“No hay diferencia entre el Frente de Chorros y Juntos por el Cargo”. El que habla es Javier Milei, el hombre que llegó a la política para barrer a “toda la casta”. Y toda era toda: “Juntos por el Cargo son kirchneristas de buenos modales, jamás iría con ellos, sería llegar al poder y hacer un gobierno desastroso, prefiero perder, Macri se hace el liberal solo por las encuestas, son responsables del fracaso”. Las declaraciones son de 2021 y 2022, época en la que el libertario no se guardaba una sola crítica para ningún dirigente, dardos que alcanzaban también a la izquierda o la UCR. En aquel momento, el gran enemigo de Milei eran todos los que alguna vez hubieran tenido un cargo.
Esa fue la tesitura hasta el 22 de octubre de 2023. Pero en esa noche de las elecciones generales, en las que se confirmó que iría a un ballotage contra Sergio Massa, el futuro presidente hizo un giro de 180 grados: empezó a plantear una alianza con Juntos por el Cambio -que en aquel momento dejó de ser “por el Cargo”- a la par que abrazó su retórica. “Enfrente tenemos una organización criminal, el kirchnerismo es lo peor que le pasó a la Argentina”, dijo. Esa misma noche también pasó otra cosa, mucho más subterránea: la fusión de Milei con esa corriente histórica llamada antiperonismo significó también el abandono de su narrativa y de sus promesas más radicales, como el cierre del Banco Central o la eliminación de la moneda nacional. En el instante en que empezó a gestarse el “fantasma kuka” en su discurso, desapareció también el hombre que dos años antes se presentaba ante la sociedad, literalmente, como un revolucionario.
Desde entonces, esa línea sólo se profundizó. Y ahora, a tres años de gobierno y a menos de uno de las elecciones generales, parece haber copado toda la narrativa oficial. El mandatario, que intenta surfear una situación económica más que compleja, se ata al mástil del antikirchnerismo para soñar con un segundo mandato. ¿Será suficiente?
Relato. Milei, se sabe, piensa muy bien de sí mismo. Se presenta como el “mejor Presidente” de toda la historia argentina, que hizo el plan de estabilización económica “más exitoso del mundo”, al punto tal de que debería ser considerado para el Premio Nobel, y los ejemplos siguen. Esa impronta, que viene desde el día uno de Gobierno, solía venir acompañada por otra: la idea de que, después de un tiempo de sacrificio, el país entero iba a llegar a la tierra prometida.
La lista es larguísima, pero hay algunos unos ejemplos no tan lejanos: “La inflación tiene fecha de defunción y es a mitad del año que viene” (en abril de 2025), “lo peor ya pasó... habrá un aumento de la productividad y de los salarios” (luego de ganar la elección de 2025), una retórica en la que también abreviaban los integrantes de su Gabinete, como Luis Caputo, que en abril de este año prometió que se venían los “mejores 18 meses de las últimas décadas”, frase que poco después replicó también el vocero Adrián Ravier. Esas declaraciones rimbombantes, que en el momento en que se lanzan suelen ser muy festejadas por la tropa propia, tienen un gran problema: tienen fecha de vencimiento. Y el tiempo pasa pero las promesas no terminan de materializarse.
De hecho, todo lo contrario. La inflación de agosto fue de 1,7% (y lleva acumulada 21,3%, más del doble de lo que proyectaba el Presupuesto para todo el año), la pobreza registró un aumento en el último semestre (de 28,2% al 32,3%) y también la desocupación (llegó al 7,9%), a la vez que el Estimador Mensual de Actividad Económica registró una caída en la actividad en julio de 2,9% comparada al mes anterior, por sólo citar algunos datos de la economía real.
