Domingo, 30 Agosto 2020 21:00

Mucho más que fuego amigo: Cristina dinamitó la reforma judicial del Presidente - Por Hugo E. Grimaldi

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Lo más grave no fue tamaña burla a los opositores, sino que todos los cambios que hizo el oficialismo senatorial destrozaron el andamiaje que había elaborado el equipo de confianza del presidente de la Nación.

 

Cuando Cristina Kirchner, en su propio mundo, dijo el miércoles pasado que la reforma judicial que se estaba tratando en el Senado no era la que se tenía que debatir, expuso sin pruritos el abismo de la grieta interna. Y cuando al día siguiente, ella misma presidió el simulacro de sesión que terminó en una ostentosa manifestación de poder, no se pudo verificar a ciencia cierta si en verdad la vicepresidenta estaba abusando de los opositores o del mismísimo Alberto Fernández, a quien le cambió de un plumazo muchos puntos de la reforma que había partido desde la Casa Rosada. Todo indica (o nadie se ocupó de filtrar un pretexto, al menos) que lo que hizo lo hizo a escondidas, sin hablarlo siquiera con el Presidente.

Podrían haber blanqueado, por lo menos, que tanto la manifestación de Cristina cuanto los nombramientos de última hora fueron respectivamente o bien para no cargar con el peso de una derrota legislativa o para satisfacer a muchos gobernadores e intendentes, ya que los mandatarios provinciales bien pueden dar una mano en Diputados, ya que es sabido que pasar la reforma por allí se hará vidrioso para el oficialismo. Sin embargo, como en la lógica de la politiquería esas cosas no se dicen ni siquiera como excusa, con ese cuadro, entonces, hay que concluir que el blanco de la “operación Senado” fue el presidente Fernández, quien pasó una semana llena de encerronas y no sólo por este torniquete sino también por aquellas que él mismo se supo generar, episodios que en las encuestas lo han pegado cada vez más a la imagen negativa de su vicepresidenta.

¿Orbitan de manera diferente, pero son la misma cosa? ¿Es Cristina quien va a dar el golpe que anunció Eduardo Duhalde? ¿Hay desencanto en el Presidente o es quizás lo que él esperaba conociendo cómo se traiciona en política? ¿O quizás todo es una simple confusión? han sido algunas de las preguntas que dejó toda esta secuencia, una comidilla que no es nada más ni nada menos que otra forma de perder el tiempo en esta Argentina que cruje y donde las necesidades de los gobernantes van por un carril netamente diferente a las demandas que a diario realiza la sociedad.

Todo lo sucedido con la media sanción de la reforma de la Justicia, hoy tan poco oportuna habida cuenta de la necesidad de operar de urgencia otros males de la hora, dejó en descubierto que el interés oficial de este tiempo de pandemia y cuarentena, de encierro y de pobreza, no se vuelca de lleno y en forma prioritaria hacia la salud, la economía, el empleo, la seguridad o la educación sino que se deriva por caminos diferentes, un recorrido que durante la última semana culminó o bien por transitar veredas ideológicas diferentes (aunque a veces no tanto) o quizás por celos hacia la imagen de sus actuales gobernantes, con el “culposo” destrato presidencial hacia la ciudad que lo vio nacer, la CABA, pero también hacia sus ciudadanos.  

Con razón o para aprovechar la situación, los opositores no se cansan de meter púas a la hora de quejarse por el tratamiento del proyecto que pretende tapar la infinidad de baches que tiene la Justicia, ya que los cambios que se le hicieron a ultimísimo momento en el pleno del Senado resultaron ser un destrato para ellos (o sea para la parte de la sociedad que los votó), pero también una cachetada expresa para el Ejecutivo de parte de otro poder, justamente de un ala que se supone que juega con su misma camiseta. En resumen, lo cierto es que el resultado objetivo del juego políticamente macabro que pergeñó con mucha sorna la vicepresidenta el último jueves fue una burla a dos puntas.

Casi divertida, ella le dijo al senador Martín Lousteau, como si todos le hubiesen dado a lo que estaba sucediendo el valor de un trámite, “(igual) si (ustedes) van a votar en contra”, ya que éste le había reprochado los centenares de cargos que se colaron por la ventana unos minutos antes de la votación de modo extemporáneo y ventajero, cuando ya habían terminado las discusiones, sin posibilidad de leerlas siquiera y por afuera del dictamen original. Desde lo alto del estrado, esa noche la voz de Cristina sonó como si no le importara el resto del mundo.

Pero lo más grave no fue tamaña burla a los opositores, sino que todos los cambios que hizo el oficialismo senatorial destrozaron el andamiaje que había elaborado el equipo de confianza del presidente de la Nación, ya sea desde lo judicial (Marcela Losardo, Vilma Ibarra y Gustavo Béliz, nombres que no caen nada bien en el Instituto Patria) pero también desde lo presupuestario. El bueno de Martín Guzmán se debe haber pasado todo el fin de semana haciendo cálculos para ver de qué partidas bajará del presupuesto 2021 el dinero extra que costarán los mil y pico de cargos nuevos que crea el proyecto reformado y vuelto a reformar. Iniciar las charlas con un FMI que pide sustentabilidad no sólo sin ahorro fiscal, sino inflando los gastos y con rumores de mayores impuestos son inconvenientes más que manifiestos para encarrilar las negociaciones de buena fe. El organismo está curtido al respecto, pero una vez más entrevé que en la Argentina va ser presentado como el malo de la película.

