Opinión

Fernández ha entrado decididamente en una fase de mentiras, populismo, demagogia y relato que contiene un indudable ADN kirchnerista.

El Presidente habla una y otra vez de supuestas victorias que nadie ignora que se trata de derrotas.

"Voy a estar en la provincia de Buenos Aires. No descarto ni ser candidata a diputada, ni ser candidata a gobernadora en 2023, porque creo que hay que limpiar en serio la provincia de Buenos Aires", dijo Elisa Carrió la semana pasada.

Ese rol secundario del Presidente, tan dañino para la institucionalidad, ya no es un secreto para nadie. Cristina no tiene reparos en fijar la agenda económica y en insistir en sus diatribas contra la independencia judicial.

Tanto Alberto Fernández como Mauricio Macri se convirtieron en monigotes de memes, permanentes objetos de brutales escarnios virtuales, ironías crueles y fake news al por mayor. ¿Cuándo fue que la investidura presidencial, tan preservada durante décadas, terminó en el lodazal de las burlas y las difamaciones constantes?

“La novela de la Argentina” podría ser el título de una serie que relate lo que sucede en nuestro país desde la perspectiva de quienes más incómodos se sienten con el triunfo del Frente de Todos, sobre lo que suponen que es, hace y puede hacer Cristina Kirchner.

Si se intentase, como es habitual, hacer un balance del año que se cierra, (felizmente) habría que partir de un disclaimer, de una prevención al lector: se está haciendo un balance de doce meses que no existieron. Un conjunto vacío de horas, días y meses, donde la vida se paralizó como en una película de ciencia ficción de los años 70 y los personajes quedaron congelados y al despertar advirtieron que el calendario había saltado a 2021, sin que guardasen memoria de lo transcurrido u ocurrido en 2020.
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En un pasaje de las Bases…, Alberdi escribió que “una vez elegido, sea quien fuere el desgraciado a quien el voto coloque en la silla difícil de la presidencia, se le debe respetar con la obstinación ciega de la honradez, no como a hombre, sino como a la persona pública del Presidente de la Nación”.

A punto de finalizar un año plagado de dificultades, el gobierno topó con una de esas opciones frente a las cuales resulta imposible jugar a las escondidas. Debía escoger, sin más dilaciones, qué camino seguir de ahora en adelante. Desde marzo y hasta comienzos del mes en curso había tratado de hacer, de la necesidad, virtud, con suerte adversa.

Si para algo se han creado los gobiernos, es para reducir la incertidumbre. En primer lugar, la llamada “incertidumbre hobesiana”, en donde la que está en juego es la vida misma dada la violencia de todos contra todos, cuando el “hombre se transforma en lobo del hombre”. Hoy, los gobiernos en el mundo intentan proporcionar certidumbres “contextuales”, bajo un contexto en donde todas nuestras certezas -incluso las científicas- se mostraron lábiles, pequeñas y frágiles frente al despliegue de la epidemia del COVID-19.

Literalmente significa “reunión de demonios” en su primera acepción. En la segunda se refiere a “lugar en el que hay gran confusión, ruido y griterío”. No importa si él o la lector/a es creyente. Seguro se sentirá comprendid@ por cualquiera de las dos acepciones, o por ambas. Pandemia y pandemónium significan cosas totalmente distintas y sin embargo hoy se nos parecen tanto. Diría Les Luthiers en “El rey enamorado”: “caramba, qué coincidencia!”.