Apretado por la sucesión de malas noticias, el mandatario puso en el centro del relato oficial a su profusa imaginación: la actividad económica en verdad no está cayendo, tal cual prueban las decenas de fotos de shoppings llenos que suele subir a sus redes (algunas de las cuales literalmente están hechas con inteligencia artificial), y si es que aparece algún problema en el horizonte no es culpa suya sino de los “30 mil terroristas” que merodearon este país entre este año y el anterior además de los “siete intentos de golpes de Estado” que la cruel oposición intentó hacer contra su gran gobierno. Obviamente, los responsables detrás de todos los males habidos y por haber son los “kukas mentirosos que buscan operar al Gobierno” (tuit del 17 de septiembre). Esta línea es la que viene profundizando el oficialismo: la lógica de que ellos hicieron todo bien pero el kirchnerismo impide una y otra vez el progreso de la nación. “Si hay pelotudos hablando por Nueva York, el riesgo país sube”, dijo a fines de septiembre, en referencia a Axel Kicillof y al aumento de esa variable financiera, que pasó de estar en 421 puntos el primer día de julio a 588 el 8 de octubre (un aumento de casi el 40%).
Construcción. La lógica de inflar a un rival para concentrar poder es algo que no inventaron ni Milei ni Santiago Caputo. Aunque hay varios, su más famoso teórico fue el filósofo Carl Schmitt, que popularizó para la historia su frase: “La distinción política específica, a la cual es posible referir las acciones y los motivos políticos, es la distinción de amigo y enemigo”.
En aquel momento Schmitt le hablaba al partido que pertenecía, el nacionalsocialista de Adolf Hitler. Este encontró rápido a su enemigo: desde su ascenso al poder en 1933, el pueblo judío fue puesto en la mira, un hostigamiento que fue creciendo mes a mes y que terminó en una historia trágica y tristemente célebre. En el caso de la Argentina reciente -más allá de las obvias diferencias-, el camino fue más complejo: a lo largo de estos años de Gobierno el mileísmo tuvo una relación zigzagueante con el kirchnerismo, con frecuentes insultos en público pero también con arreglos por lo bajo.
Es que, más allá de las frases rimbombantes, hubo algunos acuerdos con el kirchnerismo. Uno fue, en un punto, visible: el día que asumió, Milei intercambió sonrisas en público con Cristina Kirchner -que no es precisamente famosa por regalar esos gestos-, el correlato del entendimiento que la ex presidenta había logrado con Karina Milei para trasladar su custodia personal del ámbito de la entonces ministra de Seguridad Patricia Bullrich a la Secretaría General. Pero ese gesto, en un punto simbólico, estuvo lejos de ser el único. El kirchnerismo avaló la elección de Martín Menem como presidente de la Cámara de Diputados, acordó con el Gobierno la designación de auditores para la Auditoría General de la Nación y la de casi setenta pliegos judiciales, mientras que, del otro lado, en dos ocasiones el oficialismo hizo los movimientos suficientes para impedir que se aprobara la ley de Ficha Limpia en el Congreso. Esas son, apenas, los proyectos que llegaron a buen puerto: durante fines del 2024 y 2025 existieron conversaciones subterráneas para lograr la designación de Ariel Lijo y Manuel García Mansilla a la Corte Suprema, a cambio de ampliar ese tribunal y nombrar un nuevo Procurador General.
Este breve raconto revela el tema de fondo. Más allá de las diferencias políticas, ideológicas y también personales, los dos polos se necesitan. Cualquier tango se baila de a dos.
Ruidos. Utilizar el fantasma del “riesgo kuka” tiene varios efectos adversos. De uno podría hablar un rato largo Mauricio Macri: en el último tramo de su presidencia se la pasó polarizando con el kirchnerismo y agitando ese mismo miedo, algo que terminó derivando en el regreso de ese espacio. Otro es el que está sucediendo en este mismo momento en el frente económico. Señalar que el regreso de este movimiento al poder significaría básicamente la desaparición de la Argentina -“el kirchnerismo es el infierno y Kicillof el Anticristo”, sentenció Luis Caputo- acarrea el riesgo de que los grandes inversores y el establishment efectivamente se lo crean. Más de un miembro del círculo rojo entiende que la suba del riesgo país, por citar uno de los tantos factores de la economía, tiene que ver con el temor a un eventual regreso del kirchnerismo. Como si fuera una profecía autocumplida.
