento Correccional neoyorquino.

"Ahí han ido a parar los cuerpos de las personas que han permanecido en una morgue sin reclamar entre 30 y 60 días", explicó Goldstein.

La portavoz añadió que las autoridades están trasladando a este lugar los cadáveres para tener más espacio para el resto de fallecidos por coronavirus.

Con el aumento de muertes, explicó, el número de días que un cuerpo sin identificar o sin reclamar podrá permanecer en una morgue antes de ser enterrado en la isla de Hart será de 14 días en lugar de uno o dos meses.

"Son gente que, durante dos semanas, no ha podido encontrar nadie que diga 'conozco a esta persona, quiero a esta persona y yo me quiero encargar de su entierro'", agregó la representante de la Alcaldía, según informó la agencia de noticias EFE.

Según Goldstein, en circunstancias normales se entierran en la isla unos 25 cuerpos por semana, pero desde que comenzaron a morir personas por la pandemia, se sepultan 25 al día.

El estado de Nueva York registra ya 160.000 infectados por coronavirus, una cifra que supera la de cualquier otro país fuera de Estados Unidos, mientras que el número de fallecidos aumenta a más de 7.000, de los que más de 5.150 perdieron la vida en la Gran Manzana.

La ciudad de Nueva York, actual epicentro de la pandemia también convirtió al reconocido Central Park de Nueva York en un hospital de campaña para tratar a pacientes con el nuevo coronavirus.

La semana pasada, el alcalde de la ciudad, Bill de Blasio, había anticipado que el establecimiento dispondrá de 68 camas que reforzarán la capacidad del hospital Monte Sinaí Oeste, situado en las inmediaciones.

Las carpas blancas que lo albergarán comenzaron a ser instaladas el último domingo y, al igual que las de la fosa común en la isla de Hart, dieron vuelta al mundo graficando la magnitud de la crisis sanitaria en esa ciudad.


 

Tras once semanas de confinamiento, Wuhan ultima su puesta de largo para reabrirse al mundo este miércoles. ¿Toda la ciudad? No. Cerca de la estación de tren de Hankou, al final de la avenida Xinhua, el mercado de Huanan, donde se sospecha que surgió el coronavirus, dormita acantonado tras una valla protectora azul.

A sus naves comerciales, guardadas por persianas metálicas que a su vez vigilan agentes de la ley, tan sólo se permite entrar a los operarios protegidos con aparatosos monos blancos. Su misión, seguir con las tareas de desinfección y la recogida de muestras en busca del supuesto origen de la Covid-19, que ya ha dejado 75.000 muertos y más de un millón de infectados en todo el mundo.

Cuando estaba operativo, este zoco cumplía a la perfección con el dicho popular: “En China se come todo lo que vuela menos los aviones, todo lo que nada menos los barcos y todo lo que tenga patas menos las mesas”.

Además de verduras, pescado o marisco fresco, en el ala oeste del complejo había a la venta, vivos o a trozos, cocodrilos pequeños, puercoespines, perros, ratas de bambú, crías de lobo, avestruces, patos, civetas, marmotas, conejos, serpientes o pavos reales. Un zoológico gastronómico que tuvo que echar el cierre el 1 de enero después de que varios de sus comerciantes y clientes comenzaran a mostrar síntomas de una nueva y extraña neumonía.

Conservacionistas y expertos en la salud llevan años alertando contra el comercio de vida silvestre en los mercados chinos y de otras regiones asiáticas, tanto por su impacto en la biodiversidad como por ser un foco potencial de propagación de enfermedades.

No es extraño encontrarse en estos espacios animales enjaulados en pésimas condiciones higiénicas, sin posibilidad de identificar su procedencia y donde se mezclan las secreciones de los vivos con la sangre y los desechos de los muertos: el caldo de cultivo ideal para que surjan virus desconocidos.

Tan sólo en los últimos días, organizaciones como WWF, Igualdad Animal, la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre o la secretaría ejecutiva de la Convención de Diversidad Biológica de las Naciones Unidas han vuelto a pedir que se acabe con el consumo de estos animales y se clausuren todos los mercados como el de Wuhan.

“Me sorprende que cuando tenemos tantas enfermedades que emanan de ese interfaz inusual entre humanos y animales no los cierren”, dijo al canal estadounidense Fox News el doctor Anthony Fauci, principal asesor de Donald Trump en lo relativo al coronavirus.