Al filo de haber cuasi arreglado con los tenedores de bonos y a punto de comenzar las negociaciones formales con el Fondo, otros dos temas económicos han vuelto a mostrar la hilacha, porque parece que se los había mantenido escondidos para que los tenedores de bonos piquen: el DNU, rápidamente ratificado por el Congreso, para que la telefonía celular, Internet y la TV por cable pasen a ser “servicios públicos” y para que las compañías vayan al pie de los gobernantes cada vez que necesiten subir ya no los precios, sino ahora las burocratizadas tarifas, y también el anuncio del proyecto que impulsa Máximo Kirchner, articulado que busca gravar “solidariamente” y por única vez a las llamadas grandes fortunas para ayudar a morigerar los efectos de la pandemia, tema que los expertos rechazan porque implicaría doble imposición. “Se tragaron el anzuelo y la caña”, podría haber dicho el senador Oscar Parrilli referido a los bonistas que arreglaron.

Estas dos piezas y la casi segura movida para aumentar impuestos no representan buenos augurios de cara a empujar la economía, ya que todas ellas espantan la inversión privada, hoy único motor en esta instancia que será de manifiesto Estado-ausente por falta de recursos. Buena parte de la sociedad está bastante preocupada por el combo, salvo aquellos que creen que las empresas y los más ricos “se la llevan en pala” y que ellos son el motor de la inequidad de los ingresos de una sociedad. Para ellos, seguramente la movida gubernamental ayuda a sostener su ideología, aunque el futuro se ponga en peligro; en cambio, para los millones de personas que dependen de los empleos o de la innovación que puede traer la inversión, el atraso se contabilizará en mayor pobreza, en aislamiento del mundo y en menor educación.

Para cerrar el cuadro de lo aprobado por los senadores oficialistas, quienes en su mayoría tampoco leyeron lo que estaban votando y lo hicieron mansamente aun sin que nadie les haya explicado nada, dentro de la media sanción está el no menos grave aspecto institucional, derivado de una cuestión hecha a medida de quienes necesitan zafar de los procesos judiciales que los envuelven. La clave está en las subrogancias de magistrados a las que se apelará por un año (y 180 días más si se necesitaren) para cubrir los nuevos juzgados, cargos que deberán pasar por un procedimiento por el cual las listas de postulantes ya aprobadas por los dos tercios del Consejo de la Magistratura irán directamente al Senado para que el kirchnerismo bendiga allí sólo a los jueces que desee entronizar por la simple mayoría de sus miembros. Con el acuerdo listo, luego el Presidente deberá proceder a sus nombramientos.

Los expertos en cuestiones judiciales explican que en estas designaciones poco claras y direccionadas podría estar la clave de lo que se votó la semana pasada en la Cámara Alta en relación a los juzgados de todo el país, aunque se ocupan de señalar que ese tipo de nombramientos en los tribunales federales, en apariencia no pasarían la jurisprudencia de la Corte. Eso sí, en el artículo 72 de la norma, Parrilli se ocupó de decir que ya no se involucraría a los “poderes mediáticos”, algo que el Presidente había calificado como “innecesario”, y que sólo se hizo cáscara para identificar a quienes los defienden. Por eso, explicó que se cambió el texto y se incluyó a “cualquier grupo de presión de cualquier índole”. Para el periodismo independiente no se sabe muy bien cuál redacción es peor.

Si la semana ya venía mal para el Presidente, peor se le puso cuando expresó sus tirrias hacia la ciudad de Buenos Aires: “nos llena de culpas al verla tan opulenta”, dijo en un discurso y una vez más a Fernández lo traicionaron las estadísticas. Según la AFIP, al tercer trimestre del año pasado, la CABA generaba 60 por ciento de la recaudación total de Impuestos, Seguridad Social y Aduanas y se llevaba 1,3 por ciento de la Coparticipación, más allá de la asignación política que le hizo Mauricio Macri hace unos años. El Gobierno ya había dejado a la Ciudad fuera de la Administración de la Hidrovía Sociedad del Estado, como si su costa sobre el Río de la Plata no la habilitara, mientras su ministro de Educación, Nicolás Trotta le había impedido a Horacio Rodríguez Larreta avanzar en que la CABA le brinde, protocolos mediante, clases presenciales a los chicos que más necesitan reanudar su vínculo con la escuela ya que nunca se conectaron a las clases a distancia.

Sin embargo, si esto es grave, mucho más lo es el argumento que profundiza una cesura hoy inexistente entre provincianos y porteños. Ya no es de Axel Kicillof o de Daniel Gollán desde la provincia de Buenos Aires sobre la irradiación del Covid-19, sino que lo expresa sin pruritos un Presidente que vivía en Puerto Madero y un ministro de su Gabinete que se codea más con los sindicalistas que con las necesidades de los alumnos y les habla con ligereza –marcando la grieta- de “ellos” y “nosotros”. Si es verdad que el Presidente es un “calentón”, tal como hacen trascender algunos de sus allegados, quizás debería dirigir, para blindarse, esas calenturas hacia los enemigos correctos.


Hugo E. Grimaldi

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