Bullrich ya dejó abierta esa posibilidad, aunque reconoció que el Presidente tiene una ventaja natural para buscar la reelección. Y yo creo que esto es así: en Argentina y en buena parte de los sistemas presidenciales, quien ocupa la Casa Rosada parte con una posición privilegiada para intentar continuar en el poder. Pero esa ventaja no elimina otras aspiraciones. Bullrich se muestra disponible, recuerda su experiencia electoral y deja en claro que no considera agotado su recorrido político. Ahora bien, me parece que su protagonismo no explica por sí solo las diferencias que atraviesan al Gobierno. El problema es bastante más amplio.
Para entender lo que está pasando, yo empezaría por mirar el funcionamiento de la mesa política que el oficialismo organizó para coordinar su agenda. Al comienzo de la gestión, el Gobierno tenía un discurso económico definido y una presencia mediática muy fuerte, pero recibía críticas por su escasa capacidad de articulación parlamentaria. Con una representación legislativa limitada, necesitaba construir acuerdos y ordenar prioridades. La mesa política surgió para responder a esa necesidad y, aunque fue cambiando su composición, sus integrantes consideran que permitió mejorar la coordinación entre el Poder Ejecutivo y el Congreso. Sin embargo, creo que las diferencias acumuladas empiezan a exponer desacuerdos más profundos.
Hay un dato que me parece importante: Javier Milei no participa directamente de esas reuniones. El Presidente delega esa tarea en su hermana, Karina Milei, y en otros integrantes del oficialismo, entre ellos Diego Santilli, aunque mantiene conversaciones con distintos referentes y sigue de cerca las discusiones. Yo no diría que está desconectado de las decisiones, pero sí que se estableció una dinámica particular: quienes deben resolver las diferencias políticas y económicas no siempre tienen al Presidente sentado en la misma mesa. Mientras tanto, Milei continúa con su agenda internacional y sus confrontaciones ideológicas, que también forman parte de su estrategia de posicionamiento.
La primera gran tensión, a mi entender, tiene que ver con los tiempos electorales. El equipo económico considera que el Gobierno necesita mostrar cuanto antes una estrategia política más definida, construir acuerdos y despejar dudas sobre su capacidad de gobernar. Y yo entiendo el argumento: la incertidumbre electoral afecta las expectativas del mercado y dificulta la reducción del riesgo país. Además, con tasas de interés elevadas y vencimientos que deben refinanciarse, la confianza resulta fundamental para sostener el programa económico. Desde esta perspectiva, una señal de gobernabilidad, un presupuesto consistente y una coalición política más amplia podrían ayudar a reducir las dudas sobre el futuro de Argentina.
Ahora bien, el equipo político prefiere esperar. Karina Milei y los hermanos Martín y Eduardo “Lule” Menem, entre otros referentes de ese espacio, consideran que todavía hay variables por resolver antes de comprometer recursos y posiciones. Para mí, la principal es qué sucederá con las PASO, las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias. Si se eliminan, sostienen, al peronismo podría resultarle más difícil ordenar sus candidaturas y construir una fórmula común. La fragmentación de la oposición, desde esta mirada, mejoraría las posibilidades electorales del oficialismo. Por eso prefieren no apurarse a cerrar acuerdos ni a ceder lugares en las listas, por ejemplo, a dirigentes del PRO.
Pero acá quiero detenerme en una cuestión: ¿puede la eventual eliminación de las PASO reducir de manera significativa el riesgo país? Yo creo que hay motivos para discutirlo. El razonamiento del equipo político es que, si la oposición no consigue coordinarse, el oficialismo podría llegar mejor posicionado a las elecciones. Sin embargo, una cosa es la estrategia electoral y otra, la lectura que hacen los mercados. La estabilidad financiera no depende únicamente de la capacidad de la oposición para organizarse, sino también de la sostenibilidad del programa económico, la disponibilidad de financiamiento, la gobernabilidad y la previsibilidad institucional. Por eso, me parece demasiado optimista suponer que resolver las reglas electorales producirá automáticamente una caída del riesgo país.
