Lunes, 17 Agosto 2020 21:00

El “churrete”, los alambres y el enfermizo amor por el Estado - Por Hugo E. Grimaldi

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La Argentina es un caso epidémico y quizás por eso vive atada con alambres desde hace casi un siglo en la mayor parte de los renglones que se quieran abarcar, situación que horada la confianza de propios y extraños ya que va y viene por la historia montada en monumentales contrasentidos.

 

Con el capítulo de la deuda en vías casi seguras de arreglo, aunque en medio de un país muy parado todavía en el que se han perdido empleos, comercios e industrias, está presente de modo vívido la inconcebible urgencia que tienen los gobernantes de turno por reformular la Justicia para poder salvar seguramente sus propios traseros. En el Senado la tendrá más sencilla el oficialismo, pero la Cámara de Diputados parece ser todavía una incógnita y Sergio Massa parece estar en el ojo de la tormenta. Como se busca la impunidad hay también en la vida de todos los días otras cosas a mirar que también son manifestaciones más que claras del deslizamiento argentino hacia un pozo cada vez más negro. Por ejemplo, el repudio de una parte importante de la sociedad (la menos vulnerable, seguramente) por su hartazgo hacia una cuarentena que al decir oficial no existe más, mientras se están agotando las camas de terapia intensiva.

En este ambiente de disparates, pedirle al presidente Alberto Fernández que no se desdiga todos los días es algo parecido a una soga que se le tira a los amigos, no porque aquello que manifieste pueda asustar, como sus dichos sobre el cepo al dólar que desde lo técnico le corrigió Martín Guzmán y la propensión del argentino a sensibilizarse y a comprar más y más, sino porque lo que se afecta gravemente es la credibilidad de su investidura. Alguna vez le habrán contado de chico al Jefe del Estado el cuento del pastorcito mentiroso o quizás le escuchó decir a alguna abuela aquello de que “lo que vas a lograr es que te tomen para el churrete”.

Para seguir con el estilo de degradación que abarca a casi toda la sociedad, comenzando por lo de más arriba, se podría concluir que la payasa que salió a celebrar este domingo a instancias del poder el día de “las niñas y los niños” en medio del parte de fallecidos tiene que ver con el mismo tobogán que busca imponer a la fuerza una cultura que, por estúpida, poco tiene de revolucionaria. Quién la puso en el pupitre importa bien poco porque no va a pagar por ello, aunque el papelón que hicieron los dos funcionarios que la acompañaron en sus ademanes se ha comido la credibilidad que se necesita para llevar adelante su delicada tarea de todos los días. Sería bueno que sepan también que resulta bastante improbable que ese tipo de anuncios sea visto por los más chicos.

En medio de este inexcusable jolgorio, el ejemplo la eventual insuficiencia de las camas de terapia resulta ser una estación más que visible de la precariedad que se replica a diario en casi todos los ítems de la vida cotidiana, donde predominan el blanco y el negro. Hasta la marcha que tiene como centro algunos de esos temas centrales de la hora (Justicia, economía y salud) ha tomado inconcebibles sesgos ideológicos, tanto que desde una agrupación de prensa se le ha pedido a periodistas que se “abstengan” de publicar notas “que alienten” la participación de la gente en tiempos de aislamiento, notable argucia para pregonar la autocensura y para cercenar el derecho a la información que tiene la ciudadanía. Por decirlo en términos políticos, el senador Oscar Parrilli, elevado a la enésima potencia.

Tampoco se le puede criticar al Presidente la energía que le puso al anuncio de la elaboración local de una parte muy importante de la vacuna contra el Covid-19, un emprendimiento privado desde su origen y desde sus socios en el país, que el Gobierno buscó capitalizar vendiéndole a la opinión pública, como suele ocurrir, gato por liebre, quizás para atenuar las broncas por los anuncios de prolongación del aislamiento que se iban a venir hacia el fin dela semana. “La vacuna argentina” repicaron los canales de cable durante toda la tarde del anuncio haciéndose eco del pescado podrido que le vendían desde Olivos. Luego, tuvieron que recoger el barrilete cuando el mismo Fernández puso bastante en contexto la cosa y más cuando al día siguiente se supo que, en este proyecto, el Estado solo parece haber aportado la difusión.

En materia de absurdos y exageraciones, tampoco se lo puede tomar muy en serio al gobernador Axel Kicillof, a quien no se sabe si no le gusta su cargo de tanto barro en las botas a la hora de discutir con los intendentes o si realmente está asustado por el devenir de los casos de coronavirus en el Conurbano. Lo cierto es que el mimado de la vicepresidente Cristina Kirchner ha querido convencer a todos los que lo escuchan sobre un extraño periplo de los vientos que, a su juicio, parece que soplan siempre desde la Capital Federal hacia su distrito y nunca al revés, habida cuenta de la cantidad de gente que a diario se mueve de uno hacia otro lado de los límites geográficos y contagia a los demás. Con su prédica, el economista repite un esquema que usó hasta el cansancio cuando era ministro, música para los oídos del kirchnerismo más cerril: los culpables están siempre afuera de su propia responsabilidad.

