Cuando se trata de elegir un camino, el trabajo de los presidentes es, en todos los casos y circunstancias, de permanente arbitraje, ya que tienen en las manos una balanza que sopesa los pros y las contras y deja ganadores y perdedores a partir de la ejecución política. En situaciones dramáticas, cuando la cuerda sobre la que caminan los gobernantes empieza a aflojarse debido a las presiones que reciben de todos los costados y cuando el balanceo les complica la sangre fría que se necesita para tomar decisiones de manta corta, algunas que involucran hasta la vida o la muerte, debe aflorar el carácter para decidir cómo hacer para cruzar el Mar Rojo con el menor costo posible, sin tener a mano la inspiración divina que abra las aguas.
La salud o la economía. Con el tema de la deuda como inevitable telón de fondo, dilema que le exigirá también a Alberto Fernández definiciones drásticas, en este punto crucial estuvo embretado el Presidente hasta el viernes pasado, cuando a la hora de extender durante dos semanas más el aislamiento eligió mostrarse temperamental y hacer una audaz presentación que fue planteada con una actitud esencialmente política, basada una vez más en los consejos del equipo de expertos de la medicina que llevó al Gobierno a segmentar el problema.
El bolsillo y la sanidad no son antitéticos, pero es evidente que entre el hambre y la salud muchas personas han decidido tomar el riesgo de enfermarse. Y antes de ver la desobediencia de la gente en las calles, Fernández eligió administrar el problema, para no perder la manija de la situación. Para sumarle realismo a la decisión y explicar los porqués de la misma, esa noche desde Olivos él blanqueó tres cuestiones hasta entonces no puestas sobre la mesa:
- a) que los promedios a nivel país no reflejan del todo las realidades locales y que, por lo tanto, no se puede seguir un camino único
- b) que la situación en los barrios vulnerables viene de mal en peor y que se espera un pico de contagios en esos bolsones de pobreza
- c) que para conseguir el distanciamiento social existe un cuello de botella casi imposible de resolver en el transporte público del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), especialmente en trenes y subterráneos.
Para darle sustento al camino elegido, los médicos lo llenaron de estadísticas y le explicaron al Presidente que resulta de gran importancia observar la cantidad de tiempo que se tarda en duplicar los casos positivos. A hoy, el cálculo promedio estima esa rueda en unos 25 días, pero los médicos creen que en la suma de la Capital y GBA el ratio desciende por ahora a poco más de dos semanas, con tendencia a reducirse.
El presidente Alberto Fernández anunciará esta noche en conferencia de prensa desde la residencia de Olivos la nueva etapa de la cuarentena hasta el 24 de mayo, que se espera tenga mayores flexibilizaciones en base a un número clave para habilitar nuevas etapas camino a la "nueva normalidad".
Hay otro relevamiento, que se maneja en reserva, que marca el porcentaje de aquellos que han cursado la enfermedad y que, por muerte o por alta médica, ya no integran el lote de los infectados. Cuando ese número sobrepasa 50 por ciento está claro que hay más personas que salen de la epidemia que las que entran y de allí los levantamientos de cuarentena en Alemania (89%), España (76%) e Italia (61%). Al último número conocido, el promedio para toda la Argentina indica apenas 35 por ciento y debería relevarse el dato específicamente en las zonas críticas, donde hoy claramente hay más gente que se suma a la enfermedad que la que la abandona, dato decisivo para no esperar por ahora una apertura mayor.
Más allá de cierto triunfalismo, de algunas exageraciones estadísticas que reflejaron las “filminas”, de un concepto arraigado en él que siempre suena autoritario (“tenemos problemas de gente que no entiende”) y de comparaciones algo estrafalarias con sociedades diferentes en conformación y sentimientos a la realidad argentina, como Suecia, el Presidente volvió a marcar bastante una cancha que se le había empezado a borronear desde el lado de la imagen. Reimpuso, para bien, el formato de las conferencias de prensa y en la ocasión hubo en él un claro cambio de actitud, ya que no fue el profesor que había encarismado al auditorio debido a su soltura para exponer los datos en el pizarrón electrónico, pero tampoco el hombre cansado y de tono arrogante de la presentación siguiente, dos momentos que las implacables encuestas reflejaron a su favor y en su contra.
Esta vez, Fernández eligió mostrarse rodeado de poder ya que estuvo flanqueado únicamente por dos gobernadores, Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta, de por sí toda una definición política más allá de que, por densidad poblacional, es en la Capital Federal y el Conurbano donde está el centro de la epidemia. El Presidente explicó en sustancia que salvo en el AMBA, al que calificó como “el lugar más conflictivo que tenemos”, el resto del país pasará a la Fase 4 de la cuarentena, escalón que incluye “excepciones provinciales” para lugares donde el tiempo de duplicación de los casos sea de al menos 25 días y también “prohibiciones nacionales”.
Según la proyección que presentó, en ese conglomerado se radica la mayor proporción de los casos en curso: 86,2 de cada 100 “confirmados sobre el total país”, dijo. Sin embargo, de ese cuadro surge un importante grano estadístico porque si se observan con una calculadora en mano los números que suministra el ministerio de Salud de la Nación ese terrible porcentaje se reduce bastante. Y aunque en los partes diarios oficiales no se desagrega el Conurbano, quizás por no hay datos o porque los números no son del todo confiables, se puede inferir igualmente que, a ayer, el verdadero número real de contagiados en ese territorio está por debajo de 60 por ciento, aunque las mayores chances son a que este porcentaje se empine dramáticamente. Si fue para meter miedo o para justificar la extensión de la cuarentena, la exageración no invalida para nada un problema que, por hacinamiento o por falta de higiene, se hace más dramático en los barrios más carenciados, donde el porcentaje debe ser mucho mayor aún, como también el índice de reproducción que, a nivel país, anda por 1,2/1,3 pacientes-promedio contagiados por cada portador.
Desde las formas, el Presidente decidió esta vez no pararse frente a la clase y desde el centro de la escena fue enfático a la hora de pasar una clara consigna de guerra contra todas las presiones que le han llegado al Gobierno desde vastos sectores sociales y económicos (los más pobres y el periodismo incluidos), pero también desde la oposición política y desde su propia coalición: “no me van a torcer el brazo”, señaló cuando se refirió a “los pillos que hablan por la radio y dicen que hay que abrir la economía o que estamos matando gente porque se van a morir más por la cuarentena que por el virus”.
La cohesión del estrado quedó expresada en varios momentos de los discursos, sobre todo porque los tres protagonistas pasaron, cada uno a su turno y con su propio estilo, un mensaje unívoco: “la cuarentena sigue”. Palabras más, palabras menos, luego todos dijeron muy clarito que “si no se cumple, no hay problemas, volvemos para atrás”. De una forma u otra, los tres también señalaron “que el esfuerzo que estamos haciendo no lo vamos a tirar por la borda” (Rodríguez Larreta), mientras que el gobernador Kicillof usó la palabra “lobbies”, tan afín al kirchnerismo, para sustentar los dichos presidenciales que aludían a mensajes que durante la semana lo habían molestado, como el de Alfonso Prat Gay o el comunicado de AEA. Por último, Fernández fue enfático a la hora de encapsular políticamente la situación de prolongar, con ciertas libertades, el aislamiento: “y quienes están a mi lado piensan lo mismo que yo”, dijo tocando el brazo de cada uno para señalar a sus laderos y sin lugar para refutaciones.
Otro flanco que bien puede explicar la puesta en escena y la necesidad de volver a ganar protagonismo es la tarea de esmerilamiento progresivo que el Gobierno recibe desde el Instituto Patria. Le sucede por el lado de las imposiciones en nombramientos que ponen bajo control amigo el manejo de las grandes cajas del Estado pero también por las críticas que a modo de misiles se le hacen llegar por los medios o a través de las redes sociales. Hoy por hoy, la ministra de Justicia y Derechos Humanos, Marcela Losardo, está en la mira ideológica de Cristina Fernández, porque se la acusa de tener actitudes ambiguas en el caso de la liberación de presos que desde las sombras el kirchnerismo propiciaba, pero también porque no se mueven a favor las causas que la involucran a ella y a su familia. “Losardo es Alberto” suelen decir en la Casa Rosada para marcar que las críticas son tiros por elevación al Presidente.
En el plano político, la presencia de Rodríguez Larreta y Kicillof en comunión allí delante le debe haber hecho tragar más de un carozo de aceituna a los estrategas del kirchnerismo, quizás a Cristina en primer lugar. En lugar estelar, estaban el opositor hoy con más chances de competir por la sucesión, recientemente criticado por la misma vicepresidenta en un tuit en el que cuestionaba la designación de Juan Bautista Mahiques como Fiscal General porteño y un gobernador que no termina de entender los códigos del peronismo bonaerense y que, por eso, tiene múltiples cortocircuitos con muchos intendentes, quienes van en procesión con sus quejas a la calle Rodríguez Peña. Esencialmente, lo acusan de ser un teórico.
En esta guerra de guerrillas dialéctica, Fernández se reservó para el postre una particular cereza. A la hora de los agradecimientos, el Presidente cambió el énfasis por un costado que bien podría ser leído como un cruce ideológico interno, ya que felicitó a los argentinos por “haber tomado la decisión de cuidarse”. ¿Fue un reconocimiento a la libertad individual como réplica al país cuasicolectivista con el que muchos sueñan dentro de su coalición de gobierno? Él mismo enaltece al Estado-presente cuando dice que “hay que estar seguros que va a estar para socorrer a quienes lo necesitan”, pero es un pragmático y no un adalid del fundamentalismo que exhiben otros. ¿Ha sido entonces error, casualidad, conveniencia política o parte de la grieta interna?
En esta cuestión de ver quien tiene la manija de la pelota, el Presidente tiene hacia el futuro otro Mar Rojo para atravesar y mejor para él que sea con 80 por ciento de imagen positiva.
Hugo E. Grimaldi


El Presidente tiene hacia el futuro otro Mar Rojo para atravesar y mejor para él que sea con 80 por ciento de imagen positiva.
