Miércoles, 28 Octubre 2020 11:47

Cristina Fernández armó su Frankenstein y ahora pretende que otros lo atiendan - Por Rubén Lasagno

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Cristina Fernández la vicepresidente de la nación, es la concreción, en la realidad, de la fábula del sapo y el escorpión. Esa donde el batracio le ayuda al peligroso escorpión a cruzar el río sobre su lomo y en medio del cauce, el escorpión lo mata, aludiendo que es su naturaleza, aunque en ello le vaya la vida a él mismo.

No vale la pena y no es nuestro objetivo aquí, reproducir ni mencionar lo que dice y expone esta mujer mitómana, corrupta y escurridiza de la verdad y la justicia, porque para quien esto escribe no tiene altura intelectual, moral ni entidad para decir algo que merezca ser reproducido, excepto sí, analizar el sentido del mensaje dentro de la vaguedad de su discurso colonizado de mentiras, un exacerbado narcisismo, la permanente necesidad de poner las culpas en otros, menos en ella y produciendo intenso fuego amigo sobre su propia tropa, la que ella misma armó diagramó e impuso, con tal de salvar las pilchas en la actual crisis de incapacidad política, económica, sanitaria y de seguridad que vive el país, gracias al gobierno de científicos que armó ella misma, bajo la alquimia de un peronismo falto de ideas y personalidad para expulsarla del entorno, al menos con el fin de salvar lo poco que dejó el kirchnerismo en todos estos años, de aquella mística que por décadas armaron de El General.

Cristina Kirchner fue la ideóloga, mentora y constructora del Frankenstein político del hoy denominado “Frente de Todos”, que es el mismo Frente Para la Victoria, al cual le mudaron las ropas, porque en 12 años la mugre eclipsó hasta el nombre de un partido político usado para el desfalco, la estafa y la dilapidación de los fondos públicos de la Argentina.

Como la víbora que cambia la piel tratando de renovar su vida y la resistencia a los parásitos que la atacan, el kirchnerismo/cristinismo no tiene problemas en cambiar de nombre las veces que sea, para encubrir su naturaleza. De hecho, cuando en el 2015 fueron eyectados del poder y por años salió a la luz el verdadero propósito de su llegada a la presidencia, Cristina Fernández le llamó “Unidad ciudadana” a un nuevo espacio, que era el mismo, pero pretendía aparecer como algo renovado, enterrando la orgía de corrupción de la que fue parte del FPV en aquella inolvidable década afanada. Por eso y no por otra cosa, cuando nos referimos al espacio K, lo llamamos por el nombre de pila, el único, el histórico: Frente para la Victoria.

Ahora cuando arrecian los problemas en todos los órdenes en la República Argentina, la cual va perdiendo títulos en el camino de Alberto presidente, entre ellos el de República misma, la vicepresidenta en segundo plano, que no ha dado la cara ni en campaña ni en funciones, porque le está impedido por las propias acciones vergonzosas que encarnó en todos los años anteriores, apareció por las redes sociales (única vía donde puede tirar la piedra y esconder su cara) con una carta pretendidamente de “adhesión” al gobierno, pero la cual, después de leerla, el presidente seguramente habrá pensado que con amigos así, el más cruel enemigo es su mejor apoyo.

Desde la frase “hay funcionarios que no funcionan” dicho en el momento donde las defensas del gobierno están más bajas, por la inutilidad de sus actores en la toma de decisiones (o en la falta de decisiones), hasta la construcción de la frase que hizo: “En la Argentina el que decide es el Presidente. Puede gustarte o no lo que decida, pero el que decide es él”, se lee el artero mensaje de una típica acción K: pone la responsabilidad afuera, no se hace cargo de nada, balconea la realidad, no se siente incluido en los fracasos y le saca el cuerpo a las consecuencias. De manual.

Con una lima grandota en la mano, la viuda puso dos datos claves en la mesa: el gobierno no funciona y decide Alberto, dejando en claro, acto seguido, con la frase “puede gustarte o no”, que si a nadie le gusta es problema de Alberto y no de ella, quien, en todo caso, si decidiera, lo haría de mejor manera.

Desparramó facturas implícitas a los que la traicionaron (Massa, Ibarra, Alberto), entre otros y se puso casi en víctima de sus propias resoluciones políticas. Es decir, fue más Cristina que nunca y algunos pretenden darle entidad a una mujer que es incapaz de sostener una entrevista abierta con el periodismo independiente.

Y como corolario de su propia farsa “convocó al diálogo a todos los sectores”, cuando ella misma es la promotora del odio, la división y la exclusión de cualquier sector que no sea el de ella o los que se subsumen a sus caprichos. Esta convocatoria solo se puede encuadrar en un acto desesperado de la dueña del Frankenstein K, al darse cuenta de que no pueden controlar nada y ahora, cuando las papas queman, pretende hacer borrón y cuenta nueva, llamando a los que despreció desde el principio para involucrarlos en su fracaso y si no concurre, decir después que hablan de ayudar al gobierno, pero no tienen responsabilidad política.

Por esto, precisamente, no vale la pena reproducir una carta que es un ataque a la propia base política que armó como el Frankenstein de una criatura que, ahora cree, no le da el resultado esperado y pretende que otros lo atiendan. Y ante la invaluable crisis que aqueja al país, pretende refundar la idea de que nada de lo que ocurre es problema de ella, sino de quienes gobiernan, como si el gobierno no fuera idea suya y ella no perteneciera al Ejecutivo, nada menos que como Vicepresidente.

El mensaje del más de 70% de la gente en el país es “¡Hacete cargo Cristina!, es tu creación, es tu elección, ¡es tu tropa!”. Es muy de traidor atacar a las bases de su propio armado para despegarse de la responsabilidad que le cabe y de cobarde no asumir las consecuencias. Es, en la práctica y como dijimos al inicio, la fábula del sapo y el escorpión.

Rubén Lasagno

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