Opinión

 

El anuncio público de una seguidilla de dimisiones de ministros y altos funcionarios de su gobierno sorprendió a Alberto Fernández el miércoles 15 en los pagos de José C. Paz que gobierna hace años Mario Ishii.

 

 

La carta de la vicepresidenta y el audio de la diputada Fernanda Vallejos desnudan la verdad: Alberto Fernández es un testaferro que, llegado el momento, se niega a devolver los bienes a su verdadero dueño

 

 

El kirchnerismo es semejante, en estos momentos, a un buque que navega a la deriva, escorado, en un mar que no le da respiro. No pueden sus dirigentes hacer un análisis desapasionado del huracán que el domingo los pasó por encima, y fijar un rumbo que les permita -cuando menos- llegar recompuestos a la prueba de fuego que deberán enfrentar dentro de dos meses, apenas.

 

 

En momentos en que se escriben estas líneas, la amplia derrota en las urnas está mostrando sus primeras consecuencias políticas. Y ellas son de una gravedad extrema. Los ministros nombrados por sugerencia de la vicepresidenta han ofrecido su renuncia al Presidente.

 

 

Hoy nos preguntaban algunos observadores y periodistas ansiosos ante las últimas noticias sobre renuncias masivas, supuestamente “depurativas”: “pero entonces, ¿quién manda? ¿Cristina o Alberto?

 

 

La Cristina silenciosa y cabizbaja que apenas aplaudió el domingo a la noche daba la impresión de ser la esposa de un marido a quien todo el mundo mira con vergüenza ajena, y que le estaría transmitiendo “ya vamos a hablar cuando lleguemos a casa”. Alberto sobreactuando entusiasmo en su acto del martes. Como siempre dice el filósofo contemporáneo Tati Vernet, “el problema de perder es la cara de boludo que te queda”.

 

 

En medio de una ceguera y soberbia coronadas por la efigie similar a la de un “león rampante en campo de gules”, – como diría un aficionado a la heráldica-, el kirchnerismo ha sufrido un porrazo fenomenal.

 

 

Muchos se sorprendieron por los resultados de las elecciones del domingo. Las encuestas anticipaban un triunfo nacional del oficialismo. Se especulaba acerca de cómo se leerían esas cifras. Si la distancia no superaba los cinco puntos, Juntos por el Cambio podía considerar que había hecho un papel digno.

 

 

El gobierno nacional ha recibido una dura derrota en las urnas. Habrá que evaluar los alcances de este descalabro, pero en el oficialismo la sensación de derrota es indisimulable. ¿Ganó la oposición o perdió el oficialismo? Lo seguro en todos los casos es que una significativa mayoría de ciudadanos expresó su disconformidad con el Gobierno. Dicho de una manera convencional, el pueblo como entidad política reafirmó su condición de soberano.

 

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