Con la prohibición se teme que crezca el contrabando por el arraigado consumo de especies salvajes

Desde la epidemia del SARS en el 2003, que se originó en una de estas lonjas de la provincia de Cantón, China ha avanzado en el control y la detección de enfermedades infecciosas. También ha tratado de mejorar las condiciones sanitarias de estos zocos, estableciendo un sistema de licencias y prohibiendo la venta de aves de corral y otros animales en grandes urbes como Shanghái o Pekín.

Sin embargo, conforme crece la economía, también lo hace el apetito de los consumidores por los animales salvajes, ya sea como alimento –en muchas ocasiones es una muestra de ostentación de la posición social alcanzada– o para su uso en la medicina tradicional. Tampoco ayuda que las inspecciones sanitarias no sean siempre lo rigurosas que debieran o que el propio Estado haya animado el florecimiento de esta industria en algunas zonas menos favorecidas del país.

En el mercado de Wuhan

Vivos o a trozos, había cocodrilos pequeños, puercoespines, crías de lobo, marmotas...

Cuando la epidemia de coronavirus se desató en enero, el Gobierno chino anunció una prohibición temporal sobre el transporte y el comercio de especies salvajes –vivas o muertas– en mercados, supermercados, restaurantes o en internet. Un mes después, el Comité Permanente de la Asamblea Popular Nacional (el Legislativo) se comprometió a prohibir totalmente el comercio ilegal y el consumo de animales salvajes, “incluidos los que se crían o reproducen en cautiverio”.

Asimismo, estipuló que el uso de animales salvajes para fines no comestibles –incluidas la investigación científica, el uso médico o su exhibición– quedarán sujetos a un estricto procedimiento de revisión e inspección.

Aunque los conservacionistas acogieron con simpatía esta decisión, se muestran cautos. Por un lado, dicen, las granjas abiertas con licencia podrían usarse para dar cobertura a los comerciantes que se dedican al tráfico ilegal de especies exóticas y raras. Por otro, está el factor cultural de este consumo, muy arraigado en algunos lugares, y los intereses de criadores y comerciantes para que el negocio no termine.

Además, frente a los que persiguen su abolición hay voces que afirman que el problema no radica tanto en cambiar los hábitos alimentarios como los higiénicos en granjas y mercados. Aseguran que una prohibición total corre el riesgo de hacer florecer un mercado negro mucho más difícil de controlar.

“La existencia de mercados como el de Huanan está impulsada por una demanda real de los consumidores. Mientras esta siga existiendo, si no se cubre aquí lo harán en otro lugar”, advirtió a la agencia Bloomberg Liu Yuanfei, cliente de la lonja ahora clausurada y sin visos de ver la luz próximamente.


 

El país tiene más de una cuarta parte de los casos de coronavirus declarados oficialmente en todo el mundo: 396.223 en total.

Cerca de 2.000 personas infectadas con el nuevo coronavirus murieron en Estados Unidos en las últimas 24 horas, según el recuento de este martes a las 20H30 de la Universidad Johns Hopkins.

La cifra diaria de 1.939 es el peor balance en un día para un país en todo el mundo desde el inicio de la pandemia, y eleva a 12.722 el número total de muertes en Estados Unidos. La primera potencia mundial se acerca así a los dos países más enlutados hasta ahora: Italia (17.127 muertos) y España (13.798).

Solo Estados Unidos tiene más de una cuarta parte de los casos de coronavirus declarados oficialmente en todo el mundo: 396.223 en total, 29.609 más en el último día, según las cifras de Johns Hopkins, actualizadas continuamente.

"Estados Unidos continúa haciendo más pruebas que cualquier otro país del mundo y creo que probablemente es por eso que tenemos más casos", dijo el martes el presidente Donald Trump en su conferencia de prensa diaria sobre la crisis, detallando que se han realizado unas 1,8 millones de pruebas hasta la fecha en el país. "Sé muy bien que algunos países muy poblados tienen muchos más casos que nosotros, pero que no los declaran", agregó.

Desde mediados de la semana pasada, Estados Unidos registra más de 1.000 nuevas muertes diarias, a pesar de las medidas de contención que se han implementado gradualmente, estado por estado.

El estado de Nueva York es el principal foco de la epidemia estadounidense, con casi 5.500 muertes y 140.000 casos, principalmente en la ciudad de Nueva York, la capital económica del país hoy casi detenida.