El tembladeral económico trae, a su vez, un subproblema. Son los choques cada vez más constantes entre Milei y su ministro de Economía. Esa relación ya tuvo algunos altibajos -la salida de la LEFI en mediados de 2025 que el Presidente ordenó a pesar de las opiniones de Caputo- pero ahora parece haber llegado a una nueva etapa. El lunes 5, el libertario, en un hecho inédito en lo que va de su gestión, llevó al economista Alberto Ades a exponer en una reunión de Gabinete su visión sobre el rumbo del país. Aunque está claramente alineado con el Gobierno, Ades presenta algunos matices con la gestión de Caputo, diferencias que bien podrían ser interpretadas como críticas. El ministro pegó el faltazo aduciendo una supuesta enfermedad, de la que se debe haber mejorado muy rápido: esa misma noche fue al straming libertario Carajo a dar una entrevista de más de una hora.
Todos estos últimos cortocircuitos son el corolario de una incomodidad creciente que el ministro dice tener. Según él, la economía no mejora no por su culpa sino porque el mercado detecta la falta de “acuerdos políticos” del oficialismo con la oposición amigable. Es, apenas velada, una crítica a la presidenta del partido y la mandamás del Gobierno, Karina Milei. “Tiene sentido lo que dice 'Toto': los inversores cuando nos sentamos con un funcionario no le preguntamos por el rumbo de tal o cual variable económica, algo que sabemos porque seguimos todos los días, sino por la política, porque Milei no se saca una foto con Macri o porque no hay alianzas más sólidas con otros espacios”, dice un importante operador de la bolsa.
El camino que emprende Caputo, el de mostrar algunas mínimas diferencias aunque sea en privado, es más que riesgoso. Nadie que haya criticado las decisiones de Karina Milei -y, por elevación, de su hermano- tuvo una vida muy larga en el espacio. Es probable que a sabiendas de ese ruido que empezaba a llegar a la opinión pública es que en la noche del 7 de octubre el ministro publicó un tuit que rayaba el chupamedismo: “Tengo un jefe que de la nada llegó a Presidente de la Nación, y en dos años y medio cambió la forma de votar de un continente entero. Todo muy normal”. Es una pulseada que habrá que seguir con atención.
Por la culata. En el 2021, La Cámpora ayudó con la estructura jurídica a un espacio político que acababa de nacer ese año, con integrantes que nunca jamás habían pasado cerca de un cargo electivo. Dos años después, el gobierno que en la práctica encabezaba Massa hizo un paso más y le dio a ese espacio recursos financieros, logísticos y hasta candidatos. La idea de todos ellos eran que si inflaban a un candidato menor, como se creía a Milei, mientras polarizaba con Juntos por el Cambio -convite que el macrismo aceptaba jugar con gusto-, iban a lograr la reelección.
Está claro que esa estrategia salió mal. La duda es si ahora le podría pasar algo similar al oficialismo. ¿Puede aparecer algún otro espacio si el mileísmo y el kirchnerismo siguen en su pelea inconducente? ¿Será ese emergente la izquierda de Myriam Bregman? ¿Podrá ser algún otro outsider, como Daniel Hadad o el pastor Dante Gebel?
Las encuestas indican que el tan temido “riesgo kuka” no es tan real. Trens Data (septiembre 2026, 2000 casos) dice que sólo el 15% se identifica como “kirchnerista”. La Sastrería (septiembre, 1000 casos) indica que ese número es de sólo el 12,4%. DC Consultores (septiembre, 1710 casos) baja hasta el 5%. Es cierto, sin embargo, que lo que efectivamente existe es el antikirchnerismo: Zuvan Córdoba (julio, 1300 casos) lo calculó en 45%, mientas que Giaccobe (julio, 2500 casos) aseguró que un 50,1% no quiere que el kirchnerismo vuelva a gobernar.
Son, por ahora, fotos del presente. Dirigentes como el gobernador Axel Kicillof o Massa están convencidos que de acá a octubre del 2027, momento de la elección, la economía se deteriorará tanto que ese tan temido fantasma llamado “kirchnerismo” empezará a ser mirado de reojo hasta por el anti K más recalcitrante. Parece ser un juego peligroso al que se presta Milei.
Juan Luis González
Fuente: https://noticias.perfil.com/noticias/politica/la-campana-del-riesgo-kuka-la-ultima-esperanza-de-javier-milei.phtml

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