La segunda tensión es todavía más concreta y enfrenta las prioridades del presupuesto. Yo veo acá un choque entre dos lógicas. El equipo político reclama medidas que reactiven la economía y mejoren el humor social. Su argumento es que la austeridad, por sí sola, no alcanza para construir respaldo político si las familias y los sectores productivos no perciben una recuperación. El equipo económico, encabezado por Luis Caputo, responde que no hay margen para aumentar el gasto público y que la disciplina fiscal es una condición central para sostener la estabilización. En otras palabras, la política reclama resultados sociales que fortalezcan al Gobierno, mientras la economía exige mantener restricciones para preservar el equilibrio de las cuentas públicas.
Y esta diferencia se vuelve concreta cuando aparecen las discusiones sobre discapacidad, la prórroga de la emergencia, la educación y las universidades. Según lo que se discute dentro del oficialismo, existen conversaciones y acuerdos con bloques aliados, dirigentes del PRO, radicales y representantes provinciales para avanzar en algunas iniciativas. Sin embargo, la respuesta del área económica sigue siendo restrictiva frente a cualquier propuesta que implique nuevos desembolsos. Yo entiendo la importancia de sostener el equilibrio fiscal, pero también creo que la política de austeridad tiene consecuencias y obliga a establecer prioridades. Caputo defiende una posición que cuenta con el respaldo de Milei, aunque esa inflexibilidad genera frustración entre quienes deben negociar con el Congreso y atender demandas sociales. Gobernar no consiste solamente en rechazar gastos: también implica definir prioridades y construir acuerdos sostenibles.
¿Significa todo esto que la mesa política fracasó? Yo no lo veo así. Me parece importante que exista un ámbito en el que las diferencias puedan discutirse, en lugar de convertirse en conflictos abiertos entre funcionarios o en decisiones contradictorias. Pero reconocer las tensiones no alcanza: el Gobierno necesita resolverlas. Si el equipo económico exige acuerdos para reducir la incertidumbre, pero el equipo político no obtiene margen para negociar; y si la política reclama reactivación, pero Economía descarta cualquier flexibilización, el oficialismo corre el riesgo de quedar atrapado en una dinámica en la que cada sector espera que el otro dé el primer paso.
En ese contexto, veo a Patricia Bullrich intentando ocupar un lugar de mediación. Su experiencia política, su relación con distintos integrantes del oficialismo y su vínculo directo con el Presidente le permiten presentarse como un puente entre las necesidades del Congreso y las decisiones del Poder Ejecutivo. Y me parece que ese papel también puede fortalecer su propio posicionamiento: aparece como alguien capaz de articular, negociar y buscar salidas cuando otros sectores mantienen sus diferencias. No creo que haya logrado una solución definitiva, pero su intervención revela que dentro del oficialismo existe una demanda de mayor coordinación y pragmatismo.
Termino con una idea que me parece central: el Gobierno enfrenta dos desafíos que no puede resolver por separado. Necesita construir un acuerdo político que le permita reducir la incertidumbre y sostener la confianza económica, pero también debe encontrar una respuesta a las demandas de reactivación y a las dificultades sociales que condicionan su futuro electoral. Yo creo que la austeridad puede ser una herramienta para estabilizar las cuentas públicas, pero no reemplaza la necesidad de gobernar; del mismo modo, una estrategia electoral no puede sustituir un programa económico consistente. La pregunta no es solamente quién será el candidato en 2027. La pregunta es si el oficialismo podrá ordenar sus prioridades, coordinar a sus equipos y demostrar que puede transformar la estabilización en una mejora concreta para la sociedad.
Sergio Berensztein
Fuente: https://www.cadena3.com/noticia/cuadro-de-situacion/tensiones-en-la-mesa-politica-con-el-presidente-haciendo-campana-en-espana_605518

Las tensiones dentro del Gobierno nacional empiezan a mostrar diferencias que van mucho más allá de una discusión sobre nombres o candidaturas. Yo creo que la situación económica y social, la incertidumbre electoral y las dificultades para coordinar las decisiones políticas y económicas están generando fricciones importantes en el oficialismo. En ese escenario, veo a Patricia Bullrich reposicionándose y aparece una pregunta inevitable: ¿puede convertirse en un plan alternativo a Javier Milei, dentro de La Libertad Avanza o con un proyecto propio? 