Las autoridades advirtieron la semana pasada que entre 100.000 y 240.000 personas en total podrían morir de la COVID-19 en Estados Unidos, según las estimaciones y aún si se respetan las consignas de distanciamiento social.

La pandemia ha dejado al menos 80.142 muertos en 192 países, según un recuento establecido por AFP a partir de fuentes oficiales, hasta el martes sobre las 19H00 GMT.

Por otro lado, el alto porcentaje de afroamericanos muertos por COVID-19 en Estados Unidos ha empezado a encender las alarmas. El gobernador de Luisiana, John Bel Edwards, fue el primero este lunes en dar la voz de alarma al advertir que un 70% de los casi 600 fallecidos en su estado son afroamericanos, pese a que el colectivo apenas representa el 33 % de la población, informa Efe.

Números parecidos han aflorado en Illinois, que con un 15 % de afroamericanos representan el 43 % de muertes y el 28 % de contagios, o en Michigan, que representando un 14 % de la población del estado suman un 40 % de los fallecidos y un 33 % de contagios.

Los números son tan alarmantes que el presidente, Donald Trump, dijo hoy durante la rueda de prensa que su Gobierno los está estudiando con detenimiento para entender qué es lo que está pasando.

Uno de sus más altos asesores médicos, Anthony Fauci, achacó los datos de mortalidad a la mayor incidencia de enfermedades como la diabetes, el asma, la hipertensión o la obesidad entre la comunidad afroamericana. Es una cuestión de desigualdad económica, no genética, según los expertos.

 

La cifra total supera ya los 7.000, mientras Boris Johnson permanece en la UCI.

En las últimas 24 horas el Reino Unido registró su cifra más alta de fallecidos por causa del coronavirus hasta el momento, con un total de 938. Eso dispara el número de muertes desde que empezó el brote hasta los 7.097. ELos datos oficiales revelan que la víctima más joven tenía 22 años, la mayor 103, y 46 de los pacientes no tenían condiciones de salud subyacentes conocidas.

Este aumento en el número de muertes llega a los 16 días de confinamiento de la población, y aunque el primer ministro Boris Johnson había dicho que a las tres semanas de la orden de cuarentena, es decir, el próximo lunes, se haría una revisión para evaluar si algunas de las reglas podían relajarse, el Gobierno ha dejado ver que esa posibilidad de momento parece estar descartada. Johnson permanece en la UCI de un hospital londinense tras haberse agravado su estado de salud el pasado lunes a causa del Covid-19 que le había sido detectado.

El secretario de Salud, Edward Argar, aseguró esta mañana en un programa de la BBC que «no sabe cuándo se levantarán las restricciones de cierre impuestas por las autoridades, sobre todo porque todavía no hemos llegado al pico del brote». «Necesitamos comenzar a ver que los números bajan», añadió, lo que sería la prueba de que las medidas de confinamiento están funcionando. Pero «todavía no estamos allí y no sé exactamente cuándo estaremos», matizó.

Gales, por su parte, anunció que las medidas se mantendrán vigentes después de la Semana Santa, según explicó Julie James, la Ministra de Vivienda y Gobierno Local, quien señaló que «han pasado casi dos semanas y media desde que le pedimos a la gente que se quedara en casa para trabajar desde ahí siempre que pudieran» y «hemos tomado estas medidas porque trabajando juntos podemos detener la propagación de este virus».

El alcalde de Londres, Sadiq Khan, confirmó que entre las víctimas en la capital británica hay 14 trabajadores de la red de transporte público, entre ellas nueve conductores de autobús.

Ivannia Salazar

 

La revolución socialista que el senador Bernie Sanders proponía para transformar Estados Unidos no ha logrado convencer al grueso de los votantes liberales, con lo que el veterano político de 78 años decidió este miércoles poner punto final a su campaña para lograr la nominación demócrata en las elecciones presidenciales de noviembre.

"Termina la campaña, pero la lucha continúa", tituló Sanders el mensaje que mandó a sus seguidores, distribuido por su equipo electoral.

El senador por Vermont hizo este anuncio en medio de las circunstancias excepcionales que está suponiendo la pandemia del coronavirus, que ha afectado la campaña para las primarias, en la que, pese a partir como uno de los grandes favoritos, ha ido perdiendo aire conforme ha avanzado la contienda.

Y se retira tras haber conseguido 917 delegados frente a los 1.217 con los que se ha hecho su hasta ahora rival, el exvicepresidente Joe Biden, de perfil moderado, quien no obstante todavía estaba lejos de los 1.991 compromisarios que se necesitan para obtener la nominación demócrata.

    

FAVORITO ENTRE LOS JÓVENES

Sanders era el aspirante de más edad pero al mismo tiempo el candidato de los jóvenes estadounidenses, ilusionados por una "revolución" socialdemócrata que sus padres no ven con tan buenos ojos.

Los buenos resultados obtenidos en las tres primarias del comienzo, en Iowa, Nuevo Hampshire y Nevada, lo convirtieron en el candidato socialista con más éxito en la historia del país, así como en el aspirante judío más fuerte, pero no logró atraer el respaldo de la mayoría de los demócratas, ni el de la minoría afroamericana, que a priori hubiera podido ser más favorable a sus propuestas.

Su promesa estrella ha sido la creación de un sistema de salud público universal conocido como Medicare For All, que rompiera con el jugoso y macabro negocio de las aseguradoras privadas, pero Sanders también tenía en el punto de mira a la industria farmacéutica, la armamentística, a la de los combustibles fósiles y a Wall Street.

Un objetivo que ha dirigido permanentemente al 1 % en la punta de la pirámide de los más favorecidos, un discurso populista que cala especialmente entre los jóvenes, a los que el "sueño americano" les queda lejos y les toca sobrevivir en una sociedad que, como en el resto del mundo, es cada vez más desigual.  

ORÍGENES HUMILDES

A diferencia del resto de candidatos, Sanders no ha sacado a relucir su biografía en beneficio electoral, pero es público que nació en 1941 en un hogar humilde de Brooklyn (Nueva York), de inmigrantes judíos del este de Europa.

Aunque dio el salto al estrellato nacional en 2016, Sanders tiene una dilatada carrera política en las instituciones que empezó como alcalde de Burlington (Vermont) de 1981 a 1989, siguió como representante a la Cámara Baja de EE.UU. de 1991 a 2007 y luego como senador hasta la fecha.

Como alcalde de Burlington visitó Nicaragua en 1985 en apoyo a los sandinistas y la Unión Soviética en 1988, viajes de los que no reniega y que los principales medios estadounidenses recuerdan periódicamente para sembrar dudas sobre su candidatura.

EL LADO BUENO DE LA HISTORIA  

Sanders presume de haber estado siempre en el lado bueno de la historia, con los desposeídos y contra las guerras, y es precisamente esa consistencia la que logró atraer a un ejército de partidarios y voluntarios sin comparación con ninguna otra campaña.

Además de la sanidad universal, Sanders proponía educación universitaria gratuita, una subida del salario mínimo a 15 dólares la hora, una expansión de los beneficios sociales, poner fin a los conflictos armados internacionales e impulsar el Green New Deal, del que es abanderada Alexandria Ocasio-Cortez.

Es por eso que en esta campaña ha tenido a su lado a la joven congresista, quizás la figura política emergente más destacada de EE.UU., que le llama "tío Bernie", igual que hacen los millones de latinos que en el país se han volcado en su campaña bajo las enseñas de justicia y regularización.

Sanders es el candidato que más dinero ha recaudado gracias a pequeñas donaciones de más de cinco millones de personas: Su campaña no ha aceptado (ni necesitado) a los grandes donantes que suelen tener intereses ocultos y que también ha prometido barrer de la política.

En octubre pasado sufrió un infarto durante un mitin en Las Vegas que pareció poner fin a sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca, Sanders sin embargo resurgió de las cenizas a base de largos paseos y ensaladas hasta situarse ahora como uno de los favoritos a la candidatura demócrata.    

SEGUNDO INTENTO

Este ha sido su segundo intento de llegar a la Casa Blanca después de que en 2016 perdiera las primarias demócratas -partido en el que no milita- frente a Hillary Clinton, que a su vez cayó ante Trump.

Su campaña de 2016 evidenció que un proyecto "socialista" para EE.UU. ya no está proscrito de las mentes de muchos de sus ciudadanos, pero afrontó las artimañas del aparato del partido en su contra, reveladas por Wikileaks tras un "hackeo" masivo de correos.

Pese a eso, se impuso a Clinton en 23 estados y durante todo el proceso de primarias obtuvo más de 13 millones de votos (un 43 %), pero sobre todo se erigió como el líder de la izquierda estadounidense, capaz de movilizar a cientos de miles de personas en favor de causas para las grandes mayorías.

 

Según las cifras oficiales del gobierno, serían 320 las personas contagiadas y 8 los fallecidos en la isla por el Covid-19.

El régimen de Cuba ha dado muestras fehacientes de no interesarle la protección de sus ciudadanos en medio de una pandemia como el Covid-19, que se va acrecentando en el país a pesar del falso optimismo de sus gobernantes. Según la cifras oficiales, serían 320 las personas contagiadas y ocho los fallecidos en la isla por el virus.

Mientras envía brigadas de profesionales de la salud a enfrentar la expansión del Covid-19 en países extranjeros, en el interior de la isla el Instituto Nacional de Cultura Física y Recreación (INDER) utiliza a sus trabajadores para «labores sanitarias» como confirmó Federico Hernández, primer secretario del Partido Comunista en la oriental provincia de Granma.

«Profesores de cultura física, entrenadores, metodólogos, trabajadores de servicio, obreros, glorias del deporte […] realizarán labores de disímiles de pantristas, lavanderos, auxiliares de limpieza y mensajeros»; anunció el funcionario, quien bautizó a estos grupos como «Alazanes y Alazanas en lucha contra el Covid-19».

Esta «cooperación», impuesta contra trabajadores ajenos a la salud pública, representa un acto sumamente cuestionable por parte del régimen para quien la pandemia del coronavirus representa la oportunidad para recuperar su negocio de explotación de médicos.

El ministro de Salud Pública, José Ángel Portal, aseguró que actualmente «catorce brigadas de médicos cubanos están prestando colaboración médica en países afectados por el nuevo coronavirus», y que están integradas por «593 profesionales, de ellos 179 médicos, 399 enfermeros y 15 tecnólogos».

La situación en la isla es caótica pues mientras el régimen obliga a los ciudadanos a mantenerse en sus hogares para evitar el contagio y la expansión del virus, las tiendas continúan desabastecidas de alimentos y artículos de aseo personal e higiene, obligando a la población a recorrer diariamente la ciudad y exponerse a largas colas y aglomeraciones.

En la provincia de Matanzas el youtuber Jancel Moreno, tras recorrer varias tiendas, dijo que el factor común era el desabastecimiento.

Ron, vino y licores

«Las neveras vacías abundan. En algunas tiendas ni siquiera encuentras trabajadores tras los mostradores. Eso sí, lo que no falta en todas las tiendas son las estanterías llenas de ron, vino y otros licores. Alcohol de todo tipo y a todos los precios», precisó Moreno.

Un panorama similar viven los pobladores en la provincia de Guantánamo, como reportó el sitio web AdnCuba, «también obligados a caminar grandes distancias y hacer colas para adquirir alimentos y productos de aseo personal, sin saber si en esa cola puede haber alguien que haya tenido contacto con infectado de coronavirus».

Reportes sobre las condiciones higiénicas en varias cárceles a lo largo de la Isla confirman que el régimen no tiene capacidad de respuesta ante la expansión del Covid-19. Los temores de los reclusos ante una filtración del virus se extienden también a quienes viven en poblaciones cercanas a estos recintos penitenciarios.

A mediados de semana un grupo de familiares de reclusos confinados en el Combinado del Este de La Habana, el centro penitenciario más poblado del país, se reunió en las afueras de esta cárcel para indagar si las autoridades aplicarían alguna medida especial para enviar a los reclusos de delitos menores a sus hogares hasta que pase el azote del Covid-19.

Discurso vago y sin soluciones

La desconfianza en las calles habaneras crece sin importar cuántas promesas y cuánto optimismo trasmiten las autoridades del régimen en los medios de información bajo su control. Una desconfianza que ha crecido en la medida en que el propio presidente, Miguel Díaz-Canel, «no ofrece soluciones» sino un discurso vago «que ni esconde ni muestra».

