Domingo, 01 Noviembre 2020 13:26

La bimonetariedad que supimos conseguir - Por Martín Tetaz

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Una vez más, como en aquella película del día de la marmota, faltan dólares en la economía argentina; la cuenta corriente del balance cambiario, que había sido superavitaria en 1.422 millones en septiembre del año pasado, acaba de cerrar con un déficit de 601 millones. El problema se agrava porque la gente quiere ahorrar en moneda dura e incluso hacer algunas transacciones, como las inmobiliarias, con billetes verdes.

Contrario a lo que muchos piensan, no fue siempre así, ni somos el único lugar del mundo con esta anomalía. Hasta 1930 la Argentina tenía un modelo de desarrollo, basado en las exportaciones y en la inversión extranjera directa. Con la crisis, el mundo se cerró, Inglaterra estableció las preferencias imperiales y en los quince años que transcurrieron entre la gran depresión y el fin de la segunda guerra mundial, las exportaciones fueron un 30 por ciento menores en promedio, a los quince años anteriores. Después de la guerra, el mundo volvió a abrirse, gracias a las instituciones como el Fondo Monetario Internacional, que estabilizó el sistema de pagos, o a la firma del acuerdo general de comercio y tarifas, más conocido como el GATT, por sus siglas en ingles. Sin embargo, Argentina eligió un modelo basado en la sustitución de importaciones que desalentó las ventas externas estableciendo un sesgo anti exportador, al tiempo que combatía simbólica y efectivamente al capital privado, particularmente al extranjero. Así, las cantidades exportadas que habían alcanzado pico en 1946, se derrumbaron 21 por ciento en los diez años siguientes y no se recuperaron hasta 1962.

A la oferta insuficiente de divisas, que empezó a ser crónica en la segunda mitad del siglo pasado, se sumó una demanda por razones monetarias. Enseñamos en la facultad que el dinero debe cumplir tres funciones; unidad de cuenta, medio de pago y reserva de valor. En condiciones de alta inflación, las transacciones que involucran mucho tiempo y el ahorro se canalizan al dólar, porque mantenerse en pesos significa perder dinero. Este segundo efecto podría morigerarse si los bancos pagaran tasas que cubrieran la inflación, pero eso no fue lo que ocurrió la mayor parte del tiempo, porque de manera sistemática hubo tasas negativas para los ahorristas incentivándolos a ir al dólar.

En tercer lugar, los gobiernos usaron periódicamente al dólar barato como una forma de mejorar artificialmente los salarios reales con fines electorales. Ocurrió en 1953-55; 1958; 1973-75; 1979-80; en los 90s y en 2010-2015.

Cuando hay un boom de precios internacionales, un proceso de privatizaciones o un ingreso masivo de capitales financieros, el dólar abundante se pone barato y los salarios ganan poder, pero cuando se revierten los precios favorables, se terminan los activos para privatizar o se agotan los flujos financieros, las divisas escasean, su precio sube y los salarios vuelven al nivel anterior.

En vez de aislar el impacto transitorio del viento a favor, los gobiernos populistas lo tratan como si fuera permanente y se adjudican el mérito de los mejores salarios, construyendo una épica que después les resulta imposible desarmar cuando las condiciones externas cambian. Entonces venden reservas mientras pueden y luego, en un intento desesperado por tapar el sol con las manos, edifican una serie de controles y cepos que hacen cada vez más difícil el acceso a las escasas divisas, no ya para los ahorristas sino también para los productores que utilizan insumos importados.

No somos un país distinto al resto, donde mueren todas las teorías. El fenómeno de dolarización de ahorros y de uso de moneda extranjera para operaciones grandes como las inmobiliarias o la compra - venta de autos, era moneda común en Perú, Chile o Colombia, por nombrar tres latinos, pero también en Europa del Este, Rusia e Israel, cuando arreciaba la inflación y la indisciplina monetaria. El proceso de desdolarización normalmente lleva una generación, porque los países tardan entre cinco y diez años de políticas de estabilización para eliminar la inflación y otros diez años para que los contratos dejen de hacerse en moneda extranjera.

Entre el 2001 y el 2015 se financiaron 3,2 billones de déficit fiscal con emisión de pesos, mientras el Banco Central era saqueado por el Tesoro que se quedó con 87.000 millones de dólares de sus reservas, dejando a cambio letras intransferibles sin valor de mercado, como una suerte de pagadios. En ese contexto, el proceso de dolarización de ahorros y transacciones es de manual. De hecho, es un milagro que todavía queden depósitos a plazo en moneda local y se hagan tantas transacciones en pesos.

Tampoco se necesita un acuerdo político y social que involucre sindicatos, medios y empresarios, para resolver el problema. Basta con un Banco Central independiente que persiga como función principal la estabilidad monetaria. Un organismo donde el directorio no esté a tiro de decreto, cuando al Presidente no le gustan las tasas altas y donde nadie sea despedido por negarse a entregar las reservas. Mi propuesta es muy simple; una ley especial que exija 2/3 del Congreso para nombrar al Directorio del Banco, a propuesta de Universidades y entidades del sistema financiero, el que permanecerá en el cargo mientras dure su buena conducta, como los jueces, pudiendo solo ser removido por la misma mayoría especial que se requirió para designarlo. El directorio luego elige a su presidente y dicta la política monetaria sin depender del gobierno de turno.

Con ese mecanismo, en diez años de independencia terminamos con la inflación y en otra década, con la dolarización de ahorros y contratos, recuperando la soberanía monetaria.

Martín Tetaz
Twitter: @martintetaz

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