En la trilogía de caras visibles de la situación, el alcalde porteño, Horacio Rodríguez Larreta, es hoy por hoy y sólo por ahora quien queda mejor parado, aunque tratan de cercarlo por los cuatro costados, mientras lo critican prejuiciosamente a través de los runners o los golfistas que parece que sólo viven en la Capital Federal. Políticamente, hoy el Jefe de Gobierno parece incombustible, aún en la interna de Juntos por el Cambio y capitaliza a favor los palos de ciego de Kicillof y de sus ministros no sólo porque le responde estratégicamente la mística de un equipo muy afiatado que se adelanta a las jugadas, sino que, además, no muestra fisuras. También hay que reconocerle que tiene el mejor equipo comunicacional y las estadísticas más fiables.

En este tan delicado aspecto, una decisión tomada por el ministerio de Salud de la Nación desenfocó hace unos días la comparación del número de personas que cursan la enfermedad con el resto del mundo. No se sabe si fue adrede o si es una muestra más de la típica estupidez argentina, la que ataca cuando hay que aparentar. El absurdo se manifiesta a partir de considerar como recuperados desde el 8 de agosto a quienes tuvieron menos período de aislamiento y entonces la Argentina pasó a tener hoy más recuperados y fallecidos que personas en trance de enfermedad. Así, se da la sensación de que la curva empieza a aplanarse, mientras las Unidades de Terapia Intensiva (UTI) no perdonan, ya que en 25 días casi se ha duplicado su utilización para casos críticos. Ni qué decir con respecto a los fallecidos, números que se blanquean con muchísimo rezago.

Más allá de la mayor o menor habilidad de los gobernantes actuales, el manejo del tramo local de la pandemia de Covid-19 resulta ser, ni más ni menos, que el fiel reflejo de las impotencias que se han venido acumulando a través de los años en casi todos los rubros, ya sea por manipulación, por impericia o por corrupción: una economía frágil como el cristal; la cuestión social, en retroceso permanente; la seguridad, más que deteriorada por la presencia del narco; la educación, por fuera de la lógica del mundo; la salud, en ostensible barranca abajo y la Justicia, manipulada hasta el hartazgo.

En este contexto, el amor de la ciudadanía por un Estado que sólo le dé y nunca le quite es algo bien patológico de una sociedad que o no sabe porque la han condicionado educacionalmente o que, quizás por obcecada, se resiste a mirar un mundo que funciona diferente a lo que le han querido imponer. Desde hace bastante, los extranjeros tratan al país como a un pariente alcohólico irrecuperable, mientras los locales se dividen entre quienes parecen haber claudicado y entre quienes buscan cubrir el deterioro salvándose como pueden.

Como sucede en muchas familias donde de todo eso no se habla ya sea por pudor o por conveniencia, los motivos de la decadencia suelen barrerse debajo de la alfombra. El venenoso combo del cortoplacismo más la costumbre de ir al contramano del mundo y la preferencia manifiesta de los políticos por los pies de barro antes que por la solidez económica y por un discurso lleno de seguidismo hacia la opinión pública fueron desgastando de a poco -pero sin pausa- la performance del país y lo precipitaron al vacío. La falta de liderazgos, pero además la poca convicción de la sociedad para exigirle a sus gobernantes una línea en común, dejaron durante buena parte de ese período a la Argentina en manos de venerables tapadores de agujeros. Quienes tuvieron que administrarlo se equivocaron o se enriquecieron a costa de un Estado con forma de elefante y, por lo tanto, los privados le escaparon de modo intermitente a la moneda, al pago de impuestos y a la inversión que genera progreso.

En esta estación está ahora la Argentina, con el tren detenido en el medio de la vía mientras otro expreso viene de frente y sin que haya ningún maquinista a la vista capaz de sacarlo hacia un carril secundario para intentar algo más de fondo o bien por falta de conocimiento o quizás porque antes de hacerlo se detuvo a contar si los que estaban arriba eran de su partido o de la oposición, la famosa grieta. Esta cesura inconcebible es la que ha determinado que una parte de la sociedad haya decidido salir a la calle a protestar y que la otra parte haya salido a acusarla de insensible y contagiadora. Estos son los motivos puntuales, pero ni los unos ni los otros pueden quedarse a fuera de la cuota de responsabilidad que les cabe por la chapucería que, a través de las décadas, ha terminado de convertir al país en un galimatías para el mundo.


Hugo E. Grimaldi

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