A mediados de marzo el mandatario cubano dijo en una comparecencia televisiva que, «lo que va a evitar el contagio, no es el miedo; es que trabajemos coherentemente con las cosas que nos hemos planteado, con las cosas que están en el Plan»; ante lo cual decenas de habaneros se habían preguntado: «cuál es el Plan»

En medio de la pandemia del Covid-19, el régimen ha arreciado su represión contra informadores independientes, como son los casos de Yoe Suárez y Waldo Fernández Cuenca, ambos reporteros del medio independiente Diario de Cuba, y Camila Acosta, reportero del medio independiente Cubanet.

Jorge Enrique Rodríguez

 

Los expertos apuntan al envejecimiento de la población como causa.

España empezó ayer la cuarta semana de aislamiento como el país que más muertes ha sufrido por el coronavirus en relación a su población. Con 13.055 fallecidos, 28 por cada 100.000 habitantes, ya ha superado a Italia y se afana en buscar en los buenos indicadores que empieza a ofrecer el sistema un asidero para salir de la peor crisis sanitaria del último siglo, como la calificó el ministro del ramo, Salvador Illa.

La tendencia observada hace una semana en urgencias, con una caída de los pacientes que acudían a estos servicios, se ha consolidado. A esta buena noticia le ha seguido un descenso de los ingresos, lo que, a su vez, ha aligerado algo la presión sobre las unidades de cuidados intensivos (UCI). Los 637 nuevos fallecidos del recuento del Ministerio de Sanidad son la cifra diaria más baja desde el 24 de marzo, aunque el hecho de que el dato fuera de un lunes obliga a tomar la cifra con cautela por la infra notificación observada en otros fines de semana (Sanidad ofreció ayer la información que le remitieron las comunidades la noche del domingo).

El “envejecimiento de la población”, con una alta proporción de patologías crónicas, y el impacto del virus en las residencias, son algunas de las razones que pueden explicar las altas cifras de fallecidos en España con respecto a otros países, asegura Pere Godoy, presidente de la Sociedad Española de Epidemiología: “También influye cómo se determina la causa de la muerte, si por el virus o por las enfermedades de base que sufría el paciente, lo cual no se está haciendo de forma homogénea en todos los países y esto resta valor las comparaciones”, añade.

A las razones demográficas y de registro, José María Martín Moreno, catedrático de Medicina y Salud Pública de la Universidad de Valencia añade otra asistencial: “Es posible que nuestra identificación temprana haya ido por detrás de países como Alemania y Corea, que apostaron por test masivos que permitieron aislar a los infectados y cortar las cadenas de transmisión” antes de que el virus llegara a los colectivos más vulnerables. A ello, añade, ha contribuido que en los últimos años “no se ha invertido lo suficiente” en la red pública.

Zonas muy pobladas

Jesús Rodríguez Baño, jefe de Enfermedades Infecciosas del hospital Virgen Macarena (Sevilla) destaca que en España e Italia se han producido niveles de transmisión comunitaria muy elevados. “Hacen falta estudios, pero probablemente también tenga que ver con la forma de relacionarnos socialmente, más cercana físicamente. Y que hayan sido Madrid y Cataluña las zonas más afectadas coincide con el norte de Italia. Son zonas densamente pobladas”, explica.

Sobre la primera respuesta a la crisis, Rodríguez Baño afirma: “Es cierto que con más tests y aislamientos se podrían haber cortado las cadenas de transmisión antes de que llegaran a los colectivos más vulnerables. Pero yo quiero ser muy humilde, porque en cierta manera nos equivocamos todos en las primeras fases. Ahora es fácil verlo, pero eso nos debe servir para aprender y estudiar a fondo lo ocurrido”, añade.

Leganés: historia de un colapso

Salvador Illa destacó en relación a las pruebas diagnósticas que el Gobierno ha destinado “845 millones de euros” en tres semanas en la compra de tests, respiradores y mascarillas. “Hemos conseguido un suministro regular y permanente [...] para complementar las compras de las comunidades”, afirmó.

Illa, que calificó la epidemia del coronavirus como “la mayor emergencia sanitaria en 100 años”, defendió que el millón de test rápidos distribuidos por Sanidad entre las autonomías “servirán para hacer un cribado rápido” que posteriormente podrá ser complementado con las pruebas PCR, más lentas, pero más fiables.

Sobre la recomendación de que toda la población use mascarillas, el ministro aseguró que se está “activando la producción nacional”, pero añadió: “Es una medida que se está estudiando, no está decidida”.

Oriol Güell/Miguel Ángel